Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

De noche en el cementerio

Vigo organiza visitas guiadas, teatralizadas y en penumbra a la principal necrópolis de la ciudad

Los visitantes contemplan una tumba labrada por el escultor Francisco Asorey para la familia viguesa Gil y Sarabia.
Los visitantes contemplan una tumba labrada por el escultor Francisco Asorey para la familia viguesa Gil y Sarabia.

“Luz de luna, aunque algún día me vaya, no dejes de ser así, la sombra mía que me falta”. En el cementerio de Pereiró, el más grande y monumental de Vigo, no hay farolas que iluminen la noche a los vecinos que lo moran. Los guardas marchan cuando cierra, y el que quiera saltar la tapia con alguna intención prohibida tiene que valerse a oscuras. Un enterrador cuenta que a veces, por la mañana, aparecen "latas de cerveza y bolsas de patatas fritas"; en otras ocasiones, restos de algún "ritual de brujería"; “los cacos", sin embargo, "ya apenas vienen”.

Hoy, un día cualquiera de la semana previa a Difuntos, no habrá sombras furtivas bajo esta luna escuálida porque el Ayuntamiento organiza visitas guiadas que empiezan al atardecer y acaban entrada la noche. No han quedado plazas libres para ninguna jornada. 200 personas, 25 almas cada vez, han querido recorrer a tientas, alumbradas solo por candiles agónicos y alguna pequeña linterna, las rúas pobladas de unos vigueses que, como en la vida, siguen distinguiéndose por habitar pisos apilados o suntuosas mansiones, en calles secundarias o en elegantes avenidas principales.

Una guía ataviada como la marquesa Milagros de Elduayen relata a los visitantes la historia del conservero Bernardo Alfageme. ampliar foto
Una guía ataviada como la marquesa Milagros de Elduayen relata a los visitantes la historia del conservero Bernardo Alfageme.

Los guías son algunos de los ilustres muertos de este cementerio. Concepción Arenal, jurista y escritora, defensora de presos y pobres, abanderada de la causa feminista. María de los Milagros Elduayen y Martínez, marquesa e hija de José Elduayen Gorriti, varias veces ministro y, según reza en su tumba, en posesión de honores tan exóticos como la “medalla de oro con borlas de dragón volante del imperio de Anami” o la “cruz del doble dragón del imperio de China”. También, con su espada envainada y callado como un sepulto sin flores, acompaña el recorrido el más celebrado héroe local, Bernardo González del Valle, Cachamuíña, que lideró al pueblo en la expulsión de los franceses en 1809.

El haz de luz que llevan en la mano va descubriendo en la negrura del jardín fúnebre rincones misteriosos, capiteles corintios, ojivas, templetes neogóticos y modernistas, ángeles, parcas, niños desmoronados, sudarios, alfas y omegas, lechuzas, antorchas de piedra. También los apellidos de los prohombres que hicieron grande la industria local, y epitafios románticos como ese de la luz de luna que ya no dibuja la sombra del que está ahí soterrado, el arquitecto y artista Agustín Pérez Bellas. O el de tres hijas de un empresario del cine que se llevó de un soplo la tuberculosis: “Hubo tres días amargos con tres horas de viento maldito que os arrebataron para siempre. Triste vida la nuestra desde entonces”.

“Yo muero en Vigo en 1880 de un catarro crónico”, cuenta Arenal reencarnada en el cuerpo vivo de una guía, con su moño y su sobrio traje oscuro que va arrastrando por la gravilla de la ciudad de los muertos. Fue enterrada en un camposanto que se desmanteló por razones de salud pública y trasladada a Pereiró después de su inauguración en 1898.

Un grupo acompañado por una guía caracterizada como Concepción Arenal contempla el monumento a los soldados de Cuba y Filipinas. ampliar foto
Un grupo acompañado por una guía caracterizada como Concepción Arenal contempla el monumento a los soldados de Cuba y Filipinas.

El primer sepultado fue Jesús Rodríguez, un niño pobre de 11 años, pero ahora aquí duermen su sueño eterno, en un corredor de panteones que es un escaparate de vanidades, sin mezclarse demasiado con los otros, millonarios benefactores que volvieron de la emigración y grandes conserveros, muchos de origen catalán, que llegaron atraídos por la sardina. También unos 300 fusilados de la Guerra Civil, muertos aquí mismo contra la tapia, e incontables soldados de los frentes de Cuba y Filipinas que arribaban al puerto moribundos o fenecidos. Pintores, músicos, jugadores del Celta, un campeón de España de ciclismo (Manuel Neira) y hasta un esgrimista que se batió con Valle Inclán (Atilio Pontanari).

Prudentemente distanciados el uno del otro, están Humberto Baena, que quizás aún viviría si no se hubiera convertido, con 24 años, en uno de los últimos asesinados por Franco, y Cesáreo González, el millonario productor del régimen que catapultó a Lola Flores y otras celebridades pretéritas. Más allá reposa Isaac Fraga, un magnate de las salas de cine que empezó con un proyector y un caballo y trajo en 1930 la primera película sonora al noroeste de la península. Cerca de él, un amigo de Verne, Antonio Sanjurjo Badía, inventor de la colmena de cristal, para ver trabajar a las abejas; creador de un batiscafo torpedero y varios ingenios más. Al francés lo conoció en una de las visitas de este a Vigo. El motor del vapor Saint Michel, el barco del escritor, se averió y Sanjurjo lo reparó.

Aquí, como en tantas partes, hay genios que un día se apagaron, gente buena y golfos famosos como el Pollo Varela, hijo único de la víctima del crimen de Fuencarral, condenado luego por el asesinato de una prostituta. Recorrer un cementerio es pasear por la historia de un pueblo. El alcalde de Vigo, Abel Caballero, asegura que la idea de las visitas nocturnas y teatralizadas a Pereiró partió de él, como una forma de "difundir su rico patrimonio arquitectónico" y de reencontrar a los vivos "con sus raíces".

Dodge 'Carneiro', uno de los dos ejemplares encargados por el Ayuntamiento en 1937, a la entrada de Pereiró. ampliar foto
Dodge 'Carneiro', uno de los dos ejemplares encargados por el Ayuntamiento en 1937, a la entrada de Pereiró.

Toca a muerto la campana de la capilla, y el Dodge que aquí llaman "Carneiro", un coche mortuorio de 1937 fabricado en madera labrada, negro y barroco, se aproxima entre las hileras de nichos desde la oscuridad más profunda. Trae dentro un ataúd.

Más información