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La Barcelona periférica se rinde al 9-N

Colas para votar en los barrios con más inmigración de la capital catalana

Urna electoral en un instituto de Terrassa.
Urna electoral en un instituto de Terrassa.

Una llovizna pesada arreciaba en Barcelona a mediodía de ayer. Mientras el centro de la ciudad continuaba con su vorágine turística de paraguas apelotonados a los pies de La Pedrera y extranjeros paseando por las Ramblas, en el popular distrito de Nou Barris, en lo alto de la ciudad, Modesto Colomo, de 76 años, apuraba el paso cruzando la plaza Virrei Amat a toda prisa, mientras empujaba con fuerza la silla de ruedas de su mujer, Ángela. “Votaremos porque queremos el bien para Cataluña. Esto no valdrá de nada pero tenemos derecho al pataleo”, decía el anciano, andaluz emigrado a Barcelona en 1948.

A las puertas de su colegio, más de una veintena de personas hacían cola para votar. Justo detrás de Modesto y Ángela, la leonesa Felicia Riñors recordaba que, en sus 50 años viviendo en Barcelona, había visto “muchas injusticias”. “A Cataluña le han hecho muchas marranadas, si no no querrían irse de España”, concluía.

En el colegio Calderón de la Barca del barrio de Verdum, las colas doblaban la esquina de la calle. El coordinador de los voluntarios, Xavier Meseguer, reconocía que no se esperaban tanta afluencia: “Nos habían avisado de que no vendrían muchas personas porque este es un barrio con mucha inmigración y gente mayor, pero ha sido todo lo contrario. No hemos parado”. En la cola, Carmen, “de Barcelona de toda la vida” y su pareja Pedro, de origen cubano, esperaban ansiosos. “Yo esto lo mamé desde niña, no viene de hace tres años ni es cosa de Artur Mas. Llevamos mucho tiempo esperándolo”, apuntaba la mujer. Pedro, más prudente, reconocía no saber mucho del proceso pero advertía: “Algo estará pasando en Cataluña cuando existe una capacidad de convocatoria así”.

La directora de un instituto de l'Hospitalet se negó a abrir el centro

En otro de los centros de la periferia de Barcelona, en el humilde barrio del Besòs, la paquistaní Safie se acercaba al colegio de la mano de sus hijos. Lleva tres años en la ciudad: “Yo solo conozco Cataluña. Quizás el resto de España también está bien, pero yo quiero lo mejor para los de aquí y la independencia es positiva”. A pocos metros del colegio, Xosé, Herminio y Jesús, gallegos emigrados en los 70, no querían votar: “Esto no va a acabar bien. No nos podemos saltar la ley y como esto siga adelante, pasaremos hambre”, alertaba Xosé.

Al otro lado de la ciudad, en el barrio de Torrassa de L'Hospitalet de Llobregat, también la multitud sorprendía a los voluntarios. Pese a que la organización tuvo que trasladar el punto de participación del IES de Pedraforca en el barrio de La Florida al colegio Sant Jaume —a 15 minutos de distancia a pie— porque la directora del Pedraforca se negó a dar las llaves, más de un millar de personas habían votado a mediodía. “Seguramente por el cambio, habrá gente más mayor que no venga, pero están saliendo voluntarios espontáneos que se ofrecen a trasladarlos hasta aquí en coche”, explica el coordinador del Sant Jaume. Detrás de él, una madre y una hija, que prefirieron no dar su nombre, contaban que votarían no. “Que cada uno vote lo que quiera, pero que vote”, manifestaban. Por su parte, las peruanas Erika y Yelka se sorprendían de que el colegio estuviese abierto. “Están desobedeciendo la ley”, decían, y no irían a votar.

Mientras la periferia de Barcelona sorprendía formando colas a las puertas de los colegios, el centro turístico hacía las suyas propias, las de siempre, ante los monumentos más emblemáticos, ajenos a urnas y consultas. “No teníamos ni idea de que hoy los catalanes votaban nada. En Suecia no se habla de esto”, apuntaba el sueco Carl Karlson mientras se afanaba por buscar La Pedrera en su mapa de papel. Paseo de Gràcia abajo, Jaime Nosti y su pareja Pilar Moreno, ambos mexicanos, temían que hubiese disturbios. “Aunque en México no se habla mucho de esto, sí sabíamos que hoy se votaba y aquí hay mucha propaganda también. Teníamos miedo cómo irían las cosas pero está todo muy tranquilo”, explicaba Pilar.

En la plaza de Catalunya, el francés Enmanuele, apuntaba: “Manifestarse es fácil pero el movimiento catalán lo tendrá complicado porque no está legitimado por el Gobierno central”.

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