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Crónica:

Micah P. Hinson: Veinte cigarros, veinte canciones y una tumba a la luz de la luna

Con veinte años, Micah P. Hinson lo había perdido todo, con veintitrés empezaba a grabar, a los veinticinco vuelve a ser libre. Concierto y leyenda de un descenso de ida y vuelta al infierno.

"El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos", decía el inmenso Oscar Wilde. Muchas lágrimas y muchos recuerdos recorren las canciones de Micah P. Hinson. Reflexiones en voz alta de los errores y los olvidos.

La voz de Micah tiene el peso de las grandes voces trotamundos y no han tardado en salir las odiosas comparaciones, hablan de Johny Cash, Leonard Cohen o Nick Cave. En realidad tiene un toque sumamente personal.

Así salió en una sala Heineken llena hasta la bandera. Sólo, vestido con vaqueros, cazadora, gorra y paquete de tabaco. "Soy pobre y me han robado, la próxima vez traigo banda. Hoy viene un amigo de batería, la ha aprendido a tocar hace dos semanas y sólo se sabe mis canciones."

Dialogante como pocos, el americano, humilde, cercano y normal, montó su equipo, cogió la guitarra barata que le han dejado y se presentó. Más de veinte canciones sirven de botón para conocer su country, su folk y su rock. Su esencia sonando en una sola guitarra en la que luce la foto de su chica.

Camino al infierno

My time wasted, Don?t leave me now, Diggin? a grave o Almost Impossible son excelentes canciones. Temas llenos de sinceridad, de problemas cercanos a todos, y de un vitalismo que le ha sacado de los peores momentos de sus días más oscuros.

Inmersos en una época de historias vacías con melodías enlatadas, el encuentro de esta nueva generación de músicos americanos, (Josh Rouse, Amos Lee, Ryan Adams…) da un nuevo giro al panorama extranjero.

En un micro años cincuenta, llenando el solo una sala inundada en el silencio, Micah, dijo todo lo que tenía que decir. Bromeó, atendió peticiones, firmó autógrafos y como se dice en los toros, se ganó la puerta grande.

La vida de Micah es la fuente de tristeza y aventura literaria que empapa de melancolía y dolor sus composiciones. Nació en Memphis el día que dispararon al presidente Reagan, pero pronto marchó a vivir a Texas. En esa ciudad nueva, Micah no tardo en hacerse un hueco en la escena musical. Se enamoró perdidamente de una mujer mayor, modelo de Vogue, alocada y peligrosa, que le empujó por un camino destructivo. Ese amor le llevó en pocos años al fondo de un pozo de alcohol, drogas y pequeños delitos que acabaron con sus huesos en la cárcel cuando fue detenido por falsificar recetas. A los dieciochos años había perdido a su familia, su coche y todo su dinero por un amor equivocado.

Cárcel y primer disco

Cuando salió de la cárcel con veinte años, era un sintecho. Se hospedaba en suelos de cuartos conocidos y encontró trabajo en una empresa de telemarketing. Durante ese tiempo Micah escribía compulsivamente temas que iban almacenándose en cajones.

En el invierno de 2003, su suerte cambio iniciando la lenta salida del camino al infierno. Unos viejos amigos de Texas, que tenían una banda (The Earlies), revisaron esas canciones y de aquello salió, Micah P. Hinson and the Gospel of Progress, su primer disco. Desde entonces las buenas criticas no han parado de llegar y todo ese apoyo ha rehabilitado a un Hinson que a su veinticuatro años sacaba su segundo disco, Baby And The Satellite, y un año después el tercero, Micah P. Hinson And The Opera Circuit . Para la próxima primavera se espera el siguiente.

Y así se reconciliaba Hinson después de sus últimas cancelaciones, a lo grande, con clase, talento y carisma. Tocó hasta que le dejaron, se despidió, cogió sus cosas, saludó a la gente de las primeras filas y se marchó dejando la incomparable sensación de haber visto algo diferente. A un gran músico, al antiheroe del glam, a la voz.