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Más pájaros en El Bosco que en el bosque

‘Birdwatching’ en el Museo del Prado para observar aves en los cuadros

'Eólo', De Rubens, Cuadro del Museo del Prado en el que aparecen múltiples variedades de aves.
'Eólo', De Rubens, Cuadro del Museo del Prado en el que aparecen múltiples variedades de aves.

Nos acercamos despacio, no fuera a echarse a volar la cacatúa. Inútil prevención porque el ave jamás volaría: estaba pintada. Es lo que tiene la costumbre de observar pájaros, que te mueves con sigilo, aunque estés en el Museo de Prado.

Efectivamente: éramos un singular grupo de birdwatchers —yo incluso llevaba mi pequeño telescopio y mi guía de campo— consagrados al extraño pasatiempo de buscar aves en los cuadros de la gran pinacoteca. Aves tan misteriosas como los sabrosos francolines que aparecen en varios bodegones (ya no hay en Europa) o el enigmático kiwi que puede verse en El carro del heno de El Bosco y que simplemente es imposible que esté ahí. O como la mencionada cacatúa del lienzo de Francesco Rossi La Virgen, el Niño y dos ángeles o La Sagrada Familia del papagayo; Rossi no sabía diferenciar una cacatúa de un papagayo, que es cosa que ocurre a muchos pretendidos buenos birdwatchers y no voy a hablar aquí de Evelio P., ese consumado fabulador de oropéndolas, aunque me lo pide el cuerpo.

A la lógica pregunta de cómo podía conocer a mediados del siglo XVI el pintor Rossi las cacatúas, que residen en Australasia y mira que está lejos, los especialistas apuntan que probablemente las trajeron a España algunos marinos portugueses o incluso de la flota de Elcano. He dicho especialistas y esos expertos tienen nombre y apellidos: se trata de Joaquín Gómez Cano, Gerardo Orellana y Juan Varela, autores del espléndido libro Las aves en el museo del Prado, editado por Seo/ Bird Life en 2010, que documenta todos los pájaros reproducidos en los cuadros de la pinacoteca y que está en la base de la simpática e insólita experiencia de birdwatching en la misma.

Este lunes tuve el privilegio de participar en una de las salidas ornitológico-pictóricas que guía Gómez Cano por las galerías del Prado. Lo hice después de vivir una intensa jornada en el Congreso Español de Ornitología que se desarrolló en Caixaforum Madrid. Asistí a algunas sesiones y a una comida en la que me explicaron —entre platos— el alucinante caso de un científico que consigue esperma de las águilas haciendo que traten de copular con él (desconozco el procedimiento exacto, pero probablemente es raro y doloroso). Luego en el Prado pensé mucho en ese esforzado individuo, que tiene una entrevista, ante los cuadros del suplicio de Ticio de Tiziano (perdón por la cacofonía) y de José de Ribera —al gigante le devora las entrañas un águila por haber tratado de seducir a una amante de Zeus— o las diversas pinturas del rapto de Ganimedes.

'Birdwatcher' despistado con dos ejemplares de rey loro encima.
'Birdwatcher' despistado con dos ejemplares de rey loro encima.

La ventaja de hacer birdwatching en un museo es que no corres los peligros consustanciales al medio natural. Allá afuera hay insectos, serpientes, arenas movedizas, indígenas hostiles, además de las mil y una pequeñas incomodidades como las ortigas, las zarzas y la climatología adversa. No hay que olvidar que el gran Audubon solía llevar tomahawk. Un caso extremo de los riesgos del birdwatching (y de mala suerte) es el de David Hunt, célebre observador y guía, atacado y muerto por un tigre en 1985 en el Corbett National Park, en el norte de la India, cuando estaba abstraído tratando de fotografiar un pájaro. Yo por si acaso no dejo jamás de estar alerta. Incluso en el Prado que tiene sus propios peligros en forma de celosos vigilantes de sala, capaces de darte un capón si llevado por el instinto tratas de fotografiar los tucanes pechiblancos de El oído de Rubens, por poner un ejemplo.

De los 8.031 cuadros que han revisado los autores del estudio sobre el Prado, aparecen aves en 729 (de 136 especies diferentes). Entre los grandes pintores destacan por pintar muy bien pájaros los Brueghel, Rubens y El Bosco. De hecho es más fácil ver pájaros en El Bosco que en el bosque.

El paseo empezó con la observación de los pájaros más viejos del museo, las águilas explayadas de un fresco de la ermita soriana de san Baudelio. Yo ya me había despistado del grupo atraído por unas alas, pero era un ángel.

Tras recalar en varias salas, la dedicada a El Bosco ofreció grandes observaciones. Como el mencionado kiwi que no debería estar ahí, pues cuando murió el pintor aún faltaba un siglo y medio para el descubrimiento de Nueva Zelanda, su hábitat. La hipótesis es que o El Bosco tenía una máquina del tiempo o pintó un pájaro alucinatorio que por azar resultó exacto al kiwi. Lo curioso de Hieronymus es que igual se inventaba aves estrafalarias que las pintaba con una exactitud que ríete tú de la guía Collins. Apelotonados ante el tríptico de El jardín de las delicias tras pugnar con un grupo de coreanos, nos dedicamos los birdwatchers a identificar pájaros. ¡Y había de todo!: un pito real como el que vi recientemente en mi jardín (¡chúpate esa Evelio!), un espléndido carbonero, un jilguero y un martín pescador sensacionales, una abubilla con la cresta desplegada, un arrendajo con una baya en el pico…. En total unas 60 especies. Lo que hay que andar para ver eso afuera.

El recorrido continuó con observaciones muy productivas en cuadros de Hans Baldung, Cranach el Viejo, Fra Angélico (la paloma de la Anunciación). En la sala de Goya dimos la nota pasando de mamelucos y fusilamientos (si estás a pájaros estás a pájaros) para amontonarnos ante un pavo muerto. Velázquez tiene pocos, así que lo pasamos rápido. Ante la Sagrada Familia del pajarito de Murillo hubo que detenerse: debate sobre si la avecilla que espachurra el Niño Jesús es un jilguero o no. Usé el telescopio pero no está claro.

Gómez Cano nos invitó a descubrir especies en la serie de Los cinco sentidos de Rubens, gran pintor de aves —véan el Eolo que ilustra esta página (la otra foto es un birdwatcher con dos ejemplares de rey loro, no tienen pérdida) y tachen en su lista el picapinos, el martín pescador, el faisán… —.

Los pájaros se amontonaban en mi retina. ¿Era aquello un avefría? ¿Qué hacen Adán y Eva con un guacamayo? “¿Alguien ve la gallina pintada de Guinea en este cuadro de Tiziano?". ¡Señor, yo, señor! La tarde caía en el museo. Estaba empachado de pájaros pintados. Agobiado. Me embargó una tristeza inusitada. En realidad, esas no eran mis aves. Las mías precisan de cielo y no están constreñidas entre marcos dorados y condenadas a una inmovilidad eterna. Mis pájaros son de aire y batir de alas, de trinos, de olor a campo y paisajes en movimiento. En el museo había muchas aves pero todas estaban silenciosas, muertas. Salí de allí como quien huye de un cementerio. Un cielo azul enorme como nunca han pintado ni Tiziano, ni Constable ni el mismo Hiroshige se extendía sobre mi cabeza. Algo fugaz atravesó ante mi mirada. Nunca me había hecho tan feliz ver un gorrión.