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Crítica:

53 días de invierno

El cine español se ha abonado a una suerte de drama social de múltiples personajes, habitualmente desesperanzado, casi siempre meticuloso y en ocasiones atroz, acerca de la problemática de la condición humana, comandada por la salud, el dinero y el amor. Después vienen la soledad, la desesperación, la incomunicación, la muerte y mil problemas más, pero al final todos derivan de la famosa tríada. Sólo en este 2007, películas como Las vidas de Celia, Atlas de geografía humana, Pudor, La soledad, Pactar con el gato, Mataharis, Siete mesas de billar francés y Barcelona (un mapa) han recorrido este coral camino, en general con buena capacidad de observación, de análisis y de despliegue.

53 días de invierno, segundo largo de Judith Colell tras Nosotras (2000) y el segmento La vista del filme colectivo El dominio de los sentidos (1996), reincide en la citada tipología, de nuevo con buen pulso, notable sensibilidad y buenas interpretaciones. Una película a la que poco se le puede objetar, porque lo que se propone lo consigue. Si acaso, la reiteración de esquemas: lo único que provoca que, en diferentes pasajes de la historia, acuda a la mente una poco favorecedora sensación de ya vista.

Con una fotografía en la que predomina siempre el gris, 53 días de invierno narra el dificultoso devenir de una profesora acosada por el matonismo escolar de sus alumnos; una joven obnubilada por una relación amorosa que mezcla lo profesional con lo personal; un vigilante jurado agobiado por los números rojos a final de mes; una mujer abandonada por su marido después de 20 años de matrimonio; y una anciana que se refugia en la recogida de perros ante la soledad de la existencia. En fin, la vida y nada más.

Colell recoge detalles de puesta en escena ya clásicos en directores como Jaime Rosales (encuadres de una habitación con la cámara fuera de ella, mostrando el marco de la puerta), y cuenta su odisea coral (en general, más fácil de narrar que una única historia) con credibilidad y cierta pasión. El único problema es que la fórmula narrativa seguramente tiene plazo de caducidad a fuerza de reiteración. Y lo más probable es que esté a punto de llegar.