LA CRÓNICA

El húsar de Josefina

La relación de la mujer de Bonaparte con el guapo oficial Hippolyte Charles arroja otra perspectiva de la épica napoleónica

'Flirtation' (Flirteo), cuadro de Frédéric Soulacroix.
'Flirtation' (Flirteo), cuadro de Frédéric Soulacroix.

Creía saberlo todo de los húsares hasta que el otro día me enteré con grandes sorpresa y embarazo de que el teniente (luego capitán) Louis Hippolyte Charles plantaba margaritas en el crypsimen –un cultismo que significa exactamente eso que imaginan- de Josefina. La actividad jardinera era solo uno de los pasatiempos eróticos, dignos de Lady Chatterly y su guardabosques, a los que se libraban la ya entonces mujer de Napoleón y su amante el guapo húsar, un verdadero deporte de riesgo si se tiene en cuenta que al marido, héroe de Arcole y futuro emperador de los franceses, le enfurecía notablemente que le llamaran, ni que fuera por lo bajito (!), le géneral cornaparte. Napoleón, por cierto, solía acabar sus inflamadas cartas de entonces a Josefina con un tan sentido como inesperado “J’embrasse ta petite forêt noire”. Y uno que pensaba que la frase más inspirada del corso era “Francia solo admira lo imposible”.

A mí, lector apasionado de toda la vida del Napoleón de Emil Ludwig –en el que uno buscará infructuosamente el crypsimen y el bosquecillo de Josefina-, entusiasta seguidor de los relatos militares tipo La batalla, de Patrick Rambaud; 1812: la trágica marcha de Napoleón sobre Moscú, de Adam Zamoyski, o el que estoy leyendo ahora, el estupendo Waterloo del novelista Bernard Cornwell reciclado en historiador, las aventuras amorosas de la época me traían al pairo. Donde se ponga una buena carga de caballería... Sin embargo, recientemente, visitando en el Hermitage de Amsterdam la formidable exposición Alexander & Napoleon & Josephine (hasta el 8 de noviembre, no se la pierdan), que traza la relación del trío (el zar admiraba al emperador antes de convertirse en enemigos y veló por la emperatriz tras la caída de Bonaparte), mi natural inclinación a los hechos de armas napoleónicos se ha abierto a otros intereses distintos.

De entrada, me cautivó en la exposición el gran despliegue de uniformes, espadas, pistolas y banderas. ¡Si es que tienen el sable que usó el emperador en Marengo, el bastón de mariscal de Davout y la famosa águila del 4º Regimiento de infantería de línea capturada por la caballería de la guardia imperial rusa en Austerlitz! –con el mástil algo torcido, eso sí-. En plena inmersión épica (¡el estandarte de los cosacos de Astracán!), me sorprendí a mí mismo admirando un maravilloso vestido femenino de batista y seda de corte imperio que una vez puesto no debía dejar nada, pero nada, a la imaginación. Sumergido en pensamientos irreproducibles acabé dándome de bruces con un cuadro de Josefina que parecía sonreírme burlona, sin abrir mucho la boca –es sabido que tenía una muy mala dentadura, seguramente de chupar de joven mucha caña de azúcar-.

Bonaparte era de una fogosidad artillera y le encendía aún más la pericia amatoria de su esposa criolla

Marie-Joseph-Rose de Tascher de La Pagerie (1763-1814), nacida en Trois Ilets, en la Martinica, ya era una mujer madura cuando su protector Barras, a la sazón su amante, la puso, fatigado, en brazos del joven Bonaparte. Viuda –del general Alexandre de Beuharnais, guillotinado-, madre de dos hijos y sin fortuna pero célebre por su ardor, Josefina (a la que rebautizó así Napoleón) se casó con el prometedor general corso como un modus vivendi, falsificando su edad cuatro años y decidida a seguir pasando los días de cintura para abajo a su feliz manera. Al principio le halagaron la pasión y los celos de le Petit Cabron, como diría Arturo Pérez-Reverte.

Bonaparte, poco experimentado (de “inepto sexual” le califica el historiador Andrew Roberts), era de una fogosidad artillera, no en balde su arma favorita era el cañón, y le encendía aún más la proverbial pericia amatoria de su veterana esposa criolla, una de cuyas técnicas era la del denominado zigzag (?). Dichas técnicas parecen haber sido en realidad poco necesarias dado que Bonaparte era de ir derecho al objetivo -fueran los prusianos o la selva negra-, y apenas sacada la mano de la pechera ya te la había puesto encima. Es célebre la anécdota de la noche de bodas en la que mientras el general atacaba con todo, el perrito de su mujer, Fortuné, le propinó un traidor mordisco en la retaguardia, lo que provocó tal grito a Napoleón que Josefina pensó, contenta, que su marido venait d’atteindre l’extase.

Un fotograma de 'Los duelistas' que evoca el ambiente de seducción de la época napoleónica.
Un fotograma de 'Los duelistas' que evoca el ambiente de seducción de la época napoleónica.

Pasado un tiempo, estuvo encantada de que su chat botté, como lo llamaba, se marchara a combatir a Italia (se cuenta que le regaló un pequeño anillo de pelos del pubis trenzados para que se lo colocara como un íntimo nomeolvides alrededor del miembro –hoy bastaría con un selfie-, ; y volvió a su rutina de amantes, una larga lista entre la que se contaban, según algunas fuentes, un jardinero, varios ayudas de campo e incluso algunos negros, cosa exótica para la época, y hasta Murat. Consumido entre la gloria y un irrefrenable deseo por su mujer (“elle avait le plus joli petit c… qui fut posible”, le confió un día suspirando al general Bertrand mientras consultaban unos mapas), Bonaparte no paraba de escribirle a Josefina cartas que causan sonrojo y ofrecen una diferente perspectiva del vencedor de Wagram, Marengo y Austerlitz (“te beso los senos y abajo, mucho más abajo”; “vengo mañana, no te laves”).

Cuando el general descubre la infidelidad amenaza con fusilar al oficial

Es mientras Napoleón guerrea en Italia cuando hace su aparición el beu lieutenant Hippolyte (nacido en Romans en 1772), que inmediatamente se convierte en amante de Josefina, seducida por su bonita cara y su carácter encantador y divertido, por no hablar de lo que pone un húsar en uniforme y más si es hábil en acariciar el as de trébol, como se decía entonces. Pese a que todo París conoce el affaire, Josefina no duda en llevarse a Hippolyte a Italia cuando Bonaparte la reclama. El propio Napoleón promueve al chico a capitán del 1º Regimiento de húsares, pero cuando descubre que esta liado con su mujer le acomete un ataque de rabia y amenaza con fusilarlo. Josefina logra apaciguar al general y sigue con Hippolyte mientras Bonaparte marcha a la conquista de Egipto. Cuando le llegan noticias de que la pareja persevera en lo suyo decide divorciarse y solo la promesa suplicante de su mujer de que dejará definitivamente al húsar (de húsar y tirar, y perdonen por el irresistible chiste), le decidirá a no hacerlo.

La historia no tiene ningún final edificante: Hippolyte tuvo una vida muy provechosa, adquirió tierras (parece que con dinero amasado en asuntos turbios) e incluso un castillo, y sobrevivió a las guerras napoleónicas –algo difícil si eras un húsar de corazón- y a los propios Napoleón y Josefina, para morir en 1837 rico y hasta famoso (Balzac se inspiró en él para uno de sus personajes). Despidámosle como hizo su amante: “Adieu, mon Hippolyte, mille baisers brûlants, comme mon coeur, et aussi amoreux…”. ¡Vaya con el húsar!

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