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crítica | teatro musical
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El genuino sabor de los americanos auténticos

La producción mexicana de ‘Arizona’, comedia de Carlos Rubio, satiriza el activismo antimigratorio en los Estados Unidos

Javier Vallejo
Una escena de 'Arizona'.
Una escena de 'Arizona'.

Un muro parte de este a oeste las tierras de los pueblos cazadores recolectores que habitaban Aridoamérica y Oasisamérica desde tiempo inmemorial. Al lado norte de la frontera, vigilan George, nieto de un ruso bebedor de vodka, y Margaret, su esposa, de raíces húngaras, protagonistas de Arizona, certera comedia política de Juan Carlos Rubio. “Detrás del muro”, asegura George (gorra de béisbol, bermudas de camuflaje y chaleco militar), “miles de alimañas preparan el salto para quitarnos casa y trabajo y violar a nuestras hijas”.

Inspirándose en hechos recientes (la eclosión del Minuteman Project, movimiento civil de vigilancia fronteriza que denunció a multitud de inmigrantes indocumentados a partir de 2005), Rubio hace un retrato mordaz de esos Estados Unidos profundos que sin sonrojo se llaman a sí mismos América (tomando la parte por el todo), que defienden el derecho a portar armas y que son el venero de movimientos ultraconservadores como el Tea Party, en el que hoy desempeñan un papel clave numerosos ex líderes de un Minuteman disgregado a raíz de que se multiplicaran sus escándalos financieros y de que tres de sus militantes asaltaran una casa en Arivaca y asesinaran a tiros a Raúl Flores y a su hija Brisenia, de nueve años, estadounidenses de origen mexicano, e hirieran gravemente a la madre.

Arizona

Autor: Juan Carlos Rubio. Intérpretes: Alejandro Calva y Aurora Cano. Vídeo: Tono. Vestuario: Edyta Rzewuska. Luz y escenografía: Raúl Munguía. Sonido y dirección: Ignacio García. Producción: Centro Dramático Nacional e Instituto Nacional de Bellas Artes de México. Teatro María Guerrero, sala de la Princesa. Hasta el 16 de junio.

A la espera, rifle en mano, de que algún inmigrante salte la valla, George y Margaret se entretienen charlando cuales Vladimir y Estragón, o escuchando en la radio rancheras cautivadoras y bailándolas, hasta que George cae en la cuenta de que haciéndolo están comulgando inconscientemente con la cultura de sus enemigos designados. El director español Ignacio García y los intérpretes mexicanos de esta coproducción, el resto de cuyo equipo artístico es de ese país, exprimen la aguda veta irónica del texto sin que ello reste un ápice de verosimilitud a sus personajes. Aurora Cano, una Margaret menudita, tierna y sumisa, pero fuente de mil preguntas que incomodan al doctrinario y arrollador George de Alejandro Calva, es, en su ingenuidad, un cruce entre Minnie Mouse, la desvalida y resignada Winnie de Días felices, y Debbie Reynolds, cuyo número musical con Gene Kelly You Were Meant For Me (de Cantando bajo la lluvia), proyectado en formato cinemascope, los actores mexicanos doblan en una escena espléndida.

García ha convertido la obra de Rubio en un cuasi musical de bolsillo, aprovechando las magníficas cualidades canoras y el swing de sus actores, que ponen en contexto irónico una bonita versión de My Favourite Things, de Sonrisas y lágrimas, esbozan otra del Put him Away de Two by Two, y consiguen, cantándolo a capella, que el himno The Star Spangled-Banner suene entre risible y terrible. Un espectáculo divertido y muy navegable, con un defecto solo: esos últimos siete minutos que llevan lo que era exquisitamente ambiguo a una resolución demasiado obvia.

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Sobre la firma

Javier Vallejo
Crítico teatral de EL PAÍS. Escribió sobre artes escénicas en Tentaciones y EP3. Antes fue redactor de 'El Independiente' y 'El Público', donde ejerció la crítica teatral. Es licenciado en Psicología, en Interpretación por la RESAD y premio Paco Rabal de Periodismo Cultural. Ha comisariado para La Casa Encendida el ciclo ‘Mujeres a Pie de Guerra’.

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