‘¿Qué buscas, lobo?’: una novela estremecedora y sobria sobre los traumas de la historia
Eva Viežnaviec narra los traumas de la historia en la Bielorrusia más violenta en una novela estremecedora, sobria y llena de humor negro sobre la relación de una abuela y su nieta


Balzac escribió que la novela es la historia privada de las naciones y ¿Qué buscas, lobo? de Eva Viežnaviec puede leerse desde ese punto de vista. Viežnaviec es el seudónimo literario de la periodista Sviatlana Kurs, que vive exiliada en Polonia tras ser despedida por motivos políticos de la radio estatal de su país. La novela, galardonada con el premio Jerzy Giedroyc, es un relato fascinante y duro sobre el siglo XX en Bielorrusia. Comienza con el regreso de Ryna, que lleva ocho años en Alemania, a su aldea. Ryna, alcohólica (“como cualquier otra ocupación, el alcoholismo tiene sus secretos y requiere cierta práctica”) y que lleva una existencia deprimente y solitaria, acaba de perder su trabajo en una residencia de ancianos y vuelve porque ha fallecido su abuela, que fue quien la crio.
Apodada Razones por una muletilla característica, Darafeia era muy anciana y había sido curandera, una sheptuja: mujeres que trataban a sus pacientes a base de susurros y hierbas. La parte central del libro es un relato en primera persona: más o menos lo que Darafeia contaba a Ryna acerca de su vida y su familia en esa aldea de la región de Polesia. Es un mundo brutal: Darafeia es hija y nieta de mujeres que quedaron tuertas por golpes de sus maridos. La historia transcurre en unos años en los que Bielorrusia fue el centro de lo que el historiador estadounidense Timothy Snyder denominó “tierras de sangre”. Se suceden la opresión rusa, la revolución, el dominio polaco, los pogromos, la invasión nazi y el Holocausto, la lucha de los partisanos y el estalinismo de nuevo. Los habitantes de Naugálnaie sufren estos cambios: por ejemplo, los alemanes extorsionan a los campesinos de día y los partisanos de noche, y los nazis castigan los actos de resistencia de los partisanos fusilando a personas inocentes del pueblo. Eso sin contar al Ejército Rojo, cuyos soldados “se bebían hasta el agua de los floreros”. En esos cambios de poder las mutilaciones, las palizas y las violaciones son frecuentes. Los judíos son casi siempre la minoría más castigada. “Primero vinieron los alemanes y persiguieron a los judíos, luego vinieron los polacos y persiguieron a los judíos, más tarde vinieron los soviets y se pusieron a su servicio, ya que les habían prometido la Internacional. Pero no solo los judíos sirvieron a los soviéticos. Parjimóvich y Rashchén también blandían revólveres y perforaban el suelo con sus bayonetas: ‘Dad pan al pueblo trabajador’. ¡Qué pueblo trabajador ni qué ocho cuartos! Nosotros somos el pueblo trabajador, somos nosotros lo que penamos sin descanso en estas ciénagas”, leemos; poco después, los judíos de muchos pueblos de la zona son asesinados por sus vecinos.
Solo entre 1918 y 1922 “reinaba tal caos que el poder cambió nueve veces de manos y cada autoridad se cobraba su ración de sangre”. La violencia va acompañada de epidemias de tifus, peste y cólera. La abuela sobrevive en parte gracias a su trabajo: aunque a veces la ataca gente que siente que no la ha ayudado o que la ha perjudicado, otros la protegen; entre ellas, las amantes de bandidos o soldados porque las atiende o les practica abortos. Es portadora de cierta sabiduría ancestral, pero esta es áspera, escéptica y desprovista de monsergas o cursilería. Aparecen caudillos sanguinarios: de uno no se sabe si ha matado o engendrado a más hombres (y acude a que la atienda Darafeia porque le ha salido un sarpullido en el pene). Más tarde, ese caudillo partisano será considerado un hombre honorable y ejemplar.
La escritura es muy física y eficaz, con una perspectiva micro: vemos los efectos de los cambios del poder sobre los individuos, los nombres de los líderes (Stalin, por ejemplo) aparecen lejanos, los acontecimientos brutales se cuentan con una sobriedad estremecedora. A veces Viežnaviec —que ha hecho una extensa labor de documentación— es muy precisa y otras adopta un aire más inconcreto, con un lirismo seco. La naturaleza tiene una presencia muy intensa, a menudo simbólica o maléfica; la superstición forma parte de la mentalidad que retrata. Los lobos pueden ser un mal presagio, se cuenta que en tiempos de hambre aprenden a abrir las puertas, una mujer arrastra a uno de la lengua hasta el pueblo y lo matan a palos. Las ciénagas traen enfermedades, se intentan transformar y drenar, se prueban cultivos que no arraigan. Se pretende domesticar la naturaleza, por ejemplo canalizando ríos: la tierra no deja de ser hostil y a la vez se vuelve estéril. Esa cualidad se traslada a la vida de Ryna, “la educación de la abuela la había convertido en una especie de Mowgli: ajena al mundo e incapaz de encontrar su lugar en la sociedad”, “sin deseos ni expectativas”. Es una novela poderosa, llena de inteligencia, autenticidad y humor negro.

¿Qué buscas, lobo?
Traducción de Andréi Kozinets
Gatopardo, 2026
176 páginas, 18,95 euros
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