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Jon Fosse, la oración del fiordo

Católico converso y exalcohólico, el escritor noruego culmina con ‘Un nuevo nombre’ la publicación de ‘Septología’. Escribir le permite escapar de sí mismo

El escritor y dramaturgo Jon Fosse, en febrero de 2019.
El escritor y dramaturgo Jon Fosse, en febrero de 2019.Tom A. Kolstad

Somos paradojas vivientes y sólo las paradojas son ciertas. Por eso la novela es una forma narrativa de la verdad. Frente a ella, la lógica simbólica es una fantasía, una fe de carbonero, como diría Ortega. Los mejores novelistas lo saben: este universo, magnífico, tiene que tener detrás una buena historia. El mecanicismo es pobre narrativamente, también lo es dejarlo todo al azar. Los reinos de la casualidad son opacos. En ambos casos no hay voluntad ni deseo, todo sucede impersonalmente, con gélida indiferencia. ¿Qué deseo podría tener un reloj? ¿Y una ruleta? En ellos no hay emoción ni tragedia, sólo automatismo o ceguera. La física cuántica es loca, imaginativa, extravagante. Con toda probabilidad sintoniza más con lo real que esa otra visión del relojero (Descartes, Newton) o del crupier (Darwin). No deja de ser sorprendente que estas dos visiones, tan incompatibles (mecanicismo estricto y pequeñas variaciones fortuitas), sean los dos pilares de la visión moderna de la realidad.

Fosse llega con su uniforme de escritor. Chaqueta negra y camiseta negra, pantalones vaqueros y botas. El pelo, largo y canoso, recogido en una cola de caballo. Dice que así viste su personaje Asle y que él lo imita. Tiene la voz temblorosa de quien ha visto algo que no se pude contar ni entender. Nuestra conversación se desarrolla bajo una premisa escéptica, wildeana. Cuando un escritor habla de sí mismo, miente. Cuando se le da una máscara, dice la verdad. Fosse se muestra como un magnífico mentiroso. Los encuentros tienen lugar a lo largo de tres días. En un hotel junto a la estación de Bergen (Noruega), en una taberna del puerto (Fosse bebe agua), en el instituto de secundaria de Øystese; en el tugurio donde tocaba su banda, Hulen (La Gruta); en los jardines de un hotel decadente en Sandven, en el teatro Hordaland donde estrenó sus primeros dramas (que siguen los pasos de su admirado Lorca) y en la casa donde transcurrió su infancia.

La aldea, unas cuantas casas desperdigadas en una colina, se llama como él, Fosse, que significa cascada, torrente impetuoso. Se encuentra en una pequeña bahía del fiordo Hardanger, cerca de Strandebarm. El fiordo es el modo en que la tierra amortigua la furia del mar. Extiende sus tentáculos y filtra su impulso, transformando el indómito océano en remanso navegable, espejo de los prados y lugar apacible para la pesca y los juegos. La tierra hace con el fiordo lo que el escritor con las palabras. Apacigua el ímpetu de ese deseo voraz, inagotable, que llamamos naturaleza. Mediante las oraciones, el mar abierto de las emociones, sin rumbo aparente, adquiere sentido y pausa.

Fosse confiesa que fue un mal músico y que apenas escucha música. Algo frecuente en quienes viven hipnotizados por la música de las palabras (o, mejor, de las oraciones). Una novela es una larga oración. Los escritores no trabajan con palabras, trabajan con oraciones. Encadenan las frases, las dejan correr o las atan en corto, buscando una melodía secreta, un vaivén, una frecuencia que resuene en el interior del lector y lo atrape. Un balanceo (slow prose frente a fast drama). Urdir un tejido de oraciones. Esa es la red del novelista, pescador de almas.

El alcohol, que reconcilia con el mundo y ofrece cierta calma, acaba dominándolo todo y aboca a la depresión

La música de la oración es la versión irracional del silogismo y es más cierta que éste. Un algoritmo es una sinfonía mediocre. Insensible a la paradoja, crea pseudorrealidad siniestra, un sucedáneo de realidad. Frente a él se yergue la oración, que permite volver a crearnos (recrearnos) y revitalizarnos (redescubrirnos). La oración tiene, además, otras bondades: te baja de las cimas y te rescata de las profundidades. El alcohol, que reconcilia con el mundo y ofrece cierta calma, acaba dominándolo todo y aboca a la depresión. La oración es una cadencia y, en el teatro, cuando los personajes se armonizan, una canción. Cada personaje es un sonido, una vibración particular. Así lo ha sido y así lo sigue siendo para quien haya experimentado el poder salvífico del arte. Fosse lo tiene muy claro, escribir le da alas, le permite escapar de sí mismo.

En la conversación surge el espectro de Heidegger. El lenguaje es la casa del ser. Está vivo, tiene sus humores y sus estados de ánimo, con los que hay que sintonizar. Fosse es superficial en el buen sentido de la palabra. Su prosa es superficie y símbolo. Lo primero le confiere brillo; lo segundo, hondura. Sus frases están despojadas de todo adorno (ornamento es delito, algo muy septentrional), y su cadencia se mantiene en la traducción, gracias al excelente trabajo de Cristina Gómez Baggethun y Kirsti, su madre. Hay algo en sus personajes que recuerda a El extranjero, de Camus, o El túnel, de Sabato. Su estilo, con sus juegos hipotácticos y sus fraseos repetitivos que reivindican la musicalidad, tiene algo de Samuel Beckett y de Thomas ­Bernhard. Entre los pliegues de esa prosa se adivina el silencio. Ese que buscaban los cuáqueros, a los que conoció en su juventud, que se sentaban en círculo, callados, como brah­manes buscando el ­ātman, como monjes de un dojo zen, a la caza de una luz interior.

Hay muchos modos de conocer lo real y todos son legítimos. Eso dice la Bhagavadgītā y eso dice el principio de complementariedad de Niels Bohr (otro nórdico). Nos acercamos a lo real mediante el rito y la comunión, mediante los sonidos del silencio, mediante una actitud femenina y receptiva, mediante el arte o la literatura. Esta última es la estrategia favorita de Fosse, aunque no desdeña otras. Pero lo divino es incognoscible. Donde antes se ha dicho conocer debería leerse desconocer. Que no venga nadie a decirnos que lo ha conocido. Fosse lo sabe, sabe que no sabe, que lo divino es incognoscible (aunque sea capaz de sentir su presencia). Conoce bien la obra de Eckhart y Heidegger, al primero lo lee ahora (y se aventura en disquisiciones teológicas), al último lo leyó con fruición en su juventud. Dios no es nada, se esconde en lo más próximo y en lo más lejano, en los pliegues del corazón y la estrella distante. Los cabalistas dicen que no lo hace por diversión, sino por generosidad. Para que el mundo sea, para que podamos existir. Para que haya algo en lugar de nada. Si se mostrara, su luz nos abrasaría. Gracias a que se oculta viven la flor y el escorpión, la nube y la montaña, Dante y Beatriz, Asle y Ales. Ese es el juego de la creación, un juego del escondite. Los niños lo saben. Crear y descubrir son una misma cosa. De ahí que la mejor imagen de Dios sea la nada. Por eso los budistas lo niegan, lo reducen al vacío. Cada cual con su paradoja.

Asle, el protagonista, no es capaz de crear vínculos con los demás. Solo con Ales, su amada, mediante un vínculo absoluto. Seguirá buscando ese lazo después de la muerte de ella

H. H. Price afirma que la cobardía de nuestras hipótesis sobre lo real, y no su extravagancia, es lo que provocará la burla de la posteridad. Price especula sobre el más allá y desarrolla su propia teoría. Después de la muerte, el yo se encuentra en un mundo onírico cuyo contenido son los recuerdos e imágenes mentales suscitadas a lo largo de la vida. La propuesta de Fosse en Septología, su gran obra en siete libros que está publicando con gran acierto y valentía Silvia Bardelás (De Conatus), se acerca a este planteamiento. La imaginación puede modelar la materia. El yo es capaz de flirtear con los recuerdos de toda una vida y crear un ámbito nuevo de imágenes. Cada persona experimentará un mundo propio, no necesariamente solipsista, pues los diferentes yoes pueden comunicarse mediante los sueños. Hay algo en Fosse de la mónada sin ventanas de Leibniz, un asunto muy de nórdicos, denso y reconcentrado. Asle, el protagonista, no es capaz de crear vínculos con los demás. Solo con Ales, su amada, mediante un vínculo absoluto. Seguirá buscando ese lazo después de la muerte de ella. Un sentimiento de aislamiento amenaza la vida psíquica de todos sus personajes.

El escritor conserva el talante del estudiante anarquista, rebelde y solitario, que leía a Marx y tocaba en una banda de rock

Nuestra época trata el arte como una especie de autobiografía. Wilde decía que los únicos artistas encantadores son los malos artistas, los buenos existen sólo en lo que hacen. Fosse entraría en esta categoría. Su vida actual carece completamente de interés, la pretérita (que lo tuvo) fue sólo el pretexto para su arte. Septología, con sus recuerdos inventados, es más veraz que el registro riguroso de lo ocurrido. No apela al intelecto ni a las emociones, apela al temperamento artístico. La ética, si hay alguna, es sólo una cuestión de estilo. Un retrato en el que queda muy poco del modelo y mucho del artista. Que la vida imita al arte, en el caso de Fosse, es más que evidente. De hecho, no sólo lo imita, sino que es conformada por éste. El converso al que impresiona la liturgia católica y el sacramento de la comunión, el alcohólico desesperado que reclama la compasión divina (Kyrie eleison), conserva el talante del estudiante anarquista, rebelde y solitario, que leía a Marx y tocaba en una banda de rock.

Mentir, decir cosas hermosas y falsas, es el objeto del arte. Pero el pensamiento tiene una vida independiente ahí fuera. Hay que salir en su búsqueda, y para ello lo mejor es estarse quieto, encerrase en un gabinete, dejar de viajar. Y hay que ser rápido, ponerlo por escrito antes de que se nos escape. Fosse tomó la decisión de escribir después de haber tenido a los siete años una experiencia cercana a la muerte (ECM). Lo cuenta en Scenes from a Childhood. En ese preciso momento la realidad aparece como un sueño y el sueño como una realidad marcada por el brillo de la piedra gris. Se ve sepultado por una avalancha (aunque sabe que no es una avalancha). Se ve tumbado en una camilla, la gente lo rodea, lo evacuan en avión a un hospital. Lo sorprendente, dice, es que él es las piedras de la avalancha que se deshacen y vuelven a formarse hasta que aparece una luz, la luz de la nada, la luz del amor en la piedra. No tiene miedo a morir porque las piedras le dicen que el amor existe, que el amor es. Desde entonces ve la realidad de otra manera.

El mundo puede ser bueno o malo, bello o feo, pero incluso en la peor de las maldades está también lo contrario

Esa experiencia lo abocará a una adolescencia rebelde y artística. Primero probará con la música, pero no es un buen guitarrista. Luego, con la literatura. Y, entre medias, el teatro, con el que cosechará prestigio y éxitos. Todas esas palabras, todas esas oraciones, pretenden una transformación radical, buscan Otro nombre, Otro yo, Un nuevo nombre. Un tono peculiar, antimoderno, derivado de su conversión al catolicismo, después de una vida de Karamazov. Esta dimensión, extemporánea, da un brillo singular a su obra, pero no es lo más importante de ella. La verdad de Septología es sencilla y contundente. Se desvela después de 800 páginas, pero su aparición es más una anamnesis que una revelación. Es un error explicar a Dios mediante la creación. Dios no existe, Dios es. Fosse descubre algo que ya sabía: los estados de ánimo no perduran (ese es su atractivo), pero el amor es la fuerza de lo real. El protagonista, Asle, es un pintor. En sus cuadros intenta reproducir una oscuridad luminosa, que es la versión visual de la coincidentia oppositorum de la que hablaban Heráclito y Nicolás de Cusa. Ese ámbito donde los opuestos se reconcilian, donde lo invisible actúa en lo visible, donde lo que no muere está presente en lo que muere. El mundo puede ser bueno o malo, bello o feo, pero incluso en la peor de las maldades está también lo contrario.

El arte es algo que simplemente ocurre. Sólo hay que estar con la antena puesta, ser receptivo. Escribir es, de alguna forma, escuchar. En su realismo místico, Fosse insiste en que la forma lo es todo. El contenido no importa. Lo dice una vez, dos y una tercera, como una salmodia, cambiando el orden de las palabras, pero transmitiendo la misma idea, el mismo contenido. El contenido no importa, lo que importa es la música de la oración. Sólo la paradoja es real.

Portada de 'Un nuevo nombre. Septología VI-VII', de Jon Fosse. EDITORIAL DECONATUS

Un nuevo nombre. Septología VI-VII

Autor: Jon Fosse.


Traducción: Cristina Gómez Baggethun y Kirsti Baggethun.


Editorial: De Conatus, 2023.


Formato: tapa blanda (214 páginas, 20,90 euros).

900 páginas de frío noruego

El otro nombre. Septología I 
Traducción de Cristina Gómez Baggethun y Kirsti Baggethun
De Conatus, 2019 
220 páginas
18,90 euros

El otro nombre. Septología II 
Traducción de Cristina Gómez Baggethun y Kirsti Baggethun
De Conatus, 2020 
126 páginas
13,90 euros

Yo es otro. Septología III-V 
Traducción de Cristina Gómez Baggethun y Kirsti Baggethun
De Conatus, 2022 
350 páginas
21,90 euros

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