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opinión

Palabras calculadas

No se puede llamar “ambiguo” a lo que es ignominioso, ni “desacertado" a lo infame

El juez del Tribunal de Justicia del País Vasco que ha archivado la denuncia contra el dirigente abertzaleHasier Arraiz por enaltecimiento del terrorismo ha calculado tanto el alcance de sus palabras como lo hizo el propio Arraiz cuando pronunció las suyas en el homenaje a los asesinados Brouard y Muguruza, que empujó a los quisquillosos de la asociación Dignidad y Justicia a denunciarle. Hubiera sido más razonable que el juez Iriarte hubiera dictado el sobreseimiento sin aportar explicación ninguna. Lo cierto es que a Hasier Arraiz se le han acabado los agobios, pero la sociedad vasca no puede encontrar en el texto que recoge la noticia nada más que ambigüedades.

Hasier Arraiz dijo en aquel homenaje que “hace 35 años (tiempo pasado desde los asesinatos) la izquierda abertzale hizo una elección que consideramos acertada. No participamos en un juego que no tenía nada de democrático… No estamos dispuestos a rechazar ni a revisar nada de aquello; es más reivindicamos, con todos nuestros errores, lo que fuimos y lo que somos, lo que hemos hecho y lo que hacemos”. Con ser éstas unas palabras miserables, teniendo en cuenta lo ocurrido durante los 35 años transcurridos, llevar esto a los tribunales era un exceso. Sin embargo, el veredicto resulta muy poco edificante, porque lo dicho por Arraiz no es, como ha dicho el juez, “ambiguo y desacertado”.

Ni resulta de recibo que sea el auto del tribunal el que intente poner paños calientes advirtiendo que Arraiz “es presidente de un partido legal cuyos estatutos excluyen el uso de la violencia para la obtención de fines políticos”. Es curioso que el mismo juez diga que las palabras de Arraiz “en ningún caso incitan a la comisión de actividades terroristas aunque presenten dudas respecto a su intención”. Al fin el juez parece lleno de dudas, por lo que aplica el principio “in dubio pro reo”. Y justifica al autor de las palabras con afirmaciones como que fuero dichas “a bote pronto”, poco elaboradas y pensadas, que fueron dichas “sin la debida meditación”, lo que excluye que pueda suponer un delito doloso “en el que solo cabe incurrir de forma voluntaria”. No es extraño, pues, que la dirección de Sortu se haya empavonado y haya hablado de forma gratuita de “ataque a la libertad de expresión”.

El tema no da mucho más de sí, pero debe servir para recalar en la endeblez de las afirmaciones contenidas en la sentencia, al menos, de las que han trascendido a los medios de comunicación. Porque las palabras de Arraiz, que tienen su razón en cuanto aconteció en la década de los setenta del siglo anterior, en un tiempo en que las características de ETA y de la izquierda abertzale eran unas concretas, bien poco tienen que ver con lo acontecido en los 35 años pasados desde entonces, después de que la democracia se implantase e, incluso, desarrollase medidas de gracia y amnistías que debían haber llevado al desistimiento de los terroristas y de los cómplices violentos. Cuando Arraiz reivindicó todo lo ocurrido también estaba reivindicando como bueno el secuestro durante un año de Ortega Lara, o el asesinato brutal de Miguel Ángel Blanco, o el atentado de Hipercor, o los muchos cientos de asesinatos que acontecieron desde entonces.

Es por esto que las explicaciones aportadas por el juez para justificar el sobreseimiento me parecen, no ya un error, sino una osadía. No se puede llamar “ambiguo” a lo que es ignominioso, ni “desacertado” a lo que es infame. No se pueden considerar “desafortunadas” unas palabras que agreden tan violentamente a las víctimas y a todos los ciudadanos de buena voluntad. Y sobre todo, no se puede admitir como atenuante el hecho de que el líder abertzale se pronunciara “sin la debida meditación”.

En realidad estamos ante la farsa de las palabras calculadas. Calculó los riesgos de sus palabras Hasier Arraiz cuando habló como un lenguaraz, y los ha calculado el juez para fundamentar esa duda que le ha embargado, y le ha llevado a usar el fatuo principio (en este caso) del “in dubio pro reo”. ¡Curioso reo, este Hasier Arraiz!