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El jardín de Dior perfuma París

La semana de la alta costura trata de reinventarse de la mano de diseñadores emergentes.- Extraña convivencia de propuestas en la jornada inaugural

La alta costura tiene algo gatuno. No solo porque parece tener más vidas que un minino. También por su capacidad de doblar el espinazo y escabullirse entre los barrotes de la realidad con un ronroneo. La semana de la moda de la alta costura que ayer empezó en París vuelve a salir, aullando, por donde menos te lo esperas. La noticia de que Givenchy exhibirá su colección de invierno 2010 por vez primera en una presentación ?en lugar de un desfile? hacía pensar en una cita en decadencia. Pero la alta costura se empeñó ayer en demostrar que simplemente, una vez más, muda de pelaje.

Las casas afirman que, tras un 2009 nefasto, los clientes han vuelto en 2010. En Givenchy rechazan que su renuncia a la pasarela convencional obedezca a una pérdida de relevancia de esta área de negocio. Al contrario, esperan que aumente entre el 10 y 20% este año. Lo que sucede, argumentan, es que los clientes ya no vienen a los desfiles. Desean que la alta costura vaya a su casa. Al final de la década de los noventa, una industria mortecina revivió gracias a su conversión en un espectáculo mediático llamado a generar ventas de otros productos, como pintalabios o colonias. La cuestión ahora es mimar a la auténtica clientela. Que, aseguran, crece. Aunque sea con cuentagotas. Modistas que viajan cinco veces al mes para las pruebas y desfiles en Shanghai, Moscú o Dubai responden a esa necesidad.

No es el único cambio que evidencia esta edición. La cita se ha convertido en un campo de pruebas para diseñadores emergentes. Los claros en su calendario, frente al, cada vez más concurrido, de prêt-à-porter, demuestran que es mucho más fácil hacerse notar aquí. Al mismo tiempo, la federación francesa ?ansiosa por encontrar sangre nueva? ha relajado los criterios de admisión. Se ha sacrificado una definición clara de qué es alta costura en favor de una agenda más dinámica.

Todo ello explica que en la jornada inaugural convivieran propuestas de razas tan dispares como la de Bouchra Jarrar, Maison Martin Margiela o Dior. Jarrar es una diseñadora que, tras 10 años en Balenciaga, presentó ayer su segunda colección: un interesante trabajo de riguroso grafismo en marfil, azul marino y dorado. Artisanal es el laboratorio de la casa creada en 1989 por el hermético belga Martin Margiela, que hoy vive sin él. Pensado para investigar cómo dar segundos usos a toda clase de materiales y productos. Una chaqueta hecha con bolsos o un mono de botas de cowboy son algunos de sus expermientos esta temporada.

Propuestas que chocan con la demostración de poderío de Dior. Que empezaba con una carpa transparente en los jardines del museo Rodin intensamente perfumada. La fijación de Christian Dior por las flores era el punto de partida de la colección. El jardín de su niñez, en Granville, obsesionó a Dior hasta el día de su muerte. Entre otras cosas, fue uno de sus pocos puntos de encuentro con una madre no siempre cariñosa. A partir de su línea Tulipe, de 1953, John Galliano creó ayer su propio vergel. "He dejado volar mi imaginación infantil", explicaba el diseñador británico. "Soy un jardinero fiel a las mujeres, que hace florecer algunas de las semillas que el señor Dior plantó en los años cincuenta".

Su colección ?íntegramente formada por vestidos, faldas y abrigos? empezaba con piezas pegadas al cuerpo y se abría hasta estallar en trajes exultantemente florecidos. Cascadas de organza y tafetán pintadas a mano y de sutil sugerencia sexual. La progresión se acompañaba de un colorido fabuloso y se sostenía en patrones inspirados por las estructuras florales. Más allá de su belleza plástica, la colección tenía una gran virtud. Esquivaba con brío los peligros de un romanticismo excesivo. Poseía el encanto de la flor fuerte y resistente. Bella ante la adversidad. Y no caía en la tentación de la mujer florero.