Dos fotógrafos que capturan la cara oculta del rostro humano

Roger Ballen y Jacques Sonck, cuyas obras se exponen en el Festival de Fotografía de Castilla y León, miran a la figura del ‘outsider’ desde distintas perspectivas

'Sargento F. de Bruin. Empleado del Dpto. de Prisiones. Estado libre de Orange', 1992.
'Sargento F. de Bruin. Empleado del Dpto. de Prisiones. Estado libre de Orange', 1992.ROGER BALLEN

Sargento F. de Bruin. Empleado de Dpto. de Prisiones. Estado libre de Orange es uno de los retratos más conocidos de la obra de Roger Ballen (Nueva York, 1950). Pertenece a la serie Platteland (1986-93), realizada por el fotógrafo, residente en Sudáfrica, con el propósito de visibilizar a una parte de la población blanca y rural que vivía en los márgenes, ajenos a los privilegios ofrecidos por el Apartheid. Las enormes y desproporcionadas facciones del rostro de este funcionario de triste mirada perruna parecen no corresponder a su cuerpo menudo, ni tampoco a la imagen de un ejecutor de la supremacía blanca. Captan de inmediato la atención del espectador. Sin embargo, el fotógrafo asegura que fue el alambre retorcido (una de las obsesiones del autor), que cuelga detrás, a la altura de los ojos y las orejas del sujeto, lo que más atrajo su mirada. Dice no estar interesado en personajes que solamente atrapen su atención visualmente, sino en aquellos que sirvan de detonante para que el espectador escarbe en lo más profundo y oscuro de su propia psique.

Geólogo y psicólogo de formación, tras cinco décadas de trayectoria, Ballen se describe a sí mismo como un fotógrafo psicológico y existencial. Su fama internacional llegó a través de una obra perturbadora cuyos protagonistas son a menudo los outsiders de la sociedad sudafricana. Gente que vive en la pobreza, muchos de ellos discapacitados o mentalmente inestables, blancos, por lo general, y con frecuencia retratados en las destartaladas moradas que habitan, donde actúan desafiando al sentido común. Una obra que con el tiempo se ha ido cargando de metáforas y de teatralidad, dejando de un lado la figura humana para incorporar animales, (que nos recuerdan que solo somos otra especie más en la Tierra), dibujos y esculturas, que ofrecen una narrativa mucho más compleja y abstracta que en ocasiones difumina la frontera entre la realidad y la ficción. “Mi fotografía no trata ni de la gente ni de los lugares que en ella aparecen. No documentan una realidad política o social. Es esencialmente una experiencia psicológica”, afirma el fotógrafo durante una videoconferencia. El autor figura como uno de los protagonistas de la segunda edición del Festival Internacional de Fotografía de Castilla y León con una exposición titulada El mundo según Roger Ballen. Compuesta por 50 fotografías pertenecientes a sus series más representativas, prevalecen en ella seis temas que han ayudado a configurar la mirada del autor (alambres, personas, animales, lo real frente a lo irreal, dibujos y color).Todo ello queda inscrito en una estética a la que él mismo ha venido a llamar ballenesca.

Dentro de la misma sala, y también como parte del festival, se encuentra la obra de Jacques Sonck (1949, Gante, Bélgica). Bajo el título de Retratos, se muestran 40 fotografías pertenecientes a una sola serie en curso, iniciada en los años setenta. “Me interesa la gente que destaca visualmente”, afirma el fotógrafo belga durante una conversación telefónica. “Cualquier persona que sobresalga de la norma en su apariencia. De cualquier edad, genero y raza. Marginales o no. En principio tengo una clara visión de lo que persigo, pero me dejó sorprender. En realidad busco la extrañeza. Y la enfatizo dentro de un marco”.

'Deinze', 1983. Jacques Sonck  / Cortesía Gallery FIFTY ONE.
'Deinze', 1983. Jacques Sonck / Cortesía Gallery FIFTY ONE.Jacques Sonck (Cortesía Gallery FIFTY ONE)

Si algo comparten Ballen y Sonck es su temprana afición por la fotografía. El norteamericano creció entre las fotografías de los grandes fotoperiodistas de la época que colgaban en las paredes de su casa. Su madre trabajaba para Magnum y a menudo se codeaba con Cartier-Bresson y Kertész. El interés por el medio fotográfico también surgió pronto para el fotógrafo belga; a los doce años quedó embelesado por la belleza de las cámaras fotográficas expuestas en el escaparate de un centro comercial. Si Ballen describe su estilo como “ficción documental”, Sonck se define a sí mismo como “un fotógrafo documental de retratos”. Así, sale a las calles en busca de modelos a quienes nunca pregunta su nombre (Amberes, Gante y Bruselas suelen ser sus centros de acción). Algunos posaran de forma espontánea, tras buscar un fondo neutro que descontextualice al sujeto y enfatice su peculiaridad. Otros acudirán al estudio del fotógrafo, donde los modelos caen bajo su control. Mediante el uso de focos esculpirá sus facciones. En ambas situaciones su mirada se mantiene neutra y distante. Sin ridiculizar, pero también sin melancolía. “Sin emitir ningún juicio”, asegura el autor, contraviniendo aquello que decía Richard Avedon en referencia al arte del retrato: “En el momento en que una emoción o un hecho se transforma en una fotografía deja de ser un hecho para convertirse en una opinión”. A veces, Sonck se centra en un solo detalle, podrían ser las medias o el brazo de su modelo. Las sesiones no suelen durar más de 15 minutos. Sus fotografías carecen de título, van acompañas tan solo de la fecha y el lugar donde fueron disparadas. “No necesitan de mucha información”, advierte. “Me interesa más que el espectador haga uso de su imaginación para completar la historia. Cualquiera que pose para mí es importante. Todos son diferentes pero merecen el mismo trato y respeto”, asegura.

Imagen de la exposición 'Retratos', de Jacques Sonck en la sala expositiva de Unicaja, Palencia. Foto: Alice Brazzit / Fifcyl.
Imagen de la exposición 'Retratos', de Jacques Sonck en la sala expositiva de Unicaja, Palencia. Foto: Alice Brazzit / Fifcyl.Alice Brazzit (Fifcyl)

Tanto la obra de Ballen como la de Sonck han sido comparadas con la de Diane Arbus, algo en lo que el primero no parece estar muy de acuerdo, señalando al escritor Samuel Beckett como la influencia clave de su trayectoria “Mi obra evoca lo absurdo de la condición humana”, dice Ballen. “En realidad todo el mundo somos outsiders en el terreno psicológico, y de ahí vivimos en cierto modo en los márgenes. No podemos predecir qué es lo que va a pasar, ni controlar la mayoría de las cosas de la vida. Pensar que uno tiene el control es una ilusión”. Algunos de sus críticos han querido destacar una falta empatía con sus protagonistas en su énfasis de lo extremo y lo grotesco, algo que también le ocurrió a Arbus, cuando Susan Sontag quiso ver una posición de privilegio y superioridad a la hora de retratar “gente patética, que despierta compasión, así como repulsiva”. Ballen se defiende alejándose de las definiciones tradicionales de la belleza. “En mi cabeza, aquellos a los que nos referimos como bellos tradicionalmente tienen sus propias perturbaciones”, señala. “Yo puedo hacer de cualquiera un ser marginal en mis fotografías, aunque no lo sea. Puedo transformarle dentro de una estética psicoballenesca. Pongamos por ejemplo a Picasso, sean quienes sean sus retratados se convierten en picassianos. La buena fotografía es como hacer una pintura”, dice con rotundidad.

Existe algo muy primitivo en las imágenes de Ballen, que trasladan al lector a la pintura de las cavernas. “Mis imágenes son multidimensionales y arquetípicas”, explica. “Una de las razones por las que la gente no se olvida de ellas es precisamente por este componente arquetípico que se encuentra en el significado y en la forma. Así, el espectador, en su subconsciente, logra en cierto modo reconocer la cueva, o algo más primitivo, y reconocerlo como parte de su desarrollo evolutivo. Estas son cosas difíciles de probar. Las imágenes pueden ser tan primitivas como sofisticadas. Estas llenas de opuestos, son oscuras e inquietantes al tiempo que contienen comedia y humor. Lo bello y lo feo conviven en ellas. No existe una única palabra capaz de expresar la convivencia de estas dualidades”. El autor echa mano de los aspectos biológicos y psicológicos de la condición humana para recordarnos que no somos tanto una construcción social como el resultado de años de un proceso evolutivo, y nuestros instintos más primarios siguen ahí, en lo más profundo de nuestro ser.

Para Ballen, la palabra más profunda de nuestro vocabulario es nada. “Nada es muerte. Y el mayor temor que experimenta cualquier ser es la muerte, normalmente nadie quiere morir”, argumenta. “El gran misterio es de dónde venimos y adónde vamos, así siempre estamos tratando con la nada. No nos libramos de ella. Lo intentamos pero inconscientemente la idea determina nuestro comportamiento y el de todos los animales”.

Retratos. Jacques Sonck. Sala de Exposiciones Unicaja. Palencia. Hasta el 29 de mayo.

El mundo según Roger Ballen’. Sala de Exposiciones Unicaja. Palencia. Hasta el 29 de mayo.

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