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TRIBUNA

Clandestinos

No hay en Cataluña ni millones ni cientos de miles de ciudadanos que se sientan oprimidos bajo el soberanismo

El relato es más o menos como sigue: en Cataluña impera un “pensamiento único” —los más finos hablan de “totalitarismo soft”, o de “espiral del silencio”— bajo cuyos efectos asfixiantes todas las voces que no jalean la independencia han sido excluídas del debate público y de los espacios de opinión, debate y ámbitos que constituyen a día de hoy un monocultivo secesionista.

Esta narrativa no tiene nada de cierta ni de nueva. Para comprobar su absoluta falsedad, basta asomarse cualquier mañana a un quiosco: sobre los nueve diarios generalistas entre los que un lector catalán puede escoger, apenas dos —y no precisamente los de mayor difusión— apuestan de forma clara por el soberanismo; la línea informativa, editorial y de opinión de otros cuatro es de un españolismo integérrimo; y los tres restantes cultivan equilibrios variables, aunque de nítida decantación unionista. No es menor la pluralidad ideológica de una oferta radiofónica y televisiva pública y privada, que incluye, como es natural, los medios de alcance estatal.

Por otra parte, el mito de la “dictadura catalana” es viejo; de hecho, y sólo sustituyendo “independentismo” por “nacionalismo”, se arrastra desde los tiempos de Pujol, aunque ha experimentado últimamente interesantes evoluciones. Patrimonio años atrás de la llamada “Brunete mediática”, del columnismo más recalcitrante, se ha extendido cual mancha de aceite hasta los opinadores de perfil soi-disant progresista, intuyo que como clave explicativa de lo que les parece inexplicable: el crecimiento fulgurante de los catalanes partidarios del divorcio. O están intoxicados y manipulados... o, de lo contrario, la España del PSOE debería hacer una profunda, severa autocrítica. Y, claro, eso siempre da pereza.

En todo caso, la cantilena del “pensamiento único” impuesto a los catalanes ha dado estos días un salto cualitativo: se ha convertido en doctrina del Gobierno Rajoy. Fue conmovedor escuchar al presidente, el otro martes, decir en sede parlamentaria que, en Cataluña, “la gente tiene derecho a escuchar otras verdades diferentes de las oficiales”. Lo dijo como si él fuese un activista de Greenpeace encarcelado por Putin, y no el máximo representante del oficialismo y del poder de coerción del Estado (o sea, nuestro Putin), ni dispusiera de variados instrumentos para hacer llegar el discurso y la voluntad gubernamentales a todos los rincones del territorio español.

Una vez situados en esta dinámica de subversión de la realidad, PP y Gobierno se han adentrado rápidamente por ella. Alicia Sánchez-Camacho y sus correligionarios trataron, en los días previos al 12 de octubre, de infundir a la convocatoria de la plaza de Catalunya una aureola resistencial, de disidencia, casi de salida de la clandestinidad: “Hay que romper el silencio”, “los convocantes no gozan de subvenciones ni de apoyo institucional”, lamentó la de Blanes...

¿No? En todo caso la concentración no fue publicitada mediante octavillas impresas a ciclostil, sino con caros anuncios de prensa a toda página. Ni el encuentro de doña Alicia con representantes de las casas regionales tuvo lugar en ninguna catacumba, sino en un agradable restaurante y ante las cámaras citadas al efecto. En fin, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría tuvo la desfachatez, la víspera del 12-O, de pedir para la concentración barcelonesa “respeto y sensatez”, como si la cita de Som Catalunya, Somos España fuese a tener lugar en la Guinea de Teodoro Obiang.

Desde luego que hubo respeto y sensatez. Por parte de todos. Pero la impostura ha fallado por demasiado inverosímil. Porque no hay en Cataluña ni millones ni cientos de miles de ciudadanos que se sientan oprimidos o maltratados bajo el soberanismo. Porque es muy difícil hacer pasar a Sánchez-Camacho por una perseguida a causa de sus ideas políticas —si acaso, perseguida por los líos de La Camarga—, y al PP catalán por un partido inerme, apenas tolerado, con María de los Llanos de Luna oculta en una buhardilla, dándole a la vietnamita y temiendo la irrupción de los Mossos a detenerla... Se nota mucho que esta gente no tiene ni idea de lo que era la clandestinidad.