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Don Rodrigo no murió en Guadalete

‘Espada, hambre y cautivero. La conquista islámica de Spania’ reconstruye la invasión musulmana analizando los textos árabes y confrontándolos con los cristianos y las evidencias arqueológicas

Espada, hambre y cautivero. La conquista islámica de Spania
'Don Rodrigo cabalgando a lomos de un caballo blanco en la batalla del Guadalete' (1858), óleo de Marcelino de Unceta y López.
Vicente G. Olaya

Conclusión: ni existió Guadalete, ni don Rodrigo murió ahogado o lanceado junto a este río gaditano. Reconstruir la historia a partir de textos escritos años o siglos después de los hechos resulta una cuestión complicada cuando no imposible. Sin embargo, Yeyo Balbás (Torrelavega, 1972), en su magnífico Espada, hambre y cautiverio. La conquista islámica de Spania hace un esfuerzo por recomponer el puzle cronológico que supuso la invasión musulmana de la península Ibérica. Y lo hace, a diferencia del conocido e inexacto relato desde el lado cristiano, con el análisis de los documentos árabe-bereberes, recordando que también el discurso de los islámicos es tan impreciso y manipulado como el de sus enemigos. “A nivel metodológico, la interpretación de las fuentes exige un proceso inicial de crítica textual y cribado para soslayar los topoi [figuras retóricas] y los pasajes legendarios. El alto número de contradicciones al mismo tiempo implica que las consabidas citas a las fuentes carecen de valor probatorio”, escribe el historiador.

Que las guerras, además de batallas, muerte y destrucción, también comportan la manipulación informativa es algo innegable, pero en el caso de este hecho histórico la tergiversación de la verdad no solo se mantiene durante la duración de su periodo cronológico, sino que se extiende hasta la actualidad. Políticos e historiadores han retorcido la historia para acoplarla a sus intereses, profesionales o ideológicos. Se ha llegado, incluso, a negar la existencia de la batalla de Covadonga o la presentación de la invasión musulmana como un acto acordado con el reino visigodo, una especie de “transferencia de soberanía pactada” en la que los soldados bereberes vendrían a formar parte de un movimiento migratorio como los actuales.

Por eso, Balbás lleva al lector directamente hasta final de los reinos de Witiza y Rodrigo, inmersos en el llamado “morbo gótico”, esa costumbre de los nobles nórdicos de asesinar a aquellos reyes que “no eran de su agrado”. Y de allí, el ensayista se retrotrae al inicio de un movimiento político-religioso que se inicia con La Hégira, el viaje de Mahoma desde la Meca a Medina en el año 622, un momento donde la demanda de los productos suntuarios de Asia está a la baja y provoca la desesperación de sus pobladores. “El Corán menciona el colapso de la civilización de los Zamud y de los Ad como castigo divino” y a medida que los Estados árabes se desintegraban por falta de recursos, las estructuras tribales se fortalecían. La organización social, tanto de los pueblos nómadas como de los sedentarios, se transforma en la qabila, una tribu formada por individuos que compartían un ancestro común, ya fuera real o mítico, y que se dividía, a su vez, en clanes y familias. “El Islam”, dice el autor, “no es solo una religión, sino también un proyecto político, un modelo de Estado, un conjunto de leyes, la sharía, un credo con una marcada tendencia a regir la vida cotidiana del creyente, desde la indumentaria hasta la dieta”. Y los árabes lo extienden a su paso, al precio que sea.

En el año 627, Mahoma ya dominaba buena parte de la península Arábiga, momento en el que comienza la gigantesca y violenta expansión. “Una guerra sacralizada que fue acompañada de recompensas, tanto en este mundo como en el Mas Allá; jardines perfumados con alcanfor en los que manan ríos de leche y miel, donde se satisfará cada deseo de los mártires y, adornados con brazaletes de oro y ropas de seda, descansarán en lechos servicios por doncellas de grandes ojos, todas amorosas y vírgenes. Unos versos tan exuberantes encendieron la imaginación de generaciones venidas y los hadices [narraciones del Profeta recogidas por sus compañeros] magnificaron una y otra vez los placeres del Más Allá”.

El progreso hacia la Spania goda fue rápido tras arrebatar los árabes Egipto y Jerusalén a los bizantinos. El avance hacia el Atlántico resultó imparable hasta llegar a Ifriquiya (actual Túnez) y de allí a las columnas de Hércules, a Ceuta, el último reducto godo antes de Europa. Y aquí, Balbás emprende la reconstrucción de los hechos partiendo de los ajbar (crónicas con base oral). “Es posible que los tradicionalistas alterasen el orden real [de los hechos]”, detalla, “o que presentaran como inmediatos los que ocurrieron en años distintos. La adulteración de los hechos históricos no responde tanto al deseo deliberado de manipular la memoria histórica, sino al resultado del proceso de compilación y sistematización, a la necesidad de abrir contenidos y ampliar otros, de superar contradicciones, de establecer una cronología”.

Se sabe que Tariq inició la incursión en Spania con solo 7.000 hombres, tras desembarcar en Gibraltar, entre el 24 de abril y el 23 de mayo del 711. En ese momento, el rey Rodrigo se hallaba en Pamplona luchando contra los vascones, por lo que se vio forzado a cruzar la Península de norte a sur (más de mil kilómetros), al tiempo que el caudillo bereber ―si lo era, ya que nadie sabe su origen cierto― recibía otros cinco mil hombres como refuerzo. En julio del 711, se libró la célebre e inexistente batalla de Guadalete.

Portada de 'Espada, hambre y cautiverio', de Yeyo Balbás.
Portada de 'Espada, hambre y cautiverio', de Yeyo Balbás.

Lo primero que hizo Tariq fue apoderarse de la bahía de Algeciras, escasamente protegida. Rodrigo respondió con un “ejercito [de unos 14.000 hombres] encabezado por los estandartes y un relicario dorado cruciforme con un fragmento de la cruz en la que había muerto Cristo, donada por el papa Gregorio I al rey Recaredo en el 599. Mientras sus huestes marchaban hacia el sur, cruzando el puente romano de Toledo, los religiosos entonan el himno litúrgico In profectiones exercitus”, explica el historiador. “La popularmente conocida como la batalla de Guadalete, en realidad no tuvo lugar en ese río”, sino en el conjunto de sierras que rodea por el norte y noreste la bahía de Algeciras, junto a la laguna de La Janda, un humedal de 4.000 hectáreas situado al norte de Tarifa, desecado a mediados del siglo pasado para obtener tierras de uso agrario”. Lo del río Guadalete tiene su origen en obras del siglo XIII, aunque en el XIX ya se puso en duda la ubicación. Pero el enorme prestigio de Claudio Sánchez Albornoz y su Estudio sobre la invasión de los árabes en España (1891) devolvió a Guadalete su preeminencia.

La pregunta es ¿por qué Rodrigo aceptó librar una gran batalla cuando esto contradecía la filosofía militar imperante? Siempre resultaba mejor desgastar al enemigo y esperar el momento propicio. La respuesta es que “en el reino visigodo imperaba una concepción providencialista acerca de la guerra, ya que el desenlace de una contienda suponía una manifestación de la voluntad divina. Los imperativos del honor exigían respuestas inmediatas y contundentes ante cualquier agresión, de acuerdo a la ley del talión. Tal vez, [el honor] estuviera presente en las decisiones de Rodrigo, necesitado de prestigio y legitimidad, tras ceñir la corona de forma violenta”.

“La derrota en el lago resultó completa y sin paliativos. Ahogado en la laguna, el cadáver del rey jamás fue encontrado, aunque sí algunos ornamentos y arreos del caballo”, según algunos relatos árabes. Sin embargo, la Crónica de Alfonso II afirma que, un siglo y medio después, cuando el reino asturiano repobló la ciudad de Viseo, en Portugal, se descubrió un sepulcro cuya inscripción decía: ‘Aquí yace Rodrigo, el último rey de los godos”. Nunca se ha podido comprobar.

No fue hasta siete años después de la derrota, en el 718, donde Sánchez Albornoz ubica el inicio de la rebelión astur y sitúa la batalla de Covadonga en el 722. “Los motivos de la rebelión pelagiana, en definitiva, pudieron ser múltiples e incluir factores como las identidades étnicas y las diferencias de credo. La aparición de un enemigo externo pudo servir para afianzar la jefatura de Pelayo entre los asturromanos y visigodos”. La llegada, como reacción a la derrota de Covadonga, del ejército del general Alqama se saldó con un nuevo desastre musulmán en el valle del río Deva. Comenzó el mito. “El hecho de que se otorgue una función etiológica a un suceso pretérito no significa que se trate de un mito, en el sentido de algo ficticio, sino que a ese hecho se le atribuye un significado específico dentro de un sistema ideológico”, mantiene Balbás.

De hecho, el historiador asegura que la dinastía borbónica presentó Covadonga como un acto de restauración nacional liderado por un nuevo rey, mientras que los liberales lo convirtieron en un modelo de gobernante y de virtudes cívicas. Jovellanos, a su vez, mostró la batalla como un acto para restaurar la patria y las leyes heredadas de los godos y legadas a los españoles. Manuel José Quintana lo transformó a principios del XIX en símbolo de la lucha contra la dominación francesa, el liberal duque de Rivas estableció un paralelismo entre Musa, gobernador de Al-Ándalus, y Fernando VII y la Comunión Tradicionalista convirtió el santuario ―en 1868 se construyó la basílica de Santa María la Real― en un símbolo contra la laicista Segunda República...

Y todo esto, frente a “la historiografía contemporánea, con una marcada tendencia a presentar la conquista musulmana de Spania como un fenómeno netamente distinto a cualquier expansión militar”. “A partir de los años setenta del siglo pasado surgió una corriente revisionista en relación con los procesos de islamización y arabización de la península, desde posiciones próximas al materialismo histórico”. Dentro de esta corriente destaca la obra de Pedro Chalmeta, para quien no se puede afirmar que España fuera conquistada, sino que habría que “hablar de entrega de capitulaciones. Algo que no cuadra, por ejemplo, en la toma de Gallaecia [noroeste peninsular] que solo ocurrió después, según las narraciones musulmanas, de “que no quedara iglesia por derribar ni campa por quebrar”, a lo que Chalmeta atribuye simplemente “un sentido metafórico” para cuadrar su tesis. “A todas estas objeciones cabe añadir la inexplicable presencia en el mapa de pactos [de rendición o acuerdo, como supone Chalmeta] de enclaves que las fuentes ni siquiera mencionan, como Salamanca, León o incluso Burgos, ciudad fundada en el año 884″, replica Balbás.

“En realidad, los ejércitos musulmanes tomaban por la fuerza aquellas ciudades y territorios incapaces de mostrar resistencia, lo cual les permitía apropiarse de tierras y bienes, además de esclavizar a una parte significativa de la población”. Lo que venían haciendo desde La Hégira, y a lo que la conquista de España no fue ajena, aunque Rodrigo no muriese en Guadalete, ni Santiago encabezase las tropas cristianas en la batalla de Clavijo.


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Sobre la firma

Vicente G. Olaya
Redactor de EL PAÍS especializado en Arqueología, Patrimonio Cultural e Historia. Ha desarrollado su carrera profesional en Antena 3, RNE, Cadena SER, Onda Madrid y EL PAÍS. Es licenciado en Periodismo por la Universidad CEU-San Pablo.

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