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OPINIÓN

Élites desconectadas

Con el tiempo, los dirigentes políticos de ambas ciudades, gobiernos y 'sottogoverno', se han convertido en grupos sin apenas contacto

Niceto Alcalá-Zamora y Francesc Macià, en 1931.
Niceto Alcalá-Zamora y Francesc Macià, en 1931.

Meses atrás, el cesado consejero de Cultura de la Generalitat, Lluís Puig, comentó en una entrevista que durante la manifestación por los atentados terroristas de agosto en Barcelona le había pedido a Íñigo Méndez de Vigo una reunión para tratar temas que competían a ambos. La respuesta del ministro fue “¡bueno, ya quedaremos para tomarnos unos vinos y hablar de todo esto!”, según un enojado Puig, que la consideró un ejemplo de la “España cañí, rancia y casposa que no nos gusta”.

La anécdota no es baladí. Muestra hasta qué punto de desconexión han llegado las élites políticas barcelonesas y madrileñas. Hoy, salvo excepciones, son incapaces de descodificar las culturas políticas y comportamentales de la ciudad que no habitan. La falta de una piedra roseta cotidiana para interpretar al otro es uno de los aspectos fundamentales que ha llevado la cuestión catalana a la situación actual. Nuestras élites políticas viven desconectadas.

No siempre fue así y permitan que para ilustrarlo me centre en las figuras de dos presidentes. Alcalá-Zamora y Macià asentaron las bases de la Segunda República porque —aparte de que el excoronel supo calibrar hasta dónde podía llevar a sus conciudadanos y qué esperar del gobierno provisional del cordobés— contaban con un trato previo de cuando en los años diez eran diputados a las Cortes. Podían departir sobre el momento político porque entendían los códigos ajenos.

Macià visitó Madrid con motivo de la presentación del anteproyecto de Estatuto de Autonomía en agosto de 1931, acompañado por su hija Maria, que ejercía también de primera dama. La visita se prolongó más de lo previsto porque, mientras su padre seguía una apretada agenda, ella descubría Madrid con las hijas de Alcalá-Zamora.

Cuando en 1934 Companys tomó las riendas de la Generalitat, la cosa cambió. Este había sido durante la tramitación del Estatuto el jefe de la minoría catalana en las Cortes e incluso, cuatro meses, ministro. A pesar de ello y según sostiene Arnau González Vilalta, uno de los mejores conocedores de su figura, apenas había labrado relación alguna con las élites madrileñas.

Azaña, para entonces en la oposición, estaba en contacto con los sectores expulsados de ERC, más proclives a la gobernabilidad de Cataluña y menos a la gesticulación, como Lluhí Vallescà, Casanelles y Tarradellas. Así lo constata el imprescindible Azaña y Cataluña. Historia de un desencuentro, de Josep Contreras. En octubre de 1934 los lluhins fueron la vía de interlocución que el líder de Izquierda Republicana usó para tratar de desactivar el calentón de Companys. También lo fue, en sentido inverso, cuando desde la Generalitat, en julio de 1936, se insistió a Casares Quiroga que actuara ante los rumores de insurrección.

Ni en un caso ni en otro surtió efecto: la escasa relación entre Companys y Madrid no fue determinante para lo que aconteció, pero sí importante. Es lo que tiene el uso de terceros. Si conocen el juego del teléfono sabrán que después de cuatro interlocutores la información inicial poco se parece a la final.

El presidente Tarradellas pasó parte de su exilio recibiendo a jóvenes políticos. No conocía a Suárez pero por su don de gentes, afinado de sus tiempos de comercial, era consciente de que una relación personal es básica para deshacer entuertos. Por eso hizo lo imposible por tratar a cuantos pudo. Su ejemplo, como tantas cosas de su hacer político, se olvidó.

Desde entonces, a medida que la autonomía catalana se ha fortalecido los cuadros políticos catalanistas han tenido cada vez mayor interés en construir un Estado en Barcelona —la zona de confort que evita trasladarse a Madrid para promocionar—. Al Gobierno central, por su parte, la modernización de España le ha facilitado cuadros formados sin necesidad de acudir al caladero catalán. Con el tiempo las élites políticas de ambas ciudades, gobiernos y sottogoverno, se han convertido en grupos sin apenas contacto.

De nuevo, en vísperas del 27-O sucedió algo similar a lo acontecido en 1934 y 1936: se jugó al teléfono. Santi Vila, el grupo de empresarios catalanes y el lehendakari Urkullu fracasaron como vía, con la interferencia añadida de las ondas tuiteras. Algún día sabremos las razones por las que la relación, en apariencia cordial, entre Junqueras y Sáenz de Santamaría tampoco fructificó.

Tratar al otro no implica renunciar a las ideas propias pero facilita dejar de verle bajo un estereotipo. La solución, la que sea, para Cataluña y España pasará de manera inevitable por la negociación entre élites de ambas capitales. Será más sencilla cuanto mejor descodifiquen los códigos conductuales ajenos. No es fácil, pero como me comentaba días atrás el exconsejero de Tarradellas, Lluís Armet, “la política es todo menos una línea recta”. Una reunión Rajoy-Torra puede ser un buen comienzo para trazar el camino a través de meandros.

Joan Esculies es escritor e historiador.

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