Lucrecia de Médici: casada a los 13 años, muerta a los 16

En ‘Retrato de la mujer casada’, Maggie O’Farrell representa la indefensión de la mujer con la misma solvencia que empleó en ‘Hamnet’

Maggie O'Farrell, en Barcelona en abril de 2021.
Maggie O'Farrell, en Barcelona en abril de 2021.Albert Garcia

Maggie O’Farrell lo ha vuelto a conseguir. La autora nacida en Irlanda del Norte en 1972 conmovió en 2020 a lectores de todo el mundo con Hamnet (Libros del Asteroide), una recreación de la vida y muerte de un hijo de Shakespeare que nos hablaba desde la mirada prodigiosa de su esposa, de su casa y de su vida privada. En ese hogar británico del siglo XVI, la fama, el éxito y el teatro eran solo un elemento más que engarzaba en el trajín de una familia amorosa, luchadora, entretenida en los aconteceres de cualquier familia de cualquier época. Con los escasos datos reales que han perdurado sobre el dramaturgo y, sobre todo, con una inmensa imaginación trabada en la coherencia de ese tiempo, O’Farrell nos trasladaba a una intimidad pegadiza. Detrás de los genios, de los poderosos y de la gente singular —nos venía a decir la autora— hay vidas que se aproximan mucho a las nuestras: amor, dolor, fracaso, heridas.

O´Farrell desbordó entonces códigos y géneros al situar su pluma en el pasado, cuatro siglos atrás, pero con una sensibilidad y una literatura que lo hacían nuestro. Y hoy, la misma autora lo hace de nuevo con la vida de Lucrecia, hija del gran duque Cosimo de Medici y de la española Eleonora Álvarez de Toledo, una niña del Renacimiento obligada a casarse a los 13 años y muerta sin descendencia (y sin autopsia) a los 16.

¿Es el deseo de un hombre, su afán de procrear y de lograr un heredero, causa legítima para yacer todas las noches con una esposa que no ha decidido por su cuenta?

Quede claro que El retrato de casada, como Hamnet, no es una biografía, sino pura novela, una fabulación libre de una vida en la que se han amasado historias y leyendas de aquellos momentos. Con una pluma envolvente, con calma a la vez que vértigo, O’Farrell va trabajando los detalles de un universo ajeno para ir colocando al lector ante dilemas cercanos, muy cercanos: ¿Es el deseo de un hombre, su afán de procrear y de lograr un heredero causa legítima para yacer todas las noches con una esposa que no ha decidido por su cuenta? ¿Hay protección, como cree él, o hay posesión injusta del cuerpo de una mujer? ¿Es lealtad lo que se exige o es sumisión? ¿Hay amor en el cuidado posesivo o solo un afán de moldear su propiedad? Los dilemas se van desgranando en el libro con las herramientas de la duda, sin estar explícitos.

La construcción del personaje del marido, el duque de Ferrara, como un ser ambivalente capaz de amar, agasajar y seducir a la pequeña a la vez que domina y controla a su familia y a ella como parte de sus territorios y bienes es un logro. Alfonso no se muestra, no descubre sus cartas, solo escruta, actúa y —crecientemente— tiraniza. También lo es la creación del personaje de Lucrecia como una niña singular capaz de gozar con poco (los animales, sus pinturas, sus paseos) y obligada a adaptarse a una corte renacentista lejos de su Florencia natal con una sola misión: procrear. Su cuerpo será un objeto, una vasija. Su obligación será concebir un heredero. Y la responsabilidad puede ser de dos, pero la presión solo se cierne sobre ella. Porque la sangre menstrual la visita rigurosamente, para su desgracia, solo a ella.

A lo largo de este intenso pulso que se libra entre palazzi, castelli, corredores, habitaciones y espías, el encargo de un retrato de Lucrecia hilvanará su evolución, su deterioro, desde la belleza que registran los primeros bocetos hasta el rostro demacrado de una niña posiblemente envenenada por no concebir. Los pintores la contemplan, al principio y al final, y en su mirada nos reconoceremos los lectores, ansiosos de señalarle el peligro, la salida, el rescate. Porque esto es, al fin y al cabo, un libro sobre la indefensión.

‘El retrato de casada’ nos enseña lo rápidamente que pueden evaporarse la belleza y el amor, lo fácil que es destruir lo sutil, el peligro que se cierne sobre lo sencillo, muchas veces más difícil de sostener que lo complicado

El retrato de casada nos enseña lo rápidamente que pueden evaporarse la belleza y el amor, lo fácil que es destruir lo sutil, el peligro que se cierne sobre lo sencillo, muchas veces más difícil de sostener que lo complicado. Y la fragilidad que puede esconderse detrás de la riqueza, del apellido y del poder. “Mi primera duquesa”, murmura el duque al descubrir el ansiado retrato. Y en esas palabras está la semilla de la aberración.

O’Farrell ha elegido los pequeños saltos en el tiempo en lugar de linealidad, de forma que la tensión que va introduciendo por la ambigüedad de la situación se va desplazando de un momento a otro, abriendo nuevos interrogantes y trasladando las respuestas a otro tiempo que solo encajará al final.

La Lucrecia real murió temprano, como dos mujeres más de la familia Médici en un tiempo en el que las esposas podían fallecer a manos de sus maridos sin investigación. Pero ello no condiciona la recreación literaria de esta historia, que nos deparará sorpresas.

Por cierto: el duque de Ferrara se casó dos veces más, pero nunca tuvo descendencia.

Portada de 'El retrato de casada', de Maggie O'Farrell

El retrato de casada

Autora: Maggie O'Farrell.


Traducción: Concha Cardeñoso.


Editorial: Libros del Asteroide, 2023.


Formato: tapa blanda (400 páginas, 23,95 euros) y e-book (11,95 euros).

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Berna González Harbour

Escribe en Cultura, es columnista en Opinión y analista de ‘Hoy por Hoy’, además de responsable de la newsletter EL PAÍS de la mañana. Ha sido enviada en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora al frente de varias secciones. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón', su último libro es ‘Goya en el país de los garrotazos’.

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