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OPINIÓN

En primer lugar, la educación

Todos los ámbitos educativos están desamparados, van mal, son pasto de malas noticias

Era el sábado 22. Sobre las ocho de la tarde seguía por EL PAÍS TV el acto convocado por las marchas de la Dignidad en la plaza de Colón de Madrid. De pronto, me vi trasladado a una escena de Los Miserables. En el improvisado escenario un numeroso coro entonaba el Canto a la libertad de Labordeta, acompañado por gentes sencillas que habían acudido allí para reclamar una vida digna y razones para la esperanza. En tanto, las cámaras enfocaron a la policía que, provocada por unos violentos, invadía la plaza. Empezaron los golpes, el espacio se llenó de humo; todo parecía devolvernos a los tiempos oscuros del pasado. Entonces me sentí impelido a releer el texto de Josep Torrent titulado El doble frente de Ximo Puig que había ojeado hacía una semana, donde afirmaba que “los valencianos necesitan ilusión, pero más aún respuestas concretas a problemas reales”. Pensé sobre qué problemas urgían y qué respuestas darles, como contribución a la política progresista con la que me identifico.

En primer lugar, la educación. Nada hay tan deteriorado en el desolador panorama de nuestro país. Todos los ámbitos educativos están desamparados, van mal, son pasto de malas noticias. Desesperanza y lamento comparten las voces que se alzan para denunciarlo. Lo dicen los rectores de sus universidades. Lo denuncian numerosos colectivos, desde Escola Valenciana hasta la Federación de Madres y Padres de alumnos. También lo hacen simples ciudadanos, y los estudiantes salen a la calle para proclamarlo; lo hicieron miles de alumnos del Instituto Lluís Vives de Valencia. ¿Son simples impresiones subjetivas?

También hay informes y valoraciones internacionales que prueban que los asuntos educativos van mal. Solo dos citas, aunque hay muchas más. Según un estudio del Gabinete de Análisis Demoscópico, si se proyectan los datos de los alumnos valencianos en los correspondientes del Informe Pisa, que mide los conocimientos de los adolescentes al finalizar la enseñanza obligatoria, la comparación les resulta desfavorable. Sitúa a los estudiantes de ESO de 15-16 años en una posición poco airosa entre las comunidades autónomas españolas, en 12º lugar, y valora insatisfactoria su comprensión lectora, 14 puntos por debajo de la media de la OCDE. Peor es el otro dato: el fracaso escolar alcanza al 37% de los alumnos de primer ciclo de ESO (aumentó 11,6 puntos desde el año 2000).

Los malos datos anteriores son consecuencia de políticas malas. Todos los males pueden resumirse en el gasto por alumno. Muy bajo, 5.175 euros que sitúan a la valenciana como la 11ª de las comunidades en 2009, cuando cinco años antes era la novena. A pesar de que los centros públicos son algo más de dos tercios del total, la preferencia en las políticas del Gobierno valenciano por los intereses privados se plasma en que se han abierto 230 centros públicos y 404 concertados en los 11 últimos años. Un Gobierno que, según denuncia Escola Valenciana, pretende en el próximo curso eliminar 187 aulas de educación infantil y 151 líneas en valenciano. Al mismo tiempo, los presupuestos universitarios se han reducido el 12% durante el último lustro, de 1.166 millones de euros en 2009 a los actuales 1.022.

Esas malas políticas reflejan la ideología subyacente, ajenas a cualquier voluntad integradora o consensos vertebradores de la sociedad valenciana. Del poco aprecio por lo público son pruebas los 20.000 alumnos no universitarios que este curso siguen estudiando en 800 barracones, el recorte de 1486 plazas de docentes no universitarios interinos, la reducción de alumnos becarios en los campus universitarios (tan solo en la Jaume I, 2.995 estudiantes se han quedado sin la beca solicitada), un aumento desproporcionado de la oferta privada que algún rector ha calificado de “burbuja universitaria”, etcétera.

¿Cómo actuar para corregir la degradación de la educación valenciana, que resumen los hechos y cifras anteriores? Algunas ideas al respecto. Desarrollo de un plan de recuperación de los resultados que recoge el Informe PISA cada tres años, de modo que en 2018 o en 2021, a lo sumo, se alcancen los valores medios de la OCDE. Eliminación de todos los barracones en la próxima legislatura y sustitución por nuevas construcciones. Recuperación del valor y el predominio de la educación pública, con un reflejo presupuestario. Crecimiento del gasto por alumno hasta alcanzar el valor medio de España en las dos próximas legislaturas. Implantación de un sistema de compensación para atender a los alumnos que se han quedado sin ayudas para sus estudios, en especial para aquellos que se han vistos obligados a abandonar sus estudios por esa causa. Elaboración conjunta con las universidades de una estrategia de trabajo en red de los campus, dedicada al desarrollo de ofertas académicas de estudios avanzados, postgrados o doctorados, con proyección internacional, que estimulen programas científicos compartidos y revitalicen el espíritu de los campus de excelencia. No solo son tareas para los futuros gobernantes, las instituciones educativas y los colectivos sociales también serán responsables de hacerlas viables.

Virgilio en el Libro V de La Eneida decía: “Possum quia posse videntur”, es decir, que “pueden los que creen que pueden”. Jasón y los suyos creyeron que podían y, sin ser navegantes, regresaron con el vellocino de oro. También los valencianos podemos, si queremos. Así que manos a la obra.

Francesc Michavila es rector honorario de la Universitat JaumeI, catedrático de Matemática Aplicada y director de la Cátedra Unesco de Gestión y Política Universitaria de la Universidad Politécnica de Madrid