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OPINIÓN

Modelo Boi Ruiz

El consejero de Salud tiene la fe del converso en su modelo sanitario; pretende catequizar Cataluña con el lema ‘menos es más’

Si el consejero Boi Ruiz fuera el encargado de capitanear el futuro ejército catalán, el que proponía la sectorial de defensa de la Assemblea Nacional Catalana, los 2.000 soldados de la armada podrían verse reducidos a una partida carlista como la del sacerdote Benet Tristany o de sus sobrinos Rafael y Miquel. Y lo peor de todo ello es que trataría de convencer a los ciudadanos de que tiene el mismo calado una operación contra los piratas somalíes en el Índico que una acción militar contra los liberales en la Cataluña central.

Las explicaciones que está dando el consejero desde que se hizo cargo de la cartera de Salud en 2011 son matizables o simple y llanamente resultan desmentidas por los hechos. Porque no todo sigue igual u “optimizado” si desde 2010 la sanidad ha visto laminado su presupuesto en 1.500 millones de euros. La inversión per cápita desde que CiU volvió al poder en 2011 ha descendido en más de 200 euros. Se desvían a centros privados intervenciones que se hacían los hospitales públicos, como un alarde de buena gestión, huyendo de las odiosas -según los neoliberales- burocracias estériles. Desde el puente de mando se experimenta con el troceamiento de la sanidad pública para que la privada brille en todo su esplendor. Y de puertas adentro impera el más rancio centralismo democrático. Quien se atreve a disentir públicamente, es cambiado de destino y relevado de sus responsabilidades. O, siguiendo el exitoso modelo chino, se vela por la moral de la tropa médica vetando desde un complejo sanitario barcelonés -es el caso del Hospital del Mar- el acceso a la web de este diario.

El jefe de urgencias del hospital de la Vall d'Hebron, Xavier Jiménez, ha sido conveniente “reubicado” hace unos días después de denunciar que su servicio estaba colapsado ante la imposibilidad de hacer pasar a sala a los enfermos. Lo que para la gerencia de Vall d'Hebron es un cambio en el organigrama, preparado desde hacía mucho tiempo, para el colectivo de trabajadores del hospital de referencia del ICS ha sido una destitución en toda regla. Pero claro, argumentan algunos de los cerebros de la reestructuración sanitaria catalana (y no es una broma), los médicos, enfermeras, y usuarios que se quejan y manifiestan o no saben por qué lo hacen o, si lo hacen, es movidos por puro corporativismo. Los cinco días que algunos enfermos de Vall d'Hebron han pasado recientemente en urgencias sin acceder a planta de hospitalización son atribuibles, debe pensar Boi Ruiz, a que los médicos de los servicios respectivos se resisten a dar altas.

El consejero de Salud, hay que reconocerlo, tiene la fe del converso en su modelo sanitario. Pretende catequizar Cataluña con el lema menos es más. ¿O es simplemente habilidad maquilladora? Sea la que sea de estas dos fuerzas la que mueve el alma de Boi Ruiz, el consejero muestra gran aplomo cuando afirma sin pestañear que no pasa nada por cerrar en verano, concretamente en el pico de agosto, 3.100 camas de hospitales públicos y concertados. Es una tradición a la que ahora se le da más valor por la psicosis de recortes, afirman desde el departamento. Pero sea o no una moda pasajera, lo que sí es una constante de los últimos años es que en cada colada veraniega se pierden camas de forma definitiva. Más de un millar han desaparecido de forma permanente en Cataluña desde 2010. Pero Boi Ruiz reitera una y otra vez que las camas no han desaparecido, siguen ahí en stand by y quien necesite ser hospitalizado lo será. “No elevemos los hechos singulares a categoría”, ha sentenciado respecto a la saturación existente en algunas urgencias por la imposibilidad de ofrecer camas. Mantener abiertas tantas plazas es un atraso, porque la moderna la sanidad catalana es un gigante que gracias a las nuevas tecnologías no nota los ajustes presupuestarios y es capaz de dar respuesta eficaz a todas las necesidades. Uno de los grandes avances es la cirugía mayor ambulatoria. Gracias a ella, cada uno puede estar en su propia cama a las pocas horas de ser operado. ¿Para qué buscar camas ajenas teniendo la propia? Así, con ese planteamiento, se introducen los recortes sin que se note el cuidado.

Para completar el ejercicio de finezza en el matiz, una recomendación veraniega: no hay que perderse la exposición Menús de guerra. Cuines d'avantguarda i supervivència que hasta el 28 de septiembre está instalada en el Museu d'Història de Catalunya. Allí existe la posibilidad de admirar la imaginación al servicio de la escasez. El gran Ignasi Domènech, a quien Manolo Vázquez Montalbán calificó del Menéndez y Pelayo de la literatura culinaria española, recoge en su libro Cocina de recursos sus experiencias en la Barcelona de la Guerra Civil. Resulta fascinante su tortilla de patatas de guerra: sin huevo ni patatas. El tubérculo se suple con la parte blanca de la piel de la naranja convenientemente dejada secar y el huevo pasa a ser relevado por una mezcla de harina, bicarbonato y agua. La claridad es absoluta. Se llama a los sucedáneos por su nombre. Solo se trata de engañar al estómago.