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El padre de la quinta ciudad

Una biografía repasa la vida de José Pasín, el primer concejal obrero de Compostela

Concejales de Santiago con el alcalde socialista de Vigo, Emilio Martínez Garrido. Pasín es el sexto por la derecha en la fila central.
Concejales de Santiago con el alcalde socialista de Vigo, Emilio Martínez Garrido. Pasín es el sexto por la derecha en la fila central.

Mediado septiembre de 1892, la quinta ciudad de Compostela, la que no era ni clerical, ni noble, ni universitaria, ni comercial, sino que llegaba a los arrabales artesanos plagados de chabolas, entró en el Teatro Principal, un púlpito laico pero vetado al obrero raso, para escuchar un mitin del republicano Pi i Margall, que acababa de participar en la inauguración del curso universitario. Entre el público estaba José Pasín, hijo de 14 años de un cerrajero y de una labradora del barrio de Santa Marta y, pese a sus orígenes humildes, prometedor aprendiz de ebanista. Con los años, el adolescente se convertiría en el primer concejal obrero del Ayuntamiento de Santiago (1911), en teniente de alcalde de Compostela (1931-1934), en el artífice de un plan para frenar la degradación de los soportales de las calles y urbanizar la zona nueva en armonía con el casco histórico y en uno de los miembros del dispositivo de vigilancia que desde el golpe de estado de Franco protegió la catedral y los conventos de Santiago de posibles asaltos. “Por lo menos en este episodio, el patronato del Santiago “Y cierra España”, tan sobado por la mítica del nacionalcatolicismo, nada tuvo que ver con la preservación de la riqueza monumental de Compostela, tal y como de manera interesada había proclamado el fanático sacardote Silva Ferreiro”, contradice el historiador Dionisio Pereira en José Pasín Romero: Memoria do proletariado militante de Compostela, una biografía del sindicalista editada por la Fundación 10 de marzo, presentada ayer en Santiago.

 El encuentro de Pasín con Pi i Margall, a quien siempre consideraría su mayor ídolo político, coincidió con el nacimiento del Centro Unión Republicana, del que el compostelano fue asiduo visitantes desde sus inicios. En el antiguo edificio del Tribunal de la Inquisición, el joven entró en contacto con la prensa obrera y con otros trabajadores en los que despertaba la conciencia de clase. Por entonces habían pasado veinte años de la primera manifestación obrera de Santiago, protagonizada por 150 zapateros que, además de marchar por las calles de la ciudad histórica reclamando la solidaridad de otros trabajadores, montaron un efímero taller colectivo en la rúa das Orfas para ofrecer calzado a precios más bajos que en los talleres de la patronal. “Lo único que podía hacer competencia en altura a las torres de la Catedral era la chimenea de la Tintorería España”, ejemplifica Pereira para explicar el tibio sentimiento de clase en una ciudad que durante la juventud de Pasín carecía de un proletariado a la manera de Vigo o Ferrol. La clase trabajadora en Compostela, marginada de la gestión de los asuntos públicos y alejada del centro monumental, era una mezcla de artesanos y jornaleros que trabajaban la tierra en las épocas de mayores aprietos. En 1987, la ciudad tenía 2.600 trabajadores por cuenta ajena, el 12% de su población; con todo, el paro era endémico, sobre todo en invierno y, las condiciones de vida de los obreros, penosas.

“Es el representante más eximio del pensamiento no alineado”

“Frente al Círculo Católico, Pasín es el representante más eximio del pensamiento no alineado”, recalca el historiador Lourenzo Fernández Prieto, coordinador de Nomes e Voces, el proyecto universitario dedicado a arrojar luz sobre las víctimas de la represión franquista en Galicia. La revisión de la figura de José Pasín echa por tierra el estereotipo de la Compostela “levítica”, la ciudad adormecida de clérigos e hidalgos. “Es la ciudad en la que se desencadena la segunda cuestión universitaria [el conflicto científico sobre la introducción de la teoría darwinista en la univerisdade, que acabó con la expulsión de profesores krausistas de Santiago]”, prosigue Fernández Prieto. La inexistencia de un proletariado industrial, un tejido social poco proclive a la afirmación de clase o el peso del todopoderoso Montero Ríos dieron lugar a un movimiento obrero “peculiar”, configurado “en sociedades de resistencia cimentadas en el orgullo de oficio, de origen gremial”. En 1916, José Pasín fundó la Federación de sociedades obreras y agrícolas de Santiago y pueblos comarcanos, a medida que la población asalariada crece en número y en la calle el ambiente se crispa. Los seis agricultores muertos y los 40 heridos por una acción de la Guardia Civil en Porto do Son, en otoño de ese mismo año, no son más que un ejemplo. El Ayuntamiento pretendía repartir el déficit municipal entre las parroquias, decisión que encontró el enérgico rechazo de los vecinos.

“Posibilitó avances que están en riesgo por el capitalismo depredador”

Pasín, que con el estallido de la Guerra Civil y los 58 cumplidos escapó al monte durante tres años —atrás quedaron dos hijos fusilados, Modesto y Marcelino— escribió sus propias memorias, de las que pueden leerse diversos fragmentos en la obra de Pereira. “Es un homenaje que debemos a los que hicieron posibles los avances sociales y laborales, los que ahora están en riesgo por culpa del capitalismo depredador y sus servidores políticos”, recalca Pereira.