SILLÓN DE OREJAS
Columna
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Abril, de los meses el más vil

Sin los libros, la vida de las personas, parafraseando a Hobbes, sería más “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”

Carmen Balcells, agente literaria, en su casa de Barcelona, ante un retrato pintado que le hizo el artista Gonzalo Goytisolo.
Carmen Balcells, agente literaria, en su casa de Barcelona, ante un retrato pintado que le hizo el artista Gonzalo Goytisolo.© Marcel·lí Sàenz

1. Huele a libro

Al tiempo que “hace brotar lilas de la tierra muerta” y “mezcla memoria y deseo”, como expresó inolvidablemente el poeta de San Luis (Misuri), abril es el mes del año que más huele a libro. Con una pandemia que no termina de acabar —¿han caído en la cuenta de que, a pesar (o precisamente por eso) de la sobreabundancia de datos que vienen proporcionando las autoridades para despistar, nadie sabe a ciencia cierta cuántos son los muertos por covid-19?—; en medio de la mayor agresión sufrida por una nación europea desde 1945; con una inflación desbocada y un incremento de la pobreza de los más desfavorecidos que convertiría a san Francisco de Asís en una especie de Abramóvich del siglo XII, el libro se reivindica una vez más como refugio. A pesar del incremento de precios que ha experimentado en las últimas semanas, sigue siendo el entretenimiento más barato y el que más dura, salvo incendio consiguiente al estallido de misil ruso. Sin ellos, la vida de las personas, parafraseando a Hobbes (que sólo hablaba de los “hombres”), sería más “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Según la autoridad informatizada y sabihonda del ISBN, en 2021 las editoriales españolas produjeron 87.109 títulos, la cifra más alta de los últimos años; a esos hay que añadir los 6.454 de autor-editor, la cuota del cada vez más poblado segmento de la vanidad. Muchos para elegir, por tanto. La palma de las materias se la sigue llevando la “ficción y temas afines”, aunque no he conseguido que nadie me explique el significado del segundo término (quizás incluya los discursos de los políticos, incluidos los de Luisgé Martín). Con las vacaciones de Pascua en el horizonte, la anualidad de Sant Jordi y su octava, las noches de los libros y algún premio que otro en liza, el libro vuelve a proclamarse rey del mes. Y no hagan caso ni a Eliot, que lo llamó cruel, ni a la abundantísima paremiología sobre abril en la que, reiteradamente, se le hace rimar con “ruin”, “vil” y otras lindezas.

2. Torturantes

Esta semana, en vez de dedicarme a leer a alguno de los tres o cuatro mil mejores jóvenes novelistas españoles promocionados por Granta, he preferido dedicarme a lo que se considera, no siempre con fundamento, “no-ficción”. La Secreta de Franco (Espasa), de Pablo Alcántara, es un importante trabajo de síntesis (basado en la tesis doctoral de su autor) acerca de la policía política de Franco, la “guardia pretoriana” de la dictadura, según feliz expresión de Vázquez Montalbán. La Brigada Político-Social (BPS) y el Tribunal de Orden Público (TOP, tan exhaustivamente estudiado por Juan José del Águila) fueron los dos instrumentos clave del franquismo para la represión de los demócratas y antifranquistas. Alcántara estudia los orígenes de la BPS en los años cuarenta, su composición, sus métodos —infiltraciones, provocaciones, interrogatorios, torturas empleadas, “suicidios” forzados (como el de Enrique Ruano)—. Explica también su evolución a partir de la disolución de la BPS en 1978, y cómo, al contrario que las policías políticas de otras dictaduras, bastantes de sus componentes se reciclaron (la tarea del ministro de la UCD Rodolfo Martín Villa fue fundamental en este proceso) tras la muerte de Franco, al amparo de lo que la imprescindible Paloma Aguilar ha llamado “pacto del olvido” (o sea: mejor no avivar los odios cainitas, aunque sea a costa de la amnesia y el sufrimiento de las víctimas). Piezas fundamentales de la “normalización” fueron los ascensos, premios, condecoraciones y aumentos de sueldo de los torturadores durante los primeros años de la Transición, así como el modo en que algunos de sus más conspicuos jefes escaparon a la justicia (el torturador González Pacheco, a.k.a. Billy el Niño, murió de coronavirus sin haber sido juzgado y el infame comisario Conesa falleció en 1994 siendo feliz jubilado en Canarias). Alcántara se ha apoyado para su trabajo en fuentes muy diversas, logrando trazar un panorama muy general y un útil esquema para posteriores historiadores, cuando, finalmente, se pueda acceder libremente a archivos y datos referentes a las fichas policiales, protegidas por ley hasta un cuarto de siglo después de la muerte de cada agente implicado.

3. Mamá Grande

Acerca de Carmen Balcells, una de las dos piedras angulares de la cadena del libro (los autores) tiene muchísima mejor opinión que la otra (los editores). Claro que el tiempo lo cura todo, e incluso los segundos (sobre todo los que no tuvieron que pelear con ella) están ahora más que dispuestos a reconocer el importantísimo papel que esta mujer irrepetible ha desempeñado en la configuración del sector en el último tercio del siglo XX y principios del XXI. Ese papel está muy bien descrito por su gran amiga Carme Riera en su Carmen Balcells, traficante de palabras (Debate), una biografía repleta de amenidad e información y brillantemente planteada para que no parezca una mera hagiografía. Riera examina el mito de Balcells desde sus orígenes, su papel como pionera de las agencias literarias (Vintila Horia y la agencia Acer, entre otros, se mezclan en aquella prehistoria), su influencia internacional (en el llamado boom, por ejemplo), sus métodos de trabajo, su relación personalísima con sus autores favoritos, su encarnizada defensa de sus derechos y libertad ante editores abusivos o explotadores, su trabajo para dar a conocer a sus representados en otros ámbitos lingüísticos, su papel como maestra de agentes. Pero también se fija en la mujer y en su mito: sus caprichos, su humor (y su ironía), su ambición por proteger a “sus” autores, su carácter servicial y generoso, su tormentosa relación (no exenta de celos profesionales) con su brillante colaboradora Magda Oliver, sus disparatadas supersticiones, sus amores y enamoramientos. Lo he pasado muy bien leyendo (y no tan bien recordando).

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