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Yo también soy fluorescente

La apoteosis de lo políticamente correcto en Cataluña, celebrado como transgresión, atrae todo tipo de causas revoltosas, de Assange al nacionalismo andaluz

Arnaldo Otegi, entre las dirigentes de Bildu Bakartxo Ruiz (izquierda) y Maddalen Iriarte, ayer durante la ofrenda floral al monumento de Rafael Casanova en Barcelona.
Arnaldo Otegi, entre las dirigentes de Bildu Bakartxo Ruiz (izquierda) y Maddalen Iriarte, ayer durante la ofrenda floral al monumento de Rafael Casanova en Barcelona.

En la apoteosis de esteladas de la Diada, la bandera coyuntural del momento, ha desaparecido la senyera, que es como si te conformaras con lo que hay. No la ha colgado ni El Corte Inglés, que siempre ponía una, porque nadie quiere pasar por rarito o que no se entera o, mucho peor, que piensa otra cosa. Pero es que en esta gran batalla de símbolos y marketing ya ha aparecido otra, una negra con una estrella y una cruz, la de Santa Eulalia. Ayer se veían algunas, preguntabas y mucha gente no tenía ni idea. Acaba de salir por lo visto. El señor de un puesto (está a 15 euros) explica que es una reinterpretación moderna de la bandera del siglo XIV, “contraria a la blanca de rendición”, reza el prospecto. ¿O sea, que más o menos se la han inventado? Pero es un verbo muy desafortunado, causa aspavientos: “No, no, la bandera negra existió, este es un proyecto de recuperación histórica”, responde negando con la cabeza.

Donde se ven más banderas curiosas es en la zona de invitados del acto de plaza de Catalunya. Es una alegre ensalada de pueblos oprimidos y causas más o menos perdidas, que en la fiesta del independentismo se sienten en su casa. De Quebec a Galicia y por supuesto el Tibet. Aquí todo eso es mainstream, no marginal. La paradoja de la manifestación masiva de ayer es que era una celebración de lo políticamente correcto en Cataluña, pero con un aura de transgresión y victimismo que atrae como un imán a todo tipo de rebeldes. Julian Assange lo ha consagrado con su “Pancho Sánchez”. Y todo de forma muy familiar, algo sociológicamente anómalo, donde aparentemente los padres piensan igual que los hijos, porque ser independiente también es tendencia juvenil. La bandera mola, los adolescentes se la ponen en los selfis. “Yo también soy fluorescente”, se leía en camisetas amarillo fosforito, el color oficial de la movilización. De eso va la cosa, de sentir un brillo especial, algo sentimental en el aire que hace abrazarse a las familias y hacerse carantoñas a los novios.

Ya ha salido una nueva bandera que reinterpreta una negra del siglo XIV

A eso de las 16.20 en la megafonía de plaza de Catalunya se oyó la voz de Arnaldo Otegi, que muy fluorescente no es, pero basta arrimarse aquí para participar del fulgor. En una entrevista radiofónica llamaba a “recuperar la dignidad”. Pregunta el periodista: ¿Esto se puede frenar? “Yo creo que no”, respondió. Entre las ikurriñas destacaba, por el calor que estaban pasando en el bochorno, un grupo de Vitoria, Judimendiko Momotxorroak, disfrazado con pieles de oveja, cuernos y cencerros gigantes, el traje tradicional de carnaval en Navarra.

Flandes y el esperanto

Pasaba una fila de extranjeros con banderas amarillas y un león negro y la gente aplaudía para luego preguntarles quiénes eran. “Somos de Flandes, allí tenemos una situación parecida”, dice Jeroen, 38 años, de Antwerp. “Sería Bélgica”, explica a una señora qué no sabe bien dónde es. Lo mismo argumenta Guillem Nicolás, 55 años, que sostiene una bandera de Montenegro que le trajo su hermana, que fue allí de vacaciones. “Allí estaban igual que nosotros: pero tuvieron referéndum”. Tiene otra rara, verde: “Es la del esperanto”. Sergi, 20 años, enarbola una de la Serenísima República de Venecia. Lo mismo: “Están en la misma situación que nosotros”. Hamadi, un adolescente saharaui, que estudia aquí desde hace dos años, lleva la bandera de su pueblo. Lo mismo: “Porque Cataluña está como nosotros”. También se veían pancartas antitaurinas, porque el toro bravo y otros animales están como Cataluña, fatal. “Ellos tampoco tienen derecho a decidir”, clamaba un cartel.

Al margen de un anciano de aspecto venerable que cerca de la plaza de Catalunya advertía de la inminencia del Anticristo y su derrota (Mateo 24.14, decía), el encuentro más inesperado fue con una bandera de la URSS. La llevaban dos chicos, que al preguntarles qué significaba se pusieron tensos: “Si has leído el Manifiesto Comunista no sé a qué viene la pregunta. No es por el país, es la idea”. “Es la bandera de todos los pueblos a favor de la autodeterminación de los pueblos”, explicaba su compañero. Invita a leer a Lenin para saber más, salvo que uno sea marxista, que entonces no.

Por Tartesos hacia la independencia

Entre las banderas llamativas que salpicaban ayer la multitud en la plaza de Catalunya, frente al escenario, donde tenían sitio reservado los invitados, ondeaba una muy extraña. Dos franjas verdes y una blanca, con una especie de rueda en medio, parecería la de India. Al preguntar al señor que la sostiene si habla español responde: “Perfectamente: soy español”. Ah. Es del Partido Nacionalista Andaluz, se llama Salvador García, 60 años, pertenece a la comisión de garantías del partido y explica que es la bandera andaluza con el símbolo de la estrella tartésica, un pictograma que eligió como emblema el califato de Córdoba cuando se independizó del de Damasco, y así hasta hoy.

Se emociona al hablar de Tartesos, la primera civilización ibérica, nada menos. ¿Ustedes quieren la independencia de Andalucía? “Por supuesto”. Y la de Cataluña, claro. “Claro, por eso estamos aquí”. Es el segundo año que vienen, invitados por la ANC. ¿Cuántos han venido? Se lo piensa y hace números: “Mmmm… cuatro”.