TRIBUNA LIBRE
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Momento monumento

En un encuentro con Francesc Tosquelles, en Juanito El Dorado de Barcelona, seguramente, Helios Gómez recitó a Lorca y proclamó el parentesco entre la poesía popular y la lucha política revolucionaria

Francesc Tosquelles en Saint-Alban, alrededor de 1944-1945._Imagen de los archivos de la familia Tosquelles.
Francesc Tosquelles en Saint-Alban, alrededor de 1944-1945._Imagen de los archivos de la familia Tosquelles.ROBERTO RUIZ

Se trata de encontrar los momentos. Hay toda una serie de situaciones, de acontecimientos secretos, de momentos en los que el mundo cambia, o mejor, un mundo cambia. Es difícil encontrar esos momentos. Pero existen. Enfáticamente podríamos llamarlos cortes epistemológicos, pero no, su vocación es menor, como cuando Deleuze habla de literatura menor. Son hechos despreciados, a menudo rebajados a la categoría de anécdotas. Son momentos en los que se alumbra una idea, surge un afecto, algo nos conmueve y cambia el mundo.

Hay momentos en la vida en que vemos algo, leemos algo, alguien nos besa y sus consecuencias son irreversibles

En el tiempo, tienen un funcionamiento similar a la mariposa que batiendo sus alas en el mar de China provoca maremotos en Europa. Hay momentos en la vida en que vemos algo, leemos algo, alguien nos besa y sus consecuencias son irreversibles. Después de eso, todo cambia. Hay cosas que nos modifican y no podemos hacer nada con ese saber, con ese amor, con ese lo que sea. Igual no nos damos cuenta. Pero, a la larga, sus consecuencias son devastadoras, en ese sentido monstruoso que se le da a la palabra. Porque una “devastación” es lo máximo, el revés constructivo de la vida. A la fortuna de localizar esos momentos dedicó Borges mucho de su talento. El que aquí les cuento es de distinto signo, pero de consecuencias similares. Se trata, en efecto, de un descubrimiento mineral que después reposará en la colada de útiles y herramientas. Un guijarro perdido que acabará como componente de nuestras computadoras, de nuestros aparatos ópticos.

Según la correspondencia que guarda Gabriel Gómez, hijo del artista Helios Gómez, el entonces joven psiquiatra Francesc Tosquelles, vinculado al Bloc Obrer i Camperol (BOC), trató a su padre en dos ocasiones. No hablamos de trato médico, sino de trato humano, aunque el propio Tosquelles intentó no diferenciar estos dos campos. Eran camaradas, podría decirse. En una de esas veces, Helios disparaba desde las ventanas del rectorado de la Universidad de Barcelona que habían ocupado para proclamar la “república de estudiantes, campesinos y obreros”. Tosquelles cree recordar que no hubo víctimas, quizás recuerda un caballo de la policía herido. Estábamos a principios de los años treinta y una ola revolucionaria atravesaba el país. Me refiero a España y a Cataluña, pues Tosquelles y Gómez consideraban que había una diferencia importante entre las dos naciones. En la segunda ocasión, con gente del POUM y la CNT fueron a Juanito El Dorado —la Sociedad Flamenca El Dorado todavía hace en Barcelona la mejor programación de flamenco del país— y disfrutaron allí de cantes y bailes flamencos. Helios Gómez, seguramente, recitó a Lorca y proclamó, en un discurso habitual en Helios, el parentesco entre la poesía popular espontánea y la lucha política revolucionaria, entre el discurso oral del romancero y la potencia para las transformaciones sociales necesarias. La forma de ser, la vida artista, la vida que merece ser vivida tiene que conjugar esa locución musical de la palabra con las transformaciones antropológicas necesarias para el animal humano.

Tosquelles subraya que aquella velada en El Dorado nunca la había olvidado. Una empieza entendiendo como política la poesía popular y acaba democratizando las instituciones

“Sus dibujos, cómo él mismo, aparecieron en mí como revelando lo contrastado rítmico de la vida misma”, escribe Tosquelles refiriéndose a Helios Gómez. Apunta también algún análisis crítico para esa formas populares que caen en la cumbre del narcisismo cuando no se conjugan de forma política, revolucionaria, dice literalmente. Pero Tosquelles se refiere a ese momento inaugural, a la aurora que despertó ese conato con Helios Gómez recitando flamenco. “Quizá guardé de allí algunas ideas que se han ido insinuando en mi práctica, desde una perspectiva de arraigo humano y experiencia social”, recuerda vívidamente Tosquelles, quién subraya que aquella velada en El Dorado nunca la había olvidado. Una empieza entendiendo como política la poesía popular y acaba democratizando las instituciones. Les dejo sus palabras: “Otra vez, con sus amigos políticos nos fuimos a casa de Juanito El Dorado, donde se bailaba y cantaba flamenco, se habló de las relaciones que existen entre el baile y la poesía espontánea con la proyección revolucionaria”.

Yo llevo años intentando explicar el trabajo de Helios Gómez a través de ese mismo momento, intentando entrever la importancia de ese momento, sí, ahora me doy cuenta. El ciclo de exposiciones en torno a Helios Gómez, comunista libertario, gitano flamenco y realista de vanguardia, todo lo que se mostró en La Virreina de Barcelona como Días de ira y que se verá en septiembre en Sevilla como El sol desaparecido, todo eso no intenta sino dar alcance a ese momento que, ahora lo veo claro, Tosquelles pudo tocar directamente en Helios Gómez. Además, ahora, las exposiciones —en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, en otoño en el MNCARS de Madrid— que Joana Masó y Carles Guerra han realizado sobre Tosquelles bajo el acertado título Como una máquina de coser en un campo de trigo no hace más que seguir dando cuenta de ese momento trascendente, sí, podríamos decirlo así, las ondas de una piedra caída en un estanque: Dubuffet y el art brut, el psiquiatra Frantz Fanon y Saint-Alban, Félix Guattari y La Borde. Etcétera.

Puedes seguir a BABELIA en Facebook y Twitter, o apuntarte aquí para recibir nuestra newsletter semanal.

Contenido exclusivo para suscriptores

Lee sin límites

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS