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CRÓNICA

El público es el mensaje

¿Alguien sabe si Puigdemont estuvo a la altura contestando las quejas de los ciudadanos en el 'Jo Pregunto' del domingo en la televisión?

Puigdemont, este miércoles en el Parlament.
Puigdemont, este miércoles en el Parlament. EFE

Si yo fuera Carles Puigdemont me estaria tirando de los pelos (si yo fuera Carles Puigdemont, tendría pelos. Bonito sueño. Y hasta ahí mis motivos para envidiarle). Estaría desesperado, digo, porque con el speed divulgativo que lleva esta semana, parece sin embargo que lo que más está interesando en los corrillos, debates de la cola del pan, charlas de café y twitter -la charla de café del hiperespacio- no es lo que explica el president sino quién lo escucha. O qué carnet tiene el que le pregunta. Como a ejecutivos de una empresa de marketing, nos obsesiona el perfil de la audiencia, el target. Y en cambio, el discurso pasa de largo sin pena ni gloria. Es aquello tan viejo de “el medio es el mensaje” pero más bestia: hoy el mensaje es el público. Imaginen que vamos a ver La La Land y en lugar del ya encarnizado debate entre “es lo mejor que he visto nunca” y “pues a mí ni fu ni fa”, nos da por discutir sobre si la sala estaba llena, y sobre la cantidad de gente que comía palomitas o que no apagó el móvil a tiempo. Cuando Puigdemont acaba su perorata, no interesa si ha bailado o cantado bien, ni si al final se queda con Emma Stone o en un tugurio tocando jazz (bueno, mejor Let It Be).

¿Alguien sabe si Puigdemont estuvo a la altura contestando las quejas de los ciudadanos en el Jo Pregunto del domingo en la televisión? Nadie. Los indepes no tienen ni idea, porque estaban subiéndose por las paredes al grito indignado de “Pero ¿qué le está pasando a TV3?!” Los comuns, tampoco, porque estaban dando vueltas alrededor del salón-comedor al grito entusiasta de “Pero ¿qué le está pasando a TV3?” Los del PP y los de Ciutadans se lo perdieron porque estaban viendo otro canal.

Y con la conferencia de Bruselas, más de lo mismo. Sólo cuenta contar. Contar el número de personas que escucharon, contar la cantidad de galones de los asistentes, contar los metros cuadrados de la sala, contar cuánta gente de Calafell estuvo escuchando, y contar cuántos niños calafellenses había en el grupo. Para unos, aquello fue un foc de camp en una excursión de kumbayás, y encima, ni siquiera low cost. Para otros, estamos ante el remake de la marcha sobre Washington de Martin Luther King con Puigdemont teniendo un sueño y Romeva y Junqueras reclamando sentarse en la zona de blancos de los autobuses. (De este debate, a mí el que me preocupa de veras es el portavoz de JuntsxSí Jordi Turull, que es periquito y en la sesión parlamentaria no paraba de hablar de Europa; y ya sabemos por experiencia, nosotros los periquitos, que cuando nos da por hablar de Europa, el Espanyol empieza a pinchar sin freno.)

Bueno, para ser justos, los que sí parece que escucharon la conferencia de Puigdemont-Junqueras-Romeva fueron los de la CUP. Ya es lástima, porque precisamente a ellos, todo esto de Bruselas les deja bastante fríos. Y lo del referéndum pactado, helados. Es decir que la única vez que el president escuchó un análisis de alguien que prestó atención a sus palabras, fue para recibir un par de mamporros verbales de Anna Gabriel. Más le habría valido salir corriendo del hemiciclo. Se habría encontrado con un grupo de niños de visita. No sé si entre ellos había alguno de Calafell.