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¿Saldrá alguna novela de Twitter?

Colgada en las redes sociales, una carta de Goethe o de Lamartine parecería una disparatada pedantería

Annette Bening y Colin Firth, en 'Valmont' (1989), de Milos Forman.
Annette Bening y Colin Firth, en 'Valmont' (1989), de Milos Forman.Alamy Stock Photo

Hace muchos años (tantos que, entonces, yo era joven) compré Pamela, de Samuel Richardson, en la edición inglesa de Penguin. No conocía ni al autor ni el título, pero confiaba en esa librería angloporteña de las Galerías Pacífico, cuyos techos abovedados brillaban con los frescos de Spilimbergo, Castagnino, Urruchúa y Berni. Para mí, como para cientos de paseantes, esas pinturas fueron experiencias de iniciación. También lo fue Pamela, que leí durante el verano siguiente en las sierras de Córdoba y no pude abandonar sus 500 páginas hasta que les di fin.

Nunca había leído una novela epistolar, ni sospechaba que se llamaban así las ficciones formadas por cartas. Ávidos de comunicar sus afectos, los personajes leen y escriben cartas todo el tiempo. Más de 300 novelas epistolares se publicaron en Inglaterra entre 1740 y 1800. Y la Pamela tuvo un éxito instantáneo. La nueva Eloísa fue otro clásico de la novela epistolar, que Rousseau publicó en 1761.

Las cartas permitían una exposición de los sentimientos de manera convincente y “natural”, sin intermediarios

En la intimidad de esas cartas se mezclaban los afectos, los consejos, los juicios y las dudas. Permitían, sobre todo, una exposición de los sentimientos amorosos de manera convincente y “natural”, porque los amantes se comunican largo y tendido, sin intermediarios. Y los lectores los espiamos. El tiempo que transcurre entre el ir y venir de las cartas acostumbra a sus lectores a la espera, ya que la acción avanza solo en la medida en que una carta llegue en contestación de la anterior. No hay ficción fuera de esa pausada forma que a la intriga le impone el suspenso del tiempo en su transcurrir.

Las cartas hacen posible un nuevo tipo de subjetividad novelesca, que sigue los movimientos internos de una conciencia en debate consigo misma, entregada a la turbulencia de sensaciones que la obligan a enfrentarse con alternativas psicológicas y morales, institucionales y personales, públicas y privadas. Las cartas dan la palabra al personaje, quitándosela a un narrador colocado por encima. Las novelas epistolares tienen, por supuesto, un autor, pero nunca un narrador diferente a quien escribe las cartas para contar sus sentimientos o su vida a otro, que responde con lo que siente al leer lo que ha recibido. En esas ficciones, tanto el que escribe como el que lee tienen tiempo para pensar.

Las cartas son la forma de una introspección compulsiva: “Me gusta tanto escribir que, cuando estoy sola, no puedo quedarme quieta sin una pluma en la mano”, confiesa Pamela en la novela de Richardson. Y, en efecto, Pamela, como Julie y Saint-Preux de La nueva Eloísa, es verdaderamente una grafómana. Los libertinos de Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos, publicada en 1782, también son fanáticos de la escritura.

En 1774, el Werther de Goethe marcó una culminación estética y una ola de sentimentalismo. El enamorado, pese a todos los obstáculos que enfrenta o, quizá, a causa de ellos, escribe para repetir que vive en “estado de amor”. Hoy se diría que es un romántico. Sobre esto, en Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes subrayaba: “Una sola información sigue sucesivas variaciones, como un tema musical: pienso en ti”.

Las de Werther son cartas que exponen las invariables vicisitudes de una pasión. Su materia es la reiteración incesante del amor, sin principio ni fin, sin trama, en su pura manifestación subjetiva. No son revelaciones de un secreto ni narraciones de actos, sino efusiones. Cuentan un padecer, no un hacer. Lo que le sucede al enamorado no responde a leyes que éste haya conocido antes. Se trata de una “fuerza misteriosa”, un sonambulismo, un estado del alma “frenético e ilimitado”, un “vértigo” que hace desaparecer el mundo: “Ya no sé cuándo es de día, ni cuándo de noche, y el universo ha desaparecido a mi alrededor”, escribe Werther. En lugar de atiborrar la historia con anécdotas y personajes secundarios, Goethe se concentra y apuesta a que sus lectores también puedan concentrarse, porque las únicas aventuras de Werther transcurren en el agitado mundo de sus sentimientos. El éxito de la novela fue no solo estético. En la sociedad letrada de aquellos años, las cartas fueron la forma pública del amor.

Trescientos años después miramos esos restos como objetos estéticos. A muchos les resultan arcaicos y pretenciosos. Entre esas cartas y el presente, las novelitas sentimentales del tipo Corín Tellado fueron limando complicaciones. Y en la era de Facebook, hombres y mujeres no están obligados a escribir de ese modo para expresar sus sentimientos. Colgada en las redes sociales, una carta de Goethe o de Lamartine parecería una disparatada pedantería. Las mujeres saben que un selfi en las poses requeridas por la anatomía delantera y trasera vale más que un escrito poético medio indescifrable. Facebook es un espacio de igualdad. Moverse allí no exige saber literatura, y ni siquiera hay que saber ortografía, para echar a volar en público los sentimientos.

Hemos conquistado la democracia de la escritura.

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