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La maduración de las monedas sociales

Las nuevas formas de intercambio crecen en Cataluña al calor de la crisis

El restaurante Le Bistrot, en Girona, permite el pago con moneda social.
El restaurante Le Bistrot, en Girona, permite el pago con moneda social.

Julia Vilar, que regenta el restaurante Le Bistrot de Girona, se apuntó hace un año a la moneda local Res. “A la gente le gusta. Hay quien viene porque la usamos”, asegura Vilar, de 34 años. El Res —el nombre deriva de la romana res pública (cosa pública)— es una moneda complementaria o social, un medio de cambio diseñado para aumentar el comercio en la zona, municipio o región.

En Cataluña operan 26 de ellas, según la base de datos de Julio Gisbert, experto en monedas sociales. Y aunque algunas son pequeñas redes parecidas a los sistemas de trueque, otras aglutinan a un número cada vez mayor de negocios y particulares. En algunos casos, crecen para ofrecer una salida a los desempleados por la crisis, pero en otros ayudan a promocionar el comercio local.

El Res agrupa en la actualidad a 375 pequeñas empresas, frente a las 202 de finales de 2013. Hoy la usan 3.000 ciudadanos. El valor de las transacciones —un Res equivale a un euro— ha pasado de 624.856 a 1,5 millones de unidades, según Social Currencies Management, que la gestiona. Hoy se puede usar en Girona, Figueres y Olot. La Cooperativa Integral Catalana y sus redes de intercambio suman 8.000 usuarios de la moneda Eco, 2.000 más que el año anterior. De estos, 700 son autoocupados, según Jordi Flores, miembro de la cooperativa. La Turuta de Vilanova (Garraf), por su parte, cuenta con 318 socios, frente a 289 en 2013, según los organizadores de esta moneda social.

El marco normativo es escaso. Andreu Honzawa, coordinador de proyectos de la Social Trade Organisation, una fundación internacional que promueve estas monedas, recomienda tributar el IVA en las transacciones en las que participan empresas. La crisis ha favorecido su crecimiento.

El caso más claro es el de los sistemas de intercambio locales, que funcionan como un circuito cerrado y, por ello, no se pueden cambiar por euros. Sus usuarios las emplean para intercambiar los productos y servicios que necesitan para el día a día. Honzawa explica que “pueden ayudar a las personas a vivir con menos euros”, y facilitan que las empresas mantengan clientes.