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“Avui hem votat com senyors”

En el colegio del Turó del Cargol, en Barcelona, es imposible no comparar la jornada electoral con la del pasado y agitado 1-O

Elecciones catalanas 2017
Sobres en el interior de una urna en un colegio de Barcelona. EL PAÍS

“Avui hem votat com senyors”, constata al salir del colegio del Turó del Cargol un hombre maduro, con una elegante trenca que le da un aire de veterano de la escolta de convoyes a Murmansk. Se percibe evidente satisfacción por poder votar sin más suspense que el de averiguar quién va a ganar y sabiendo además que hay urnas. "Sin hostias esto es otra cosa", comenta un joven, y hay un general asentimiento en la cola, y algún suspiro. Por lo visto hay también quienes encuentran que hoy falta épica, y están decepcionados: así vota cualquiera, se dirán.

Las diferencias con lo que se vivió aquí mismo el 1-O son muchas y notables. De entrada no están, y se les añora, sobre todo si no has desayunado, los del improvisado puesto de chocolate fundido y madalenas que proveían con largueza. Aquellas, es verdad, eran otras horas: a las cinco de la mañana ya se montaba guardia por si venía la policía a desalojar a los que habían ocupado el colegio para que se pudiera votar. Hoy no hay aquel clima de camaradería y complicidad. Nadie canta L'estaca, ni El Partisano, ni nada. Efectivamente: hay poca épica; es lo que suele pasar en los países civilizados cuando se vota. Hoy no se arriesga ni se sufre juntos, que era una manera de hacer amigos, y país. Así pues, cada uno va lo suyo, dando la guerra por su cuenta. Se echan en falta directrices. Aquel "cuando vengan los que ya sabéis, os sentáis todos en el suelo y hacéis la cebolla agarrándoos unos a otros y no los dejáis pasar, ¿entendido?".

Es que hoy hasta hace buen día, cuando la resistencia, es sabido, pide días fríos y brumosos. Aquella jornada del 1-O llovía y era áspera como las voluntades y las porras. Observo que los mossos d'esquadra —un mosso y una mossa— hoy sí que se han acercado al colegio, y están en la puerta, no como entonces que hablaban desde lejos y hacían preguntas tontitas.

Se sigue formando cola, que baja por las escaleras y llega casi hasta la calle porque están votando, esforzadamente, numerosas personas disminuidas que van en silla de ruedas y tienen preferencia. "Son los del Cottolengo y de otras residencias del Carmel", informa un caballero que se embarca en una vergonzosa conversación con otro cuestionando el derecho a votar de algunos de los que pasan, acompañados en algún caso por monjas. Les pregunto si ellos van a votar la lista de Mengele, pero no captan la ironía. La democracia hace extraños compañeros de cola, incluidos estos indeseables.

Ocasionalmente se ve alguna persona con algo amarillo. Son pocas, si exceptuamos a los apoderados de ERC que portan el cordón y las tarjetas acreditativas de ese color. Una señora lleva un lacito en la solapa, otra en el bolso, otra más una bufanda; un tipo entra a votar con un casco de bicicleta amarillo puesto. Un chico viste una larga camisa también amarilla, pero con el anagrama de Correos. Una mujer pasa con un abrigo de color parecido aunque su mirada proclama: "Es mostaza, eh".

En medio de la espera, cuando el tono de las conversaciones ha subido hasta convertirse en un murmullo de enjambre, se oye un ¡plaf! tremendo: una paloma ha chocado contra la vidriera de cristal dejando una mancha oscura en la que quedan prendidas unas plumitas. El suceso tiene algo de ominoso, y trae recuerdos graves. Se hace el silencio.

Descubro que en realidad no he de hacer cola porque mi mesa es otra y abandono la fila seguido por miradas hoscas. Las mesas están en el gimnasio del colegio, decorado de Navidad. Tomo una papeleta pero como la chica que llevo detrás inclina curiosa el cuello para ver cuál es, pues las cojo todas. Adivina, guapa. Un niño alborota en las espalderas, otro está entretenido en la cabina con cortinitas mientras sus padres parecen tener dudas de última hora y discuten: ahí está saliendo de todo. Una mujer muy mayor dice "ho tornarem a intentar" con tono enfático, como de Puigdemont. Al observar que le presto atención baja la voz. Empleo todo mi lenguaje corporal para asegurarle que no le voy a aplicar el 155, pero aun así me rehúye. Al acabar de votar salgo a la calle, por la que sigue afluyendo gente. Ya está. Hoy sí.

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