Opinión
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A la deriva

Basta con que el presidente del Gobierno te eche unas flores para que te caigan como mínimo siete años y un día

La política está cambiando mucho últimamente. Antes cualquier dirigente de tercera regional aspiraba a salir en la foto al lado del jefe, sacando las plumas. Ahora ocurre todo lo contrario. En el Partido Popular hay auténticas peleas por pasar desapercibido, si el presidente del Gobierno te nombra públicamente para echarte un capote, estás acabado. El mayor terror de cualquier diputado, alcalde o concejal del PP es que Rajoy le ponga la mano en el hombro y lo mencione como modelo de ciudadano y político ejemplar, igual que hizo con el expresidente de la Diputación de Castellón Carlos Fabra, que de momento está condenado a cuatro años de cárcel. A Bárcenas también le alabó la honestidad y el tipo hoy duerme a la sombra por varios delitos de fraude fiscal y blanqueo de capitales. Otro tanto le ocurrió a Jaume Matas, que era un dechado de virtudes y está condenado por corrupción o a Francisco Camps, que ya conocen la historia. Basta con que el presidente del Gobierno te eche unas flores para que te caigan como mínimo siete años y un día. No me extraña que en las filas del partido todo el mundo ande con la cabeza escondida bajo el ala por si acaso. No es que Rajoy sea gafe, es que tiene mala suerte.

Los ministros le salen rana. Cuando parecía que las cosas se iban encauzando económicamente (para las grandes empresas quiero decir) y Botín andaba más contento que unas pascuas, va Wert y sale con aquello de españolizar a los niños catalanes y le monta un casus belli en plena Vía Apia, hoy autopista A-7, que es desde los romanos la entrada natural en Cataluña. Un militar español de la escuela de Milans del Bosch dijo que si Cataluña se independizaba, irían a reconquistarla con los tanques, y los catalanes, que son muy dados a reírse de sí mismos, dibujaron en una viñeta a los carros de combate pagando peaje antes de bombardear Barcelona.

Hay que reconocer que en este país nadie ha hecho más por el secesionismo catalán que el Partido Popular. Ni Artur Mas, ni Esquerra Republicana, ni el mismísimo Prat de la Riba consiguieron la mitad de logros en dos siglos de Historia desde la Renaixença que Rajoy en solo dos años de legislatura. La guinda del pastel fue el recurso de inconstitucionalidad por un artículo del Estatuto igualito al que disfrutan otras comunidades autónomas más simpáticas como la valenciana, por ejemplo. Ante semejante muestra de equidad del Tribunal Constitucional, hasta a mí me dan ganas de entrar en las discotecas bailando la sardana.

Lo de Gallardón es punto y aparte. Toda Europa se echó las manos a la cabeza con la nueva ley considerándola una aberración impropia de un Estado de derecho. El presidente podía haber actuado con serenidad llamando a capítulo a su ministro portavoz del episcopado católico, pero temía que se le fuera el voto integrista y tridentino y prefirió sacrificar la salud de miles de mujeres en situación desesperada. Calculó mal porque al fin y al cabo ser mujer no es una cuestión de ideología sino de naturaleza. La ley Gallardón ha provocado más fugas en las filas del PP que el iceberg del Titánic. Solo en Valencia se han registrado deserciones en cadena en más de una docena de municipios. En Oliva los seis concejales del Partido Popular en pleno exigieron la retirada inmediata del texto de Gallardón.

Rajoy podía haber jugado como presidente la carta del sentido común del que tanto le gusta alardear, pero es de esas personas que no tiene instinto meteorológico. Cuando decide salir a la calle con paraguas de repente luce el sol y cuando sopla un frío siberiano que hace temblar a los pingüinos a él se le ocurre sacar el abanico. No lo hace a propósito. Es su manera de ser. A veces me pregunto si de veras somos conscientes de en qué manos estamos. En serio.

 

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