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La guerra y el mestizaje explicados a mi hijo

La historia rara vez ofrece un relato sencillo con el que saciar nuestra necesidad de defender e identificarnos con un grupo de humanos a expensas de otro

Un árbol en el río Dnieper, donde comienza el Canal de Crimea del Norte, en mayo de 2021 en Nova Kakhovka, Ucrania.
Un árbol en el río Dnieper, donde comienza el Canal de Crimea del Norte, en mayo de 2021 en Nova Kakhovka, Ucrania.Pierre Crom (Getty Images)

Me he topado con varios textos últimamente que recomendaban leer a Nikolái Gógol (1809-1852) para entender mejor la relación entre Rusia y Ucrania. Al fin y al cabo, Gógol, que es considerado uno de los maestros de la literatura rusa, era de origen ucranio. Su Tarás Bulba es una oda a los cosacos, concretamente, los zapórogos, que poblaban las llanuras de lo que hoy es Ucrania; literalmente, la “región fronteriza”, de acuerdo con la mayoría de diccionarios etimológicos. En la cultura y hábitos de los cosacos, escribe Gógol, “el carácter ruso había alcanzado un amplio y poderoso vuelo, una vigorosa expresión”. A través del personaje de Bulba, Gógol canta las delicias de la guerra, ensalza la virilidad excepcional del cosaco y alaba la belleza de las tierras del Dniéper, ofreciendo su particular visión de la idiosincrasia rusa que bebe de la ucrania que, a su vez, se confunde con la cosaca. Gógol brinda, asimismo, una descripción épica, no sin cierto tono caricaturesco, de las asambleas democráticas guerreras cosacas. Unidas entre ellas en una suerte de estructura federal, estas comunidades lograron conservar su independencia a lo largo de los siglos, aliándose unas veces con los grandes señores polacos y lituanos, otras con el zar ruso, siempre contra los “infieles”. “La historia nos enseña cómo las incesantes luchas y azarosas vidas [de los cosacos] salvaron a Europa de irresistibles incursiones que amenazaban con destruirla”, escribe Gógol.

Al igual que sucede en otras regiones fronterizas donde se han cruzado grandes pueblos e imperios, resulta difícil definir exactamente quién es de qué origen en esta región del continente euroasiático. Quizá por ello existe un afán todavía mayor por delimitar las identidades étnicas y culturales de las personas y los grupos que la habitan. Es notable, asimismo, la diversidad de interpretaciones históricas sobre las responsabilidades de cada grupo —­rusos, ucranios, lituanos, cosacos, turcos, etcétera— en generar y resolver los conflictos que han golpeado a este territorio en el tiempo.

En medio de estas reflexiones, una mañana, mientras desayunábamos, a mi hijo se le inundaron los ojos de lágrimas. Hablaba con su padre, mexicano, de la conquista de México y no entendía cómo era posible que hubiera habido “mexicanos” que ayudaran a los españoles a conquistar su propio territorio. Quería claridad, quería escuchar que, mientras sus ancestros españoles lucharon para conquistar la tierra de sus ancestros mexicanos, éstos resistieron valientemente hasta el final. Su padre trataba de explicarle que en aquel momento había “mexicanos”, como los tlaxcaltecas, que estaban sometidos a otros “mexicanos”, los aztecas, y que vieron en los españoles la oportunidad de deshacerse de su yugo. Hasta que entendieron que iban a ser sometidos al yugo de los españoles.

Muchos, quizá una mayoría de nosotros, somos mestizos e incluso pertenecemos, al menos simbólicamente, a grupos que en su momento estuvieron en conflicto o sometidos al poder el uno del otro

Mi cabeza quiso ligar la lectura de Tarás Bulba con la reacción emocionada de mi hijo descubriendo las fisuras en la resistencia de sus ancestros mexicanos contra sus ancestros españoles. Me reafirmaba en la vieja idea de que la historia rara vez ofrece un relato sencillo con el que saciar nuestra necesidad de defender e identificarnos con un grupo de humanos a expensas de otro. Por supuesto, las guerras y las conquistas no las suelen iniciar ni los grupos de personas ni las personas individualmente, sino sus líderes a los que no queda, normalmente, más remedio que seguir en su empresa. En ese trazar y retrazar de fronteras que acompaña a los actos bélicos y las ocupaciones, las personas de orígenes geográficos y culturales distintos nos hemos mezclado; a veces, espontáneamente, otras por necesidad, incluso imposición. Muchos, quizá una mayoría de nosotros, somos mestizos e incluso pertenecemos, al menos simbólicamente, a grupos que en su momento estuvieron en conflicto o sometidos al poder el uno del otro. Sin embargo, no escapamos a la necesidad de continuar diferenciando y trazando límites entre los distintos orígenes, lenguas y tradiciones que hemos recibido de nuestros antepasados. Se suele enfatizar que el mestizaje supone fundir tradiciones y crear culturas nuevas con características propias, pero conviene señalar que también sirve para realzar y conservar las características de cada uno de estos legados por separado. Pensemos, por ejemplo, en los giros de un español de antaño que todavía se utilizan en algunos países de Latinoamérica. O en la mayor importancia que pueden llegar a tener celebraciones como la fiesta de San Patricio fuera de su país de origen entre los descendientes de migrantes irlandeses. O en el rigor a menudo superior de los practicantes de religiones mayoritarias en países donde son minoritarias. Si asumimos una perspectiva mestiza, nuestra principal diferencia con aquellos que buscan imponer con violencia la cultura y los hábitos de un grupo sobre otro es que pensamos —y sabemos— que se pueden cultivar simultáneamente distintas nacionalidades, lenguas y tradiciones y que es posible sentirse bien y enorgullecerse de todas ellas. Desgraciadamente, cada nueva guerra vuelve a echar por tierra esta perspectiva.

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