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OPINIÓN

Un laberinto sin fin

El independentismo habrá de escoger entre adaptarse para sobrevivir o autodestruirse en el empeño del todo o nada

Carles Puigdemont y Artur Mas, en el Parlament.
Carles Puigdemont y Artur Mas, en el Parlament.

Es de un candor arcangélico esperar que el secesionismo formule algún atisbo de autocrítica y, sin embargo, tendría lógica si estuviéramos en un marco aproximado de racionalidad política. Los errores de cálculo y los absurdos estratégicos del “procés”, según es constatable, carecían de un conocimiento suficiente de los cambios en la sociedad catalana, tanto como de la solidez del Estado de Derecho, de las dinámicas empresariales o financieras y de los márgenes operativos en la Unión Europea. Se creyó que una épica infusa lograría esquivar el obstáculo de las voluntades individuales discordantes —como ha sido el voto tan significativo de Ciudadanos—, en virtud de un acto de fe en un plan tan esquemático y premoderno que forzosamente había de llevar a un impasse a la larga desintegrador incluso de la presunta unanimidad secesionista.

Al final, no se iba a ofrecer otro hipertexto que el victimismo, después de la fase de editoriales conjuntas o de hipótesis sobre el “català emprenyat”, ese ser indefinido que ha resultado estar en las antípodas de su identificación primera y que ahora incluso ve con gusto la entelequia de la Tabarnia. El victimismo obtuvo para los grupos independentistas una mayoría de escaños, pero el partido más votado fue precisamente el más opuesto a asumir una Cataluña excepcionalista y rudimentaria, ajena a la ley, refractaria al pluralismo. El desconcierto independentista después de las elecciones del 21-D parece expandirse cada día más, a consecuencia de la irresponsabilidad institucional del Parlament de Catalunya al declarar por unos minutos la república catalana y de un clan político del “procés” —hablar de élites es desproporcionado— que evoca la baja calidad de un grupo de teatro amateur empeñado en, de buenas a primeras, representar cualquier de las tragedias de Esquilo sobre el dilema eterno de la justicia. Para Cataluña, la imagen es catastrófica: un expresidente de la Generalitat huido a Bruselas y un vicepresidente en la cárcel, ofreciendo como aval de su voluntad pacífica su condición de creyente en el misterio trinitario y no un compromiso claro con el orden constitucional.

Para el independentismo como opción política del todo legítima en el espacio de la ley, el deterioro está siendo muy grave y determinante. Cualquier día se cansa uno de los lazos amarillos y de constatar como las banderas estrelladas han ido desapareciendo de los balcones. De nuevo, el gran error del maximalismo nacionalista fue no tener en cuenta que toda iniciativa de ruptura genera estados reactivos. Si el pujolismo consistió en intentar neutralizarlos o inducirlos al silencio, el independentismo desde Artur Mas a Carles Puigdemont ha caído vulgarmente en la tentación de confrontar dos Cataluñas cuando en realidad esta es una sociedad muy heterogénea en la que el deber de la política consiste en ofrecer vínculos comunes y no confrontaciones, lealtades compartidas y no excluyentes. Por ahora, lo que sabemos es que el independentismo ha entrado en una conflictividad interna que tiene pocas salidas, si acaso.

En realidad, su característica más aparatosa es haber llevado a Cataluña a un laberinto sin fin. La cuestión para el independentismo es que ahora está preso de su propio laberinto. Aunque fuera solo en provecho de su causa y no en la perspectiva del bien común, necesitaría readaptarse a la nueva circunstancia histórica y no tiene alternativas salvo moderar el rumbo acatando la ley o seguir con su autodestrucción. Es una dificultad que en esta nueva fase ya no haya capacidad de maniobra para añorar el catalanismo clásico, algo que por hoy solo garantiza la melancolía. Esos dos millones de votos independentistas tampoco son homogéneos. Proceden de causalidades muy distintas y en algún caso contrapuestas, como puede verse en el desbarajuste de cara a la constitución del nuevo parlamento autonómico y la posterior titularidad de la presidencia de Generalitat. El independentismo habrá de escoger entre adaptarse para sobrevivir o autodestruirse en el empeño del todo o nada. Es una maniobra extraordinariamente difícil, de la que dependen la estabilidad, la credibilidad institucional, el clima económico y la recuperación de la confianza ciudadana. A la vista de quienes están al frente del bloque independentista, son pocas las garantías de que la alternativa al laberinto sea la mejor para todos los catalanes, pero el futuro se escribe todos los días. Si se permite la pedantería, para representar a Esquilo hace falta un cierto decoro trágico.