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“¿Quién querría vivir en la estación? Nadie, es imposible”

El agujero que permite llegar al lugar donde empezó el incendio está frente a uno de los últimos asentamientos de Sant Martí

Punto donde se originó el incendió.
Punto donde se originó el incendió.

Latas de cerveza, un somier quemado, algunas prendas de ropa tiradas... El lugar que ayer originó el caos en la red ferroviaria de Cataluña, un pequeño callejón sin salida, escondido en una esquina de una estación de tren que nunca llegó a usarse, tenía señales claras de haber sido visitado. ¿Pero vive gente allí? “¡Nooo! ¿Quién viviría ahí? Nadie, es imposible”, asegura un hombre joven que duerme en uno de los últimos asentamientos del distrito de Sant Martí, en la calle de Pamplona, y que está justo al lado del agujero por el que si alguien se cuela llega hasta la estación donde empezó el fuego. Hay que escurrirse por el boquete en la pared, cruzar la vía del tren, entrar por una puerta rota, y caminar unos 300 metros por los túneles.

El Ayuntamiento calcula que unas 30 personas viven en la nave de manera permanente, y que otras tantas van y vienen durante el día. El asentamiento, con unas cuantas chabolas contra una pared, tapadas con plásticos, y una especie de aparcamiento con furgonetas dentro, aúna a marroquís y subsaharianos. Algunos viven allí, como el joven que no quiere identificarse; otros lo usan como almacén de chatarra y otro material.

El Ayuntamiento tiene educadores en la calle que dibujan el mapa de las personas sin un techo fijo. “En este punto no tenemos constancia de que hubiese gente viviendo”, asegura una portavoz municipal, sobre la estación vacía de tren. Lo que no quita, admite, que pueda entrar y salir gente. “Pero en ningún caso familias con hijos”, señala.

“¿Quién va a querer prender fuego en las vías?”, añade un hombre nigeriano, que lleva un par de horas apoyado en una pared, al sol, con su bicicleta entre las piernas. Él también vive en la nave de la calle de Pamplona. Puede salir y entrar gente, dice, pero nadie se instalaría allí. Como mucho, señala a un hombre mayor que vive bajo un árbol en la Meridiana, justo enfrente del flamante Teatre Nacional de Catalunya. Pero tampoco cree que él lo hiciese.

“Hace dos meses se quemó otro árbol”, cuenta Pilar Conde, de 63 años, una estanquera del barrio de toda la vida, señalando un pino, también junto a la Meridiana. Allí todavía quedan restos de lo que fue una silla, una mesa... “Alguien hacía vida allí”, dice. Pero Pilar es positiva: “Aún pasan pocas cosas para las que podrían pasar”. Solo pide más limpieza, y más control.

División del chabolismo

El Ayuntamiento de Barcelona tiene controladas a 420 personas que viven en asentamientos, o chabolas, en la ciudad, la mayoría en el distrito de Sant Martí. Su situación ha cambiado bastante desde 2013, cuando empezó el desalojo de las grandes naves de las calles de Puigcerdà, Zamora, Badajoz o Paraguay. Ahora ha habido cierta atomización, que ha disgregado a quienes no tiene una residencia fija.

Solo uno de los vecinos, que regenta un bar en el lugar, está convencido de que en la estación del tren vivían personas. “Cada día se cuelan y entran allí”, asegura. Y remite al almacén de comercio chino, junto al agujero por el que se accede a las vías del tren. “¿Gente? Yo solo he visto gatos, muchos”, le desmiente una joven, tras el mostrador. Pero es cierto que quien quiera entrar no encuentra trabas para hacerlo. Pocas horas después del grave incendio que ayer colapsó el transporte en parte de Cataluña, seguía siendo facilísimo. Solo había que querer hacerlo.