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OPINIÓN

El ejército de los zombis en mallas

Para los 'runners' no cuenta la diversión, solo la relación de productividad entre kilómetros corridos, calorías y tiempo invertido

Un ‘runner’ corre bajo una intensa lluvia junto al mar, en el litoral de Barcelona.
Un ‘runner’ corre bajo una intensa lluvia junto al mar, en el litoral de Barcelona.

Para Pablo Rapetti

Es imposible que ustedes no hayan notado su presencia, a pesar de que no hacen mucho ruido y de que son generalmente educados. Van perfectamente equipados con relojes inteligentes, auriculares y demás parafernalia chillona. Deambulan, sudorosos y en anárquico pelotón, por todas las ciudades. Son los runners, ese ejército de zombis en mallas cuya misión terrenal parece consistir en hacer ejercicio.

No querría ser malinterpretado: yo no estoy en contra del movimiento físico y a favor de la vida sedentaria. Yo comparto y pongo en práctica la idea de jugar a básquet, o a fútbol, o a lo que sea que le guste a uno, pero no trago con lo de hacer ejercicio. Cuando uno juega a básquet, por ejemplo, lo hace motivado sobre todo por el componente lúdico. Y aunque es muy probable que yo sea particularmente insensible y cazurro, me resulta inconcebible que haya alguien que pueda divertirse corriendo dos o incluso doce horas seguidas, extremo al que, según tengo entendido, algunas personas se someten, para mi asombro, ¡voluntariamente y sin coacción externa alguna!

De hecho, tengo la impresión de que hay en la idea runneriana de hacer ejercicio un intento de trasladar a las horas de ocio las reglas que gobiernan las horas laborales. El tiempo libre de los zombis en mallas no parece estar regido por la improvisación y la espontaneidad, propias de jugar a básquet o a fútbol. Para los runners, lo que contaría en los momentos de ocio no sería tanto si uno se divierte o no como la relación de productividad entre los kilómetros recorridos o las calorías que se mandan al infierno y el tiempo invertido en ello. Así, hacer ejercicio vendría a ser una extensión del trabajo. El movimiento físico quedaría desvinculado del libre discurrir del juego. Y la eficiencia, lo previsible y lo monótono terminarían invadiendo todas las horas de la vida, obligando a adoptar de forma ininterrumpida el chip mental de las horas de trabajo.

Y es que hay alguna gente que ha dejado invadir hasta tal punto el principio de eficiencia en su vida que integra esa manera de concebir el movimiento físico como un rasgo de identidad: “Yo soy de Tarragona, arquitecto y runner”. Y una vez uno se identifica ante el mundo como runner, ya no debería resultarnos extraño que desarrolle una personalidad religiosa y moral vinculada a esa identidad runner. Habría, pues, una suerte de deber moral o religioso de satisfacer los valores absolutos de la salud y la eficiencia.

Pero esta no es la única conexión con la moral y la religión de los runners. Quizá no sea casualidad que muchos de ellos hayan tenido un alegre pasado de vicio y desmadre noctámbulo. En tales casos, esa obsesión por hacer ejercicio es posiblemente una forma de redención moral para intentar enmendar una vida anterior disoluta y alegre pero a fin de cuentas errática. El runner sería entonces una suerte de renacido, alguien para quien someterse a esas palizas, a esa orgía de calorías quemadas y ese diluirse de sus pecados en las cifras del reloj inteligente, equivaldría a una manera de poner el contador de la vida moral a cero.

Pero más allá de ese componente moralizador, la contraposición fundamental ya ha sido mencionada: hacer ejercicio versus jugar. Y quizá se debe a que suscribo el legado de Cruyff, pero creo ver en aquellos que prefieren hacer ejercicio por encima de jugar el mismo tipo de preferencia de quienes, ante el dilema hipotético de si querrían ganar un partido de futbol 1-0 o 4-3, se decantarían por el 1-0. Se trata, insisto, de la expulsión del reino del ocio de la espontaneidad y la fantasía, consustanciales a la idea de juego.

Dicho todo esto, me veo obligado a confesar que, en alguna ocasión, me he visto en la penosa circunstancia de hacer ejercicio. No tengo ninguna buena excusa para tal incoherencia. Sólo se me ocurre acudir a los conocimientos de mi amigo Pablo Rapetti, quien a veces invoca una frase pronunciada por Carlos Caszely, exfutbolista chileno que, al ser acusado de incoherencia, tuvo una vez un ataque de lucidez y dijo: “No tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso”. Frase, por cierto, que bien habría podido pronunciar Cruyff. Y es que todos los partidarios de la diversión y el juego terminan hablando el mismo idioma.