Dos premios Nobel observan un “planeta imposible” que se parece a la Tierra recién nacida

Michel Mayor y Didier Queloz intentan comprender un exoplaneta cubierto por un océano de lava a más de 2.000 grados y que no debería existir

Michel Mayor, a la izquierda, y Didier Queloz, ganadores del Nobel de Física 2019 por el descubrimiento del primer exoplaneta, en el Centro Europeo de Astronomía Espacial (ESAC), en Villafranca del Castillo, Madrid.
Michel Mayor, a la izquierda, y Didier Queloz, ganadores del Nobel de Física 2019 por el descubrimiento del primer exoplaneta, en el Centro Europeo de Astronomía Espacial (ESAC), en Villafranca del Castillo, Madrid.Julian Rojas

Michel Mayor y Didier Queloz llevan meses observando un “planeta imposible”. Se llama 55 Cancri e y tiene un tamaño algo mayor que la Tierra. Es tan extraño que no debería existir, pero ahí está: a 40 años luz de la Tierra; orbitando una estrella gemela del Sol. En este mundo, un hemisferio siempre da la cara a su estrella. La superficie está a más de 2.000 grados. El lado oscuro está a 1.300 grados. Probablemente todo el planeta está cubierto de roca fundida. Es lo que los astrónomos denominan un mundo de lava.

“Este es el único planeta de este tipo que podemos observar”, explica a EL PAÍS el suizo Queloz, quien recientemente ha visitado Madrid junto a su mentor, su veterano compatriota Michel Mayor, para impartir una conferencia en el centro de la Agencia Espacial Europea ESAC. Ambos ganaron el Nobel de Física de 2019 por descubrir en 1995 el primer planeta más allá del Sol, o exoplaneta. Era un gigante gaseoso que orbitaba la estrella 51 Pegasi, a 50 años luz de la Tierra. En la actualidad —tan solo 26 años después— hay más de 4.500 exoplanetas identificados. Uno de los primeros objetivos de este astrónomo suizo al frente del telescopio espacial Cheops ha sido mirar a 55 Cancri e, rebautizado como Janssen.

“Tenemos observaciones en el infrarrojo sobre la emisión térmica de este planeta”, expone Queloz. “Además, hay alguna observación en el espectro de luz visible. Estos datos no nos dan una idea clara de cómo es este planeta. No sabemos si tiene atmósfera ni si hay alguna parte de su superficie que sea sólida. Tampoco sabemos si hay una evolución estacional. ¿Por qué es importante, entonces? Porque no es muy diferente de como era la Tierra recién nacida, en sus primeros 50 millones de años de vida. Es un poco más grande, pero muy parecido. Por eso necesitamos entenderlo. Lo mejor es que este planeta está justo en el sitio adecuado. Con Cheops vamos a poder estudiar su evolución, su reflectividad. Incluso averiguaremos si tiene una atmósfera permanente o temporal. Por eso estoy tan entusiasmado”, confiesa.

Estoy convencido de que en 10 años habremos encontrado un gemelo de la Tierra
Didier Queloz, astrónomo

Es tentador imaginar si dentro de 4.500 millones de años, la edad de la Tierra, habrá aún humanos siguiendo la evolución de este mundo de lava.

Mayor, de 78 años, explica el otro gran objetivo de la exploración exoplanetaria para las próximas décadas: encontrar planetas gemelos de la Tierra en otras estrellas. “En nuestras búsquedas hemos encontrado muchísimos astros que podrían albergar equivalentes de nuestro sistema solar”, resalta. “Por un momento podemos imaginar que somos alienígenas en otra zona del universo que miramos a nuestro propio sistema solar con telescopios como los actuales. Si esto fuera así, por ahora solo habríamos descubierto Júpiter y tendríamos sospechas de que existe Saturno. No tendríamos ni idea de que está la Tierra”, resalta. Muchos de los exoplanetas descubiertos hasta ahora son gigantes gaseosos como Júpiter. Es muy posible que algunos de ellos sean la antesala a sistemas solares son planetas rocosos en las zonas internas, justo como el nuestro, “pero nuestra tecnología es aún demasiado joven para descubrirlos”, reconoce Mayor.

Queloz capitanea un proyecto internacional para cazar nuevas tierras. El proyecto se basa en HARPS-3, un nuevo instrumento especialmente concebido para realizar la mayor búsqueda de planetas como la Tierra en estrellas similares al Sol. El HARPS-3 se instalará en el Telescopio Newton de la isla de La Palma, en Canarias. Este instrumento llevará al límite la tecnología actual de detección de planetas en otras estrellas para conseguir algo que no se ha hecho antes. Las estrellas como el Sol tienen atmósferas y estas emiten señales de luz —ruido — que puede enmascarar la presencia de un planeta terrestre. “Tenemos que matar este ruido y no sabemos cuándo podremos hacerlo”, resume Mayor.

El HARPS3 empezará a funcionar en 2023 y analizará 60 astros similares al Sol. “Mi objetivo es que dentro de 10 años, cuando yo me esté jubilando, este experimento haya concluido”, afirma Queloz, de 55 años. “Estoy convencido de que para entonces habremos encontrado un gemelo de la Tierra. Es posible que sean incluso 10. Pero también puede haber mala suerte y que los 10 sean como Venus. Yo creo que la Tierra no puede ser tan rara, tan única”, pronostica.

Cazar ese planeta será solo el primer paso. Luego habrá que saber si hay vida en él. Y aquí es donde la cosa se complica al máximo. Los telescopios actuales y los que marcarán el futuro de la exploración astronómica en las próximas décadas, como el telescopio espacial James Webb, solo pueden encontrar indicios de vida. Se trata por ejemplo de oxígeno, agua y otros compuestos atmosféricos que podrían indicar que hay algo vivo en esos mundos. “Incluso con el equipo adecuado, nunca estaremos seguros de haber detectado vida”, reconoce Queloz. “Un biólogo no va a creerte hasta que no haya muchísimas pruebas, probablemente no lo acepte hasta que le traigas el ser vivo extraterrestre”, añade.

Pero llegar a estos mundos es imposible, recuerda Mayor. “Están demasiado lejos. Recuerda el viaje a la Luna. Tardamos tres días en llegar. La luz hace ese recorrido en un segundo. Imagina que encontramos un gemelo de la Tierra a solo 30 años luz. A esa distancia sería un vecino muy, muy cercano. La luz tardaría en recorrerla 1.000 millones de segundos. Es mil millones de veces más lejos que el Apolo 11 y aquel viaje fue lo más lejos que los humanos hemos viajado con misiones tripuladas. Si quieres alcanzar un exoplaneta necesitas ser capaz de hacer un cohete que roce la velocidad de la luz y, lo que es más importante, que desacelere cuando esté cerca de su destino. La energía necesaria es simplemente descomunal, imposible de alcanzar”, detalla.

Un día después de ganar el Nobel, este veterano físico ofreció una entrevista a EL PAÍS en la que dijo: “La religión dice que Dios decidió que solo hubiese vida aquí, en la Tierra, y la creó. Los hechos científicos muestran que la vida es un proceso natural. Yo creo que la única respuesta es investigar y encontrar la respuesta, pero para mí no hay sitio para Dios en el universo”. Sin embargo Mayor reconoce que las limitaciones técnicas del ser humano harán imposible responder sin lugar a dudas si hay vida en algún exoplaneta durante muchos siglos. Hay un camino mucho más corto, recuerda el físico: buscar vida en otros sitios de nuestro propio sistema solar, en especial las lunas heladas de Júpiter y Saturno. “Es mucho más posible que podamos analizar y encontrar vida extraterrestre en estos lugares”, aventura.

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Sobre la firma

Nuño Domínguez

Nuño Domínguez es cofundador de Materia, la sección de Ciencia de EL PAÍS. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Periodismo Científico por la Universidad de Boston (EE UU). Antes de EL PAÍS trabajó en medios como Público, El Mundo, La Voz de Galicia o la Agencia Efe.

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