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OPINIÓN i

Don Pelayo y los traidores

La derecha y el nacional-populismo han resucitado la España de traidores mientras paradójicamente combaten la imagen que les devuelve su propio espejo: la de la Cataluña carlista y provinciana

Pablo Casado (derecha) en un acto en Asturias.
Pablo Casado (derecha) en un acto en Asturias.

El procés está haciendo aflorar lo mejor de ese nacionalismo español que muchos de sus militantes aseguran que no existe. Lo habitual era contraponer el cosmopolitismo no nacionalista español al provincianismo localista catalán y vasco; la razón frente al sentimiento atávico. Sin embargo, la proximidad de las elecciones ha arruinado cualquier asomo de visión ilustrada. La España que ora y embiste, cuando se digna a usar la cabeza, se resiste a dejar nacer a la España de la idea, como escribía Machado. La derecha y el nacional-populismo han resucitado la España de traidores, de Don Pelayo, de la Reconquista y la batalla de Lepanto, mientras paradójicamente combaten la imagen que les devuelve su propio espejo: la de la Cataluña carlista y provinciana de Puigdemont y Torra.

La nueva España de traidores encuentra sus enemigos internos en un felón presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, auxiliado en las bandas por los comunistas de Podemos. En aras del electoralismo, el PP busca reforzar su idea monolítica de España y está dispuesto a dinamitar cualquier política de Estado para solucionar el conflicto catalán. Otro tanto hace Ciudadanos, que ahonda en la vistosidad de actos propagandísticos con el decorado preferente del Parlamento de Cataluña o Waterloo. Todos ellos saben que el artículo 155 de la Constitución, por mucho que se empeñen en elevarlo a permanente y revisable, no es una solución para Cataluña. La excepcionalidad no puede convertirse en moneda corriente en una democracia. Hay que sentarse y negociar. Se hizo en situaciones de terrorismo y violencia y —con o sin relatores, pero con mucho más motivo— debe volverse a ello.

No deja de ser curioso que el PP, cuyo ancestro fue el partido de ámbito español que más pegas puso a la Constitución, se erija ahora en exégeta de una Ley Fundamental que recibió solo ocho de los dieciséis votos de los diputados de Alianza Popular. Ahora Pablo Casado se pasea con el estandarte constitucional por Asturias y visita la Cámara Santa de la catedral de Oviedo. En la ciudad que Clarín describió de falsa religiosidad y reales convencionalismos, Casado ha desempolvado la Cruz de la Victoria, esa que la leyenda dice que don Pelayo enarboló para iniciar la Reconquista. El PP ha pasado a echar mano de ese imaginario europeo que alimentan formaciones como la Liga Norte de Matteo Salvini. En su interpretación de la Historia, los nacional-populistas italianos han llegado a relacionar el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York con la derrota que sufrieron los turcos a las puertas de Viena en la batalla de Kahlenberg. ¿Qué tienen en común ambos acontecimientos? La fecha. Ambos, dicen, ocurrieron un 11 de septiembre, ya sea de 1683 o de 2001. La derrota de 1683 llevó al terrorismo islamista a atacar Nueva York en 2001. La Liga Norte considera que hubo un ingrediente imprescindible de esa victoria: la intervención del capuchino veneciano Marco d’Aviano, que trenzó las alianzas entre los ejércitos de la Liga Santa. Pudo más un religioso del Véneto que los húsares alados de Jan Sobieski.

La excepcionalidad no puede convertirse en moneda corriente en una democracia. Hay que sentarse y negociar

No hay que dejar que la realidad estropee una buena historia. Por ello lo mejor es cultivar clichés como el de la Reconquista. No importa que la cruz de madera que presuntamente enarboló Don Pelayo procediera de un árbol que fue talado 200 años después. O que los musulmanes que supuestamente perseguían al bravo godo estuvieran comandados por el obispo traidor Oppas. Lo trascendente es que la Virgen ayudó a Don Pelayo, quien ganó la batalla incluso con un prelado en contra. Otra leyenda permite, sin embargo, que los republicanos asturianos homenajeen cada año al primer republicano local, el oso que mató al presunto rey Favila, hijo, dicen, de Don Pelayo.

Pero en la historia de las grandes naciones no hay espacio para el insano humor. Y otra de las vueltas de tuerca nacional-populista aparecida en los últimos días ha sido el discurso-mitin que el secretario general de Vox, Javier Ortega Smith, ha pronunciado en el Parlamento Europeo. Ahí desempolvó la batalla de Lepanto (Golfo de Patras, 1571). Al parecer, según el orador, de no haber sido por esa victoria de la cristiandad contra el turco o de otras anteriores como la de las Navas de Tolosa en 1212, las mujeres en Europa “irían con burka”. Ortega Smith reivindicó el mundo de los Salvini, Orban y Kacynski, que cierra puertas a la inmigración mientras le niega el más elemental derecho a la vida. La España más reaccionaria vuelve por sus fueros y encuentra aliados y refugio argumental para restaurar el viejo orden de los nuevos Cien Mil Hijos de San Luis.

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