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OPINIÓN

Los bloques malditos

Hablar del bando independentista y constitucionalista demuestra, una vez más, la derrota del pujolismo

Los grupos de la oposición abandonan el Parlament el 7 de septiembre.
Los grupos de la oposición abandonan el Parlament el 7 de septiembre.

Una prueba más del hundimiento del sistema político pujolista es que hablemos electoralmente de dos bloques, el independentista y el constitucionalista. El objetivo último del pujolismo consistía en que solo existiera un bloque y que los demás elementos del sistema político de Cataluña fuesen sus satélites o injertos ilustrativos de lo que se llamaba transversalidad y que no era sino el reconocimiento explícito de un bloque central y hegemónico.

Ahora lo que tenemos son dos bloques y su interactuación es muy poco flexible, por lo que llegamos a un extraño paisaje carente de elementos de comunidad, con una suerte de figuras totémicas desproporcionadas que, ausentes de la heterogeneidad de ejes y raíces, vienen a ser complementos unidimensionales, impropios de una sociedad civil articulada.

Solo un brujo pudiera haber imaginado que el desplazamiento del autonomismo al secesionismo culminaría en un presidente de la Generalitat, "ipso facto" expresidente por la aplicación del 155 y autoproclamado presidente en el exilio que calcula cuando le es más conveniente regresar a España, ir a la cárcel y dar un vuelco que altere el empate actual de dos bloques, con permiso de la alcaldesa Ada Colau.

El 21D sabremos si la tentación emocionalista se impone al voto más propenso a considerar un futuro de convivencia estable y razonada

A mayor cercanía a la campaña electoral, más demagogia argumental se da, más fractura y enfrentamiento. Los analistas están diciendo que los votos fluctúan internamente, en cada uno de los bloques, pero no entre los bloques. Es decir: un votante de PDeCAT puede estar decidiendo votar a Junqueras y un votante de Cs tal vez esté considerando votar la candidatura de Miquel Iceta, o al revés en ambos casos. Lo que de entrada parece improbable es que contingentes significativos de votos abandonen el bloque independentista y voten a partidos constitucionalistas.

Si esa contraposición en bloques no representa la Cataluña real, ¿cómo pueden generarse desbloqueos? Primero hay que tener en cuenta el clásico voto oculto y en este caso hasta qué punto puede reducirse la abstención en el cinturón de Barcelona. Luego habrá que ver si un regreso de Puigdemont y su ingreso en la cárcel incrementaría o no la movilización victimista. ¿Es todo posible o existen demarcaciones por completo predeterminadas? En realidad, el independentismo se lo juega todo a la carta victimista. Hubo un victimismo de baja intensidad y ahora un victimismo "freak".

Al hablar de la psicología del victimismo, un caso de manual es el individuo que roba un coche en un aparcamiento en los Estados Unidos, se echa a la carretera, tiene un accidente y muere. Entonces su familia entra en litigio con el propietario del aparcamiento por no haber instalado las medidas necesarias para evitar el robo de coches. ¿No es eso el eurófobo Puigdemont?

Para la votación del 21-D, tengamos en cuenta la tesis del votante racional como mito: es decir, arraigos emocionales o comunitarios pueden ser más decisivos que el sistema de prueba y error. Lealtades preexistentes y excitadas por la emocionalidad del victimismo le sacan ventaja a la idea de que la democracia consiste no en elegir al mejor de los gobernantes sino en retirar de escena a lo que hayan gobernado mal.

Si uno se siente perdedor en una determinada situación político-económica o bien acaba creyéndoselo dada la persuasión populista, posiblemente votará como perdedor desvinculándose de formas más racionales, como es afrontar los problemas según el método de prueba y error.

Ahí está, casi en términos absolutos, un tramo fronterizo entre esos dos bloques que en el arranque de la carrera electoral hacia el 21-D se consideran muy prefijados, tal vez no tan prefijados como parece, tal vez más mutables pero inmersos en una mecánica según la cual uno puede tener una preferencia y al mismo tiempo votar en sentido contrario.

Por ahí andan los neurólogos de la política con sus resonancias magnéticas. Como dice Drew Westen en “El cerebro político”, el cerebro negocia en tiempo real los conflictos entre la realidad y el deseo. Por eso Puigdemont sopesa en qué medida el independentismo puede reactivar los vínculos emocionales que genera un victimismo con componentes de ficción tan sistematizada que se remite a 1714.

No es poco: deslegitimar la ley en nombre de un ensueño que dejaría Cataluña a las puertas del declive económico, fuera de la Unión Europea y con una sociedad dividida de forma inaudita. El 21-D sabremos si la tentación emocionalista se impone o no al voto más propenso a considerar un futuro de convivencia estable y razonada.