La ópera llegó con la voz de un 'castrato'

El esplendor del célebre Farinelli resurge en una novela de Ruiz Mantilla

Farinelli era el as de diamantes. El elegido de los castrati, una casta de tullidos superdotados que elevaron el virtuosismo lírico a la perfección. La mutilación de los genitales congelaba el agudo estilete vocal infantil hasta que, ya adultos, lo arrojaban con la potencia pulmonar de un adulto.

El resultado era algo sobrenatural. Es comprensible que algunos no tardaran en asociarlo con la divinidad. Él fue el mejor de todos. El Federer de la lírica. Se lo disputaban en las mejores alineaciones aristocráticas de Italia, Austria e Inglaterra, pero al final acabó recalando en España. Consigo trajo un arte total desconocido: la ópera.

Nadie le ha reconocido el mérito hasta ahora, según el periodista Jesús Ruiz Mantilla, que presentó ayer Yo, Farinelli, el capón, una novela biográfica sobre Carlo Maria Michelangelo Broschi (1705-1782), el castrato más célebre de todos los tiempos. El Farinelli que construye Ruiz Mantilla es un artista crepuscular que rememora, desde su retiro en Bolonia, una vida de éxito incontestable. Ante sí desfilan la Venecia melómana que le coronó como dueño de la lírica, el rival Caffarelli, el encuentro con Haendel en Londres (y su devoción por su Giulio Cesare) y la intimidad con los reyes en el Madrid cortesano.

Su identidad: el fanatismo artístico

Escribir el libro ha sido “una excusa que me permite fabular su vida. Nadie es capaz de ser fiel a su memoria, pero yo he intentado ser fiel a una época y a una identidad”, explicó el autor. “Para él su identidad es dedicarse a lo que más ama” -añadió- “y yo estoy a favor de su fanatismo artístico”. La época, el Barroco, también le ha proporcionado al autor un contexto fértil: “es un espejo de la modernidad. El propio castrato es un ser dual, como la ambigüedad que nos define”.

Farinelli se quedó veinte años en España, pero precisamente aquí es imposible encontrar alguna biografía suya. Recuperar su vida es “un acto de justicia”, señala el autor. “Su compromiso era con la belleza, y con un nuevo arte que empezaba a nacer en Europa.” Farinelli vivió como un aristócrata en la corte de Felipe V, adonde llegó arropado por la reina, Isabel de Farnesio. Se dice que su vigoroso tiple (agudeza vocal) curó la melancolía del monarca. “El tiple, la voz más alta, suave y clara, era según San Isidoro la voz que más influye en los fieles. Se le atribuía el poder de ablandar el ánimo”, recordó el tenor y monologuista Enrique Viana, durante la presentación.

Viana explicó que los castrati saltaron a la categoría de superestrellas cuando el Barroco los rescató de los coros eclesiásticos y los colocó en medio del escenario profano. Tenían fama y dinero a espuertas. Pero a un precio muy alto. “Eran anormales física y psíquicamente. La mutilación solía derivar en narcisismo neurótico o en una crisis maniaco-depresiva”. El declive llegó cuando la Ilustración trajo la luz y los taquígrafos. La mutilación empezó a verse como lo que siempre fue, una práctica brutal, y además los castrati tuvieron que competir con las mujeres, las divas, con las que rivalizaban en virtuosismo.

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