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OPINIÓN

Todo vuelve, también la ‘dictablanda’

La ‘ley Fernández’ hace buena la proposición de Swift para terminar con el hambre: comerse a los niños

Vuelven las cajas de resistencia para huelgas, el Gran Recapte da cuenta de la hambruna ciudadana y las nuevas normas policiales dan el sesgo definitivo al duro invierno: cualquiera diría que estamos en la posguerra civil. Matices, claro, hay que matizar. Decir dictadura es estridente, se imponen los matices, pero también es preciso nombrar los matices que la recuerdan. Pongamos, puestos a afinar, que caminamos hacia la dictablanda.

Las leyes laborales han cambiado y los sindicatos digamos que son plurales, pero hacer huelga hoy no es tan distinto de hace 40 años en lo esencial para que la protesta sea útil: hay que alimentar con dinero las cajas de resistencia. Si entonces podías perder el trabajo por hacer huelga, hoy la huelga te la tienes que pagar con tu salario (cada vez más menguante). Así los docentes baleares o los trabajadores de Panrico. Pagas el derecho a huelga con tu salario.

Si protestas en la calle o en un acto público o no tienes permiso para manifestarte te va a caer una multa de cuidado (la prisión no, todavía no). Copio de la ley Fernández: “Perturbación muy grave del orden en actos públicos, deportivos, culturales, espectáculos u oficios religiosos”, multas que pueden ir de los 30.000 a los 600.000 euros. Y ¿qué se puede llegar a considerar muy grave? En este apartado, las pancartas contra la Monarquía, o no digamos ya la Constitución, ¿qué son? ¿Muy graves, graves (de 1.000 a 30.000 euros) o leves (de 100 a 1.000 euros)?

Los irlandeses tenían tantos niños y tanta hambre que lo mejor que podían hacer era convertir a sus crías en manjar para quienes podían pagarlo

El único ejemplo trascendido de lo que puede ser muy grave es el que prohíbe así (pues tamaña multa es una prohibición de hecho) las manifestaciones en el día de reflexión y jornada electoral: como el 13-M tras los atentados en Madrid que Aznar manipuló a su conveniencia y le costó el Gobierno en las elecciones del día siguiente.

Resulta grotesco poner el retrovisor en este caso: la ley Fernández parece creer que con amenazas semejantes se hubiera podido evitar aquel colosal enojo colectivo que, en tantos aspectos, estuvo en la base no solo de un cambio de Gobierno sino, en gran medida, de la gestación de lo que se llamaría, hasta hoy, el movimiento de los indignados. Aquellas mentiras sublevaron a los jóvenes y dieron impulso a bastantes de sus mayores. Pero, además, y sobre todo, visto lo que se vio aquel mes de marzo de 2004, ¿quién habría aplicado las multas? ¿El depuesto Aznar en persona?

Con lo que está sucediendo ahora, en tantos campos de la vida, con un 25% de paro y el hambre en aumento de niños y adultos, la proposición Fernández, aprobada ya por el Consejo de Ministros, tiene un paralelo de alcurnia, Jonathan Swift. El célebre escritor satírico del Siglo de las Luces publicó en 1729 su propuesta para terminar con el hambre en Irlanda: vender los niños pobres a los ricos para que se los comieran. El título exacto es Una modesta proposición para impedir que los hijos de Irlanda sean una carga para sus padres o el país y hacerlos útiles para la comunidad, que de común se conoce como Una modesta proposición. La ley Fernández va por ahí.

Hablar de los “hijos de España” es un lío, no se entienden entre ellos y tantos suelen acusarla de lo peor, lo que será un supuesto grave o muy grave, pero la comparación con Irlanda vale en lo esencial. Para que los revoltosos “hijos de España” sean útiles para la comunidad, según el título largo de Swift, es preciso que paguen sus multas a las arcas del Estado, tan frágiles. Si no se les envía a la cárcel, que encima hay que darles allí de comer, el asunto se resuelve con los euros contantes y sonantes que el ministro Fernández se va a llevar (a las arcas del Estado, no mal pensemos).

Pero, ¿quién podrá pagar semejante dinero? Ahí es donde el paralelismo con la sátira de Swift se expande: los irlandeses tenían tantos niños y tanta hambre que lo mejor que podían hacer era convertir a sus crías en manjar para quienes podían pagarlo, evitándoles a sus vástagos una vida de hambre, ganar algunos cuartos y mejorar la dieta de los poderosos.

Los “españoles todos” están siendo más y más pobres, e igual les da por protestar más, pero como serán insolventes para pagar tamañas multas, incluso la menor de ellas, la de 100 euros (que no se sabe qué penaliza), las comisarías se llenarán de pobres pillados haciendo cosas feas. Igual habrá que comérselos… A la manera caníbal o a la figurada: si protestas, viene el coco (la multa) y se te come.

Solo les faltaba eso a los de Canal 9. No solo han aguantado la perversión de su oficio y el cierre de la televisión pública valenciana sino que igual les multan ahora con estas medidas aprobadas por el Gobierno de Rajoy el mismo día del cierre de RTVV.

Todo vuelve, sí, ya sea el hambre, el paro y la emigración económica o la dictablanda. Ah, y el difunto Benítez murió por problemas de corazón y de drogas, no porque los mossos lo apalearan.

Mercè Ibarz es escritora.