‘Nadie me esperaba aquí’: crónica del desclasamiento, el ansia de aceptación y el duelo materno
El ensayo de la periodista Noelia Ramírez explora el paisaje de los limbos, esos no-lugares que remiten a los orígenes o el espacio donde se ansía situarse


Null Island es el lugar donde se cruza el meridiano de Greenwich con el Ecuador. En ese punto del golfo de Guinea, posición 0ºN 0ºE, está la llamada Isla Inexistente, donde los sistemas de localización sitúan incontables búsquedas erróneas. La periodista de EL PAÍS Noelia Ramírez nos describe en Nadie me esperaba aquí su particular Null Island: le gustan los limbos, los umbrales, los no-lugares, esa zona de la playa en la que una delgada lámina de agua se desliza entre el mar y la arena; ese territorio intermedio en el que no hay deseo de la tierra desde el mar, ni lo contrario, según lo describió el arquitecto Aldo van Eyck. Así es un poco este libro. De un lado es una crónica sobre el desclasamiento, sobre el ansia de aceptación, sobre la asimilación cultural, sobre la escritura —y por lo tanto sobre la autenticidad, el carisma, el desparpajo imprescindibles para adquirir una voz—, sobre nosotros, los charnegos, sobre los dilemas de victimizarse y sobre qué esperamos de nuestras vidas, nada menos. “La honestidad es más salvaje que el cinismo: si algo no me gusta, lo digo; si me gusta, lo digo”, ese es el credo. Ese lado lo convierte en un libro de frontera, en un desgarro como el grito de Munch (“Casi catalana. Casi charnega. Casi pija. Casi choni. Casi víctima. Casi vengadora. Casi madre. Casi escritora”), escrito a bocajarro, con una rabia inconmensurable: hay fuerza en la rabia, y belleza en la fuerza.
Pero hay también otro lado. Y en ese otro lado se metamorfosea en un libro sobre el duelo materno, y entonces la rabia es solo una de las fases del esquema de Elisabeth Kübler-Ross para las pérdidas catastróficas —negación-ira-negociación-depresión-aceptación— y funciona como una suerte de exorcismo, con una escritura que es como una melaza oscura, con esa extraña belleza de los dolores inconsolables. Ese capítulo final es excelente, como el de los charnegos: los charnegos somos como los enanos del cuento de Monterroso, nos reconocemos en cuanto nos vemos, en cuanto leemos la primera línea de un libro (“En el barrio no existen los apellidos”).
Nadie me esperaba aquí no es un libro perfecto —¿quién quiere libros perfectos?—, pero sí es un libro poderoso: en la Null Island de las búsquedas erróneas, nuestra recién estrenada escritora habita en ese hueco en suspenso del todavía no, en el que bajo el ruido y la furia está a punto de dar forma a su voz. O de repente quizá se quita algún exceso airado y en algunas fases logra traspasar el limbo, el dichoso umbral, con los pies descalzos, entre la arena y el agua, con esa voz alimonada dando tremenda luz, tremenda, a algunas de las páginas de este ensayo, que es una especie de samfaina. Un pisto. Como los de su madre.

Nadie me esperaba aquí
Nuevos cuadernos Anagrama
144 páginas, 14,90 euros
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