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TRIBUNA

Jane Austen en la Plaza de Chueca

Las celebraciones del Orgullo LGTB no son solo fiestas, son eventos identitarios y reivindicativos

Cuando Jane Austen publicó en 1813 Orgullo y Prejuicio no imaginaba que años después, esas dos emociones servirían para evocar tantas cosas.

En estos últimos años hemos asistido a frecuentes tensiones entre los organizadores del Orgullo LGTB de Madrid —COGAM, FELGTB y AEGAL— y el Ayuntamiento de Madrid en relación con esta celebración. Las celebraciones del Orgullo contemporáneas son, cuanto menos, poliédricas: al tiempo que se basan en un fuerte componente identitario, de reivindicación y visibilización social, proporcionan enormes beneficios a las ciudades en las que tienen lugar. Los polos representados por lo identitario-político y por la comercialización y el negocio laten en el interior de estas celebraciones y alimentan estas tensiones.

Las revueltas del 28 de junio de 1969 en el Stonewall Inn de Nueva York son conmemoradas en muchas ciudades mediante las celebraciones del Orgullo LGTB que suponen el paso de identidades estigmatizadas a identidades orgullosas. Estas conmemoraciones, prohibidas en muchos países y reprimidas en otros, en España, desde que se iniciaron en 1977 (con una marcha en Barcelona inmortalizada por Colita), forman parte de nuestra democratización. Son ejemplo de la lucha por la igualdad y la plena ciudadanía de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales. Pero también son eventos identitarios ritualizados (de consolidación, reivindicación y celebración de identidades) que movilizan y visibilizan a miles de personas.

. La participación en el Orgullo madrileño (que consiste en la manifestación Estatal –acto central del activismo- y otros actos) ha aumentado estos años hasta ser el mayor evento de Europa, cuestionando con ello su “sostenibilidad”. Además, como ha sucedido en otros lugares – un ejemplo paradigmático es el Mardi Gras de Sydney- el evento en Madrid exhibe grandes dosis de teatralidad y performance. El giro hacia lo carnavalesco puede llegar a eclipsar otros significados y convertir estas celebraciones en eventos para el entretenimiento masivo. Se llega a hablar de ellas como “fiestas” cuyo potencial de atracción turística es aprovechado por todos como estrategia de city-branding que sitúa a las ciudades en el mapa de la modernidad y las señala como destinos turísticos. En tanto “fiesta” y celebración, el Orgullo madrileño, con sus dimensiones actuales, es criticado por la incomodidad que genera en Chueca, un barrio en el que se concentran buena parte de los dos millones de personas que la ciudad acoge en estas fechas. Pero también “deja” en Madrid beneficios nada desdeñables que rondan los 100 millones de euros (en 2011).

Pero las celebraciones del Orgullo no son solo instrumentos para la promoción turística. Son rituales que rompen las fronteras entre lo privado y lo público y condensan múltiples significados (la promoción turística, la exhibición espectacular y dimensiones identitarias y políticas). La falsa dicotomía entre los conceptos de “manifestación y “fiesta”, que son presentados como incompatibles, late en el trasfondo de la polémica y el pulso entre instituciones y organización llegando la vertiente festiva del evento a eclipsar sus otros significados.

La plaza de Chueca (“irrenunciable” para los organizadores) y el barrio de Chueca no son sólo lugares físicos: son símbolos de una lucha histórica por unos derechos. Cumplen, en el proceso de democratización de este país, el mismo papel que las revueltas en el bar Stonewall cumplieron para la consecución de libertades civiles para las minorías estadounidenses. No hablamos de lugares físicos, sino de lugares míticos. Chueca representa la transformación, modernización y democratización no sólo de un barrio sino de toda una sociedad: la nuestra. En Chueca y en su centro simbólico, la plaza de Chueca, se condensan como en ningún otro lugar los significados festivos, identitarios y reivindicativos de esta celebración de la diversidad y la libertad. Privar al Orgullo de sus referentes espaciales sería negar su pasado, despojarlo de sentido, simplificarlo y banalizarlo para sólo aprovechar su potencial como reclamo turístico y de promoción de Madrid.

La plaza de Chueca es más que un lugar. Allí se encuentran —y se enfrentan— normativas y derechos, distintos modelos de sociedad. Sobre su asfalto se dirime el pulso entre los múltiples significados y derivas que tiene y tendrá la celebración del Orgullo. En torno al 28 de junio, se encuentran en la plaza de Chueca el pasado, el presente y el futuro: el Orgullo y el Prejuicio. Seamos conscientes de ello.

Begoña Enguix es doctora en Antropología Social y Cultural y profesora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). En la actualidad lleva a cabo una investigación sobre las celebraciones del Orgullo LGTB en España.

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