Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

El colapso

El Régimen sufre un colapso que le hace incapaz de saber lo que pasa y de modular un discurso sobre lo que pasa

El pasado mes de septiembre, en Buenos Aires, la candidatura olímpica de Madrid se fue al garete, algo común en ese tipo de negocios. Lo que confirió dimensión propia/Marca España al asunto, fueron dos hechos no deseados, supongo, por los promotores de la candidatura desplazados al evento. A saber: a) tanto el Ayuntamiento de Madrid como la Casa Real ignoraban absolutamente que iban a ser eliminados, algo que sabía la prensa internacional especializada, que ya había comunicado ese dato y su razón: la tolerancia local ante las sustancia dopantes. Y, b), tras la derrota, tanto el Ayuntamiento como la Casa Real, seriamente copados, no fueron capaces de elaborar ningún discurso público.

Tanto el Ayuntamiento de Madrid como la Casa Real ignoraban absolutamente que iban a ser eliminados, algo que sabía la prensa internacional especializada

Los puntos a) y b) son dramáticos. El punto a) indica que nadie, en las dos instituciones aludidas, tenía acceso a más información que, socorro, la creada por ellos mismos. El punto b) señala que ninguna de las dos instituciones implicadas poseía un discurso capaz de integrar, glups, cualquier otro tipo de información. Las dos instituciones, vamos, patentaban un colapso de inteligencia y de discurso.

El colapso escenificado en Buenos Aires es, posiblemente, una metáfora de lo que está pasando. Está pasando la Kakania de Musil. Está pasando —incapacidad para saber lo que pasa y para poder modular, a través de la comunicación, un discurso sobre lo que pasa—, lo que, recuerden, marcó el destino de la Estrella de la Muerte. Y eso, que siempre es un espectáculo, lo es más aun en un Estado cuyos últimos 35 años han consistido en la vertebración de la cultura más vertical del continente, con fenómenos culturales inexportables, que facilitaron que los gobiernos, verticalmente y con éxito, modularan la información sobre días concretos —exemplum: el 23F o el 11M—, en lo que es un indicio de que modularon, con cierto relajo, la cosmovisión en los días cotidianos.

Esta capacidad propagandística, que suplía la inteligencia, pero que facilitaba un discurso inapelable, desapareció en 2011. El hecho de que el Régimen —es decir, no sólo el poder, sino el grueso de los partidos, las instituciones y un periodismo que ya no puede frenar su dinámica antigua—, no pueda hoy emitir declaraciones o leyes sin que sean sometidas a sospecha, somete a sospecha al propio Régimen. Y eso tiene consecuencias. Dice Chomsky que "un buen sistema propagandístico no anuncia sus principios ni sus intenciones", de lo que se desprende que un sistema propagandístico colapsado comunica con facilidad su intimidad.

Así, el Régimen ha acabado dibujado, con su propia mano, un sistema de recompensas, de venta de políticas y de extracción de recursos económicos que, desde 2008, ha creado las leyes necesarias para que la banca, el alto empresariado y los políticos que no rechacen integrarse en su casta profesional, queden a salvo de una crisis descomunal, rescatada por la sociedad, que ha supuesto el fin del Bienestar —la forma de Democracia en Europa—, y una reforma constitucional encubierta.

Por lo demás, y más allá de una defensa torpe de sí mismo que, en ausencia de una propaganda efectiva, ya no puede formular sin escandalizar al oyente, el Régimen está colapsado. En ese sentido, les invito a observar la política local, no cómo política, sino como colapso. Como incapacidad de ver lo que que pasa y de exhibir algún tipo de discurso.

El proceso catalán de CiU y ERC es colapso, es una actividad teatral de otro gobierno cuya única actividad real es el pago de deuda

El PSOE está colapsado. Apenas emite. Las nuevas derechas —C's, UPyD, Vox—, están colapsadas, en tanto su discurso, centrado también en una Constitución colapsada, que ya no existe, no es real. Rajoy, en una pantalla de plasma, es el colpaso. Sus silencios ante el proceso catalán no se diferencian en nada de su silencio absoluto, dilatado, colapsado, ante la realidad.

El proceso catalán de CiU y ERC es colapso, es una actividad teatral de otro gobierno cuya única actividad real es el pago de deuda. En tanto que verbalización, ese proceso es contradicción. La última: el Govern acaba de emitir un documento —tal vez, el primero interesante— en el que establece que la Generalitat no emana de la Constitución. Sin embargo, el próximo mes se inicia el juicio por lo del bloqueo al Parlament. Se podría haber realizado en Barcelona, pero el Parlament ha optado hacerlo en la Audiencia, Madrid, para endurecer las penas, si bien esa opción significa reconocer que las instituciones catalanas son parte constituyente del Estado.

La Monarquía está colapsada, y su defensa en el caso Nóos sólo aumenta la contradicción con su propaganda. La Ley del Aborto, tal vez un intento de colapsar a la sociedad, de encresparla, no ha producido una división social, sino entre un PP colapsado, que ya sólo puede salvar del colapso a su grupo parlamentario.

El Régimen está colapsado. Su reformulación parece que no vendrá en esta ocasión del mismo Régimen, sino de una sociedad que, desde 2011, tiene más información, formación y mayor capacidad lingüística que sus gobiernos. Y que aún no posee mecanismos de acceso al poder. No los hay. Los partidos actuales, colapsados, son el Régimen. La cosa va, por tanto, para largo. Y más si se piensa que el Estado, por aquí abajo, puede vivir colapsado por siglos.