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OPINIÓN

Otro 1-O

Los “movimientos” que son “transversales y así más fuertes”, son mala señal, y la complejidad política no puede ser resuelta a golpe de caudillismos unipersonales

Francisco Franco, en el exterior de la Capitanía General de Burgos, el 1 de octubre de 1936.
Francisco Franco, en el exterior de la Capitanía General de Burgos, el 1 de octubre de 1936.

Era un primero de octubre, al que llamaremos 1-O por comodidad, y aparece con el tiempo un documento bastante extraordinario, al menos para quien esto firma. Esa noche, por radio Castilla, un hombre con voz levemente atiplada lanza una arenga y afirma varias cosas. Aquí van algunos extractos: “¡Españoles!: Los que escucháis en vuestros hogares las noticias de Radio Castilla, los que, en el frente de batalla, escucháis a los pequeños radiadores (sic) que os llevan las noticias de vuestros hogares y de la retaguardia… Voy solamente a exponeros los fundamentos de nuestras razones, no con tópicos ni contumacias, sino con el propósito de hacer un breve examen del pretérito y de lo que nos proponemos en el porvenir”. Y entre dichos fundamentos, el sujeto afirma: “El Estado nuevo, sin ser confesional respetará la religión de la mayoría del pueblo español, sin que esto suponga intromisión de ninguna potestad dentro del Estado”.

“En su aspecto tributario evitará el aniquilamiento de la riqueza, estableciendo una equidad en los impuestos y contribuciones, haciéndose un justo reparto de las cargas”.

“En el aspecto agrario se llegará a la creación del verdadero patrimonio familiar, merced a lo que el campesino produce se le dará una ocupación permanente para mejorar la vida campesina y al mismo tiempo la vida de la Patria”.

Vaya, Estado aconfesional, como quien dice reforma agraria, economía social, y otras muchas perlas. Están ustedes leyendo nada menos que el primer discurso radiofónico oficial de Francisco Franco a los españoles (y españolas, claro). Ese mismo día, 1-O, Franco había llevado a cabo una de las maniobras de ingeniería institucional más audaces y brillantes que se recuerdan. Por una lado, el 28 de septiembre, en una reunión en Burgos los altos mandos militares de la sublevación habían decidido nombrar a Franco (en términos de grado y antigüedad era como quien dice “el último de la fila” de los generales golpistas) “Jefe del Gobierno del Estado por lo que dure la Guerra”. Por otro lado, atentos, cuando el Documento es publicado el 1-O ese señor de ha convertido en “Jefe del Estado” y “Generalísimo” (grado militar que no existía) y se cae “por lo que dure la guerra”. El Juego de manos (o “Juego de Tronos”) es espectacular. Los dos generales que encabezan el “alzamiento” Sanjurjo y Mola mueren en oportunos y sucesivos accidentes.

Y el siguiente movimiento de Franco, a partir de ese día, sigue una lógica imparable: acabar con el batiburrillo de siglas, partidos, sindicatos, corrientes ideológicas del bando insurrecto, es decir con el genuino pluralismo político e ideológico del bando insurrecto, y unificarlo en un “movimiento nacional”, que subsumirá toda esa variedad. Es decir, la diversidad de partidos y organizaciones aparece de repente como nociva, divisiva, y negativa, y será prohibida por la fuerza. Los líderes falangistas sucesores del fusilado Jose Antonio Primo de Rivera, encabezados por su mano derecha, Manuel Hedilla, van a la cárcel, y aparece de la nada un “movimiento nacional” que se llama Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas. En pocas semanas, en el bando insurrecto hay un mando único, jerárquico, organizado militarmente y bendecido por la Iglesia. Y eso que en la cúpula militar había monárquicos alfonsinos, monárquicos carlistas, republicanos de derechas y militaristas africanistas y que se sepa ningún militar falangista.

Franco, en el primer discurso desde el balcón del Ayuntamiento de Burgos, se negó a precisar si aquello sería una restauración monárquica, una dictadura militar (pronto se salió de dudas), o una república autoritaria como la que había en la vecina Portugal. Simplemente afirmó que se establecía “un régimen jerárquico de armonioso funcionamiento”.

De toda esta secuencia, harto conocida por otra parte (excepto que el General Mola dijo que todo esto debería ser revisado políticamente al término de la guerra), cabe extraer alguna conclusión, aparte de que los golpes de estado contra regímenes democráticos es algo que está mal. Por ejemplo, esta manía de disolver la variedad de sensibilidades políticas, es una muy mala señal. Los “movimientos” que son “transversales y así más fuertes”, son mala señal, y la complejidad política no puede ser resuelta a golpe de caudillismos unipersonales de alta pretensión emocional. Se nota lo que hay debajo: ambición de poder, legitimidades impostadas, y ganas de mandar. Y como muestra (a contrario) la reacción del General Mola, a veces es muy difícil rectificar el embrollo “el día de mañana”. Todo esto pasaba un Primero de Octubre, y aquí se acaba cualquier comparación con nada de nada.

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política en la Universitat de Barcelona (UB).