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Tensión no es crispación

Catalanes contrarios a la independencia niegan que exista confrontación social, pero advierten de que el debate puede acabar en intimidación

Concentración independentista el pasado octubre en Barcelona.
Concentración independentista el pasado octubre en Barcelona.

“Con la familia que tienes no sé cómo puedes pensar así”, le espetó una paseante al periodista Javier Sardà mientras éste firmaba ejemplares de su libro Sí-Sí o Sí-Noel pasado 23 de abril, día de Sant Jordi en Barcelona. Por “pensar así” se entiende la defensa que Sardà hace en el libro de un cambio en las relaciones entre Cataluña y el resto de España pero evitando la ruptura y dentro de un marco federal. Sardà admite que quedó descolocado: “No sé si debo cambiar de familia o de pensamiento”, bromea.

Para el periodista catalán el encontronazo con esa ciudadana anónima no deja de ser “una anécdota sin importancia”, pero entre los sectores que en Cataluña se desmarcan del independentismo estos episodios generan disparidad de sentimientos. Mientras unos lo ven como una consecuencia lógica de ir a contracorriente en un momento de gran efervescencia soberanista, otros lo consideran una verdadera amenaza para el pluralismo político. Seis de estas personas con perfil público —académicos, periodistas y empresarios— explican su punto de vista a EL PAÍS. Todos coinciden en que no ven en la calle la “crispación” a la que el líder del PSC, Pere Navarro, atribuyó la agresión que sufrió hace una semana.

La socióloga Marina Subirats llama a no confundir términos. “Hay que distinguir entre crispación real y lo que aparece en los medios, pues normalmente las mayores tensiones no son las que más afloran”, afirma. Lo dice con relación a la crisis económica, cuyas consecuencias, cree, se reflejan menos de lo que se está haciendo con el debate catalán: “Lo que produce una gran angustia es la pobreza real, la pérdida de becas, el miedo a perderlo todo y la falta de una dirección política clara”. En su opinión, una parte importante de catalanes, entre ellos muchos jóvenes, han decidido hacer frente a esta situación apostando por la vía independentista. “La gente se ha fabricado su propio bote salvavidas”, sostiene.

Victòria Camps, catedrática de Ética de la Universidad Autónoma de Barcelona, todavía abre más el foco de todo lo que está generando tensión en la sociedad catalana. Y muchos de los motivos, afirma, son compartidos en buena parte de Europa: “Las causas son la crisis, el desprestigio de la política, la falta de credibilidad de los líderes. Más que crispación, hay mucha gente enfadada porque solo se habla de un tema”.

La diseñadora Paloma Santaolalla ve la situación “a años luz” de Euskadi

Lo que incluso buena parte del soberanismo admite es que la tensión política en Cataluña se encuentra en cotas máximas. Algunos, pocos, lo comparan con el debate sobre el referéndum de la OTAN de 1986, en el que en Cataluña se impuso el “no”. El catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona Francesc Granell, partidario entonces de mantenerse en la OTAN y detractor ahora de la independencia, vive los dos episodios de manera muy diferente. “Entonces todo mi entorno estaba a favor de quedarnos en la OTAN, ahora es otra cosa”, dice, al tiempo que admite sentirse “en minoría”.

Sardà también marca distancias con la gran tensión política que hubo en España en los últimos años de los Gobiernos de José María Aznar, singularmente con la guerra de Irak. “En aquella época fui muy crítico siempre que lo creí oportuno, y acabé llevando escolta durante tres años”, dice marcando distancias con la situación actual. Esto no quita, insiste, la incomodidad de la actual situación: “En Madrid me llaman catalán de mierda y en Barcelona resulta que soy un españolista”.

Más crítico se muestra el catedrático de Filosofía y cara visible de la plataforma Federalistas de Izquierda, Manuel Cruz. “El proceso soberanista tiene una fuerte presencia en la calle, algo que genera euforia en las filas independentistas pero provoca casi intimidación en los que no lo son”, remarca. Cruz lamenta que en el caso de la agresión a Pere Navarro el “oficialismo” haya rechazado cualquier relación de este episodio con el proceso soberanista. “Insisten en que el movimiento es alegre y tolerante, pero esto no quita que algunos puedan sentirse intimidados. Es algo que no puede negarse sin más”, apunta.

De momento lo que sí parece muy lejos es cualquier paralelismo con el País Vasco. Pese a algunos intentos de vincular ambos procesos políticos por parte de sectores radicales de ambos bandos, muy pocos ven relación alguna. La empresaria y diseñadora de moda Paloma Santaolalla, afincada en Barcelona tras vivir muchos años en Euskadi, confiesa que el debate soberanista le incomoda por la división que puede generar en familias y amigos. “Es un debate que personalmente me agobia”, dice. Con todo, marca distancias entre Cataluña y el País Vasco. “Las dos situaciones están a años luz, por la ausencia de violencia pero también por otras cosas. No les veo relación alguna”.

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