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Columna
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Lo que no puede comprenderse

Ante el último libro de Antony Beevor, me doy cuenta de que sabía en realidad mucho menos de lo que imaginaba sobre la Revolución Rusa, en parte por simple falta de información, pero sobre todo por la dimensión del horror

Estatua del revolucionario Félix Dzerzhinski, fundador de la Cheka, en Kiev.
Estatua del revolucionario Félix Dzerzhinski, fundador de la Cheka, en Kiev.Tim Smith (Tim Smith/Panos Pictures / Panos Pictures / ContactoPhoto)

No hay “imaginaciones desbordantes”. La imaginación tiene límites mucho más severos de lo que parece. El físico Richard Feynman decía que es mucho más valioso imaginar lo que existe que imaginar lo que no existe. El método científico permite imaginar lo mesurable y concreto con bastante precisión, pero más allá de esas certezas, que sin embargo nunca despejan la penumbra de lo indeterminado, delante de la imaginación se extiende una gran oscuridad que es la de los extremos de la naturaleza humana y la de los límites de nuestra capacidad de comprender. El aficionado a la historia acepta que hay hechos del pasado que pueden conocerse de una manera razonable, y otros de los que nunca vamos a tener una información suficiente, y también muchos otros de los que no ha quedado rastro documental ni material. Pero incluso lo que damos por conocido, lo que sucedió no hace demasiado tiempo, se revela lleno de incertidumbres y de espacios en blanco cuando queremos mirarlo con cierto detalle: entonces nos abruma la amplitud de todo lo que ignorábamos, y nuestro amor por el conocimiento histórico se fortalece, al mismo tiempo que apreciamos sus limitaciones.

Las opiniones son baratas y fáciles, surgen con falsa brillantez en el chispazo de una ocurrencia. Los hechos, los datos, los detalles requieren una búsqueda ardua llena de paciencia, adiestrada en la disciplina de la investigación. El historiador va componiendo el diseño de un rompecabezas, las teselas insuficientes de un mosaico en el que ya otros trabajaron antes que él, y que sin duda seguirán completando sus continuadores, y a veces corrigiendo, porque se trata de una tarea que no acaba nunca. Para el historiador, la imaginación, anclada en los hechos, es un instrumento de trabajo, porque le permite establecer hipótesis fundadas sobre la forma completa de un paisaje temporal que es siempre fragmentario; y también porque hace falta un esfuerzo de la imaginación para intentar comprender las vidas que habitan en el relato histórico, para ponerse tentativamente en el lugar de quienes protagonizaron o sufrieron o presenciaron los hechos. Pero siempre habrá un punto más allá del cual ni el conocimiento ni la imaginación pueden aventurarse; y hasta habrá algo de usurpación en la seguridad con que alguien que no ha vivido ciertas cosas extremas pretenda revivirlas, o fingir que las siente, que las comprende del todo.

Novelas, libros de memorias, documentales, películas de ficción hacen posible una familiaridad que muchas veces ha tenido más de mitología que de conocimiento

Un aficionado a la historia del siglo XX tiende a suponer que conoce razonablemente los tiempos de la Revolución Rusa de 1917, de la guerra civil, de la toma del poder de los bolcheviques. Novelas, libros de memorias, documentales, películas de ficción hacen posible una familiaridad que muchas veces ha tenido más de mitología que de conocimiento. En los cineclubes universitarios de nuestra juventud veíamos copias deficientes de El acorazado Potemkin y de Octubre, y el esplendor visual de Eisenstein nos envolvía en vendavales de fervor épico y en el malentendido colosal de que los bolcheviques liderados por Lenin habían derribado la autocracia zarista. Ahora leo con una especie de obstinación sombría Rusia: Revolución y guerra civil, 1917-1921, el último libro de Antony Beevor, y me doy cuenta de que sabía en realidad mucho menos de lo que imaginaba, en parte por simple falta de información, pero sobre todo porque la dimensión del horror que se abatió sobre el país en esos años es tan exorbitante que no hay una imaginación que pueda abarcarlo, ni razón que pueda comprenderlo. Entre 6 y 10 millones de seres humanos calcula Beevor que murieron de muerte violenta en esos cuatro años, dejando aparte los muertos innumerables por el hambre y las epidemias que se abatieron sobre el antiguo imperio ruso como en un apocalipsis de peste medieval. La ortodoxia ideológica en la que muchos de nosotros nos educamos durante un cierto tiempo dictaba que la revolución acaudillada por Lenin se volvió opresiva y criminal durante los años de las purgas de Stalin, quien habría pervertido con su tiranía personal un proyecto noble de emancipación y justicia social. Pero Lenin, como recuerda Beevor, tuvo desde la toma del poder una fría determinación genocida que cobró forma inmediata en la creación de la Cheka, una policía política dedicada a la práctica planificada del terror, a la tortura y la eliminación física de cualquiera a quien se designara como enemigo, adversario, simple sospechoso. Un eminente historiador español, José María Faraldo, ha investigado de primera mano la historia terrible de la Cheka y sus sucesivos derivados en la Unión Soviética y en los países del bloque comunista.

Pero en el libro de Beevor, como en el de Faraldo, hay momentos en que el lector advierte el choque de la conciencia del historiador con esa zona de negrura en la que el conocimiento ya no basta y la imaginación se paraliza. A Beevor le sucede cuando cuenta los extremos de ensañamiento a los que llegaron por igual los miembros de la policía política bolchevique y los combatientes rojos y blancos en los campos de batalla y en las retaguardias de la guerra civil. “Europa no había visto una crueldad tan ostentosa, utilizada como arma de terror, desde las guerras de religión”, dice Beevor. Pero a continuación solo tiene preguntas: “¿De dónde vinieron los extremos de sadismo: hacer pedazos con el sable, cortar con cuchillos, quemar y hervir, arrancar las cabelleras en vivo, clavar las charreteras de los uniformes a los hombros, sacar los ojos, empapar a las víctimas en invierno para que mueran congeladas, castrar, eviscerar, amputar…? ¿Acaso la retórica del odio político había intensificado hasta un extremo inaudito el furor de la venganza?”.

En Pasternak, en Marina Tsvetáieva, en Isaac Babel, en Iván Bunin hemos podido atisbar, siempre muy desde lejos, algo del horror de aquel tiempo, del derrumbe súbito de todo, de la llegada del hambre y de las epidemias, de la irrupción de un sistema político dispuesto a inmolar millones en vidas humanas en nombre de una utopía milenarista de emancipación universal. En sus despachos del Kremlin, en medio del caos de la guerra civil, Lenin y Trotski miraban mapas de Europa y esperaban que de un momento a otro estallaran otras revoluciones soviéticas en Budapest, en Berlín, en París, en Varsovia. En esa atmósfera de criminalidad y delirio, el jefe de la Cheka, Félix Dzerzhinski, borracho en la fiesta de fin de año de 1918, ofreció su pistola a Lenin y a Kámenev y les pidió que lo mataran, gritando: “He derramado tanta sangre que ya no tengo derecho a seguir viviendo”.

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