Antonio González Pacheco

Billy el Niño, flagelo de una generación universitaria y obrera

José Antonio González Pacheco persiguió y torturó a numerosos estudiantes y trabajadores antifranquistas durante el lustro anterior a la muerte de Franco en 1975

De izquierda a derecha: Felisa Echegoyen, Chato Galante (torturado por Billy el Niño), junto a Carlos Slepoy y Ascensión Mendieta, en la puerta de la antigua Dirección General de Seguridad (hoy Real Casa de Correos, sede de la Comunidad de Madrid), en 2013.
De izquierda a derecha: Felisa Echegoyen, Chato Galante (torturado por Billy el Niño), junto a Carlos Slepoy y Ascensión Mendieta, en la puerta de la antigua Dirección General de Seguridad (hoy Real Casa de Correos, sede de la Comunidad de Madrid), en 2013.Uly Martín

José Antonio González Pacheco, quizá su nombre real fuera Luis Antonio, más singular y más difícil de ocultar, era uno de los cachorros más aplicados de la Brigada Político Social (BPS), la policía política franquista. Fue un verdadero flagelo contra numerosos estudiantes y trabajadores antifranquistas a los que persiguió, acusó falsamente y torturó durante el lustro anterior a la muerte del dictador en 1975. Había nacido en Extremadura. De talla media, parecía más alto de lo normal cuando, desde el Mercury policial de color negro y matrícula de Cuenca que todos los universitarios rojos conocíamos, sacaba su brazo y con su mano ensortijada palmeaba la chapa del automóvil en el que se guarecía. Creía que así intimidaba a los estudiantes, mientras cruzaba frente a las concentraciones previas a los saltos reivindicativos antifranquistas de la calle de la Princesa, cercana a la Universidad Complutense.

De cabello ensortijado, solía llevar gafas Ray-Ban, quizá para esconder sus ojos saltones, a veces sanguinolentos. Le gustaba mostrar actitudes arrogantes, cuando no propiamente chulescas. De complexión atlética, vestía generalmente con americana blazer azul, sin corbata o corbata amarilla con pañuelo de igual color; acostumbraba exhibir agilidad para rubricar sus actos, signados por una explosiva osadía exaltada que le procuraba el saber que portaba siempre consigo una pistola de nueve milímetros. Era la misma pistola que durante un interrogatorio en la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, dejó sobre su mesa para pedir, a quien acababa de torturar, Javier Rodríguez, simpatizante de una organización de izquierda, que le disparara “si tenía cojones”. Javier, enloquecido por la humillación de la tortura, cogió el arma y apretó el gatillo de la pistola. Obviamente, estaba descargada. La paliza que le propinó fue bestial, "me dejó a punto de enloquecer”, según contó él mismo meses después a sus compañeros de facultad.

Otra de las hazañas de González Pacheco, ya entonces apodado Billy el Niño, sucedió en la Facultad de Ciencias Políticas, cuando ocupaba el edificio escalonado del arquitecto Miguel Fisac situado entre Semillas Selectas y Veterinaria, junto a la carretera de La Coruña. Tenía en su interior una dotación uniformada, los grises, de la Policía Armada. En su planta primera, se celebraba una tarde del invierno de 1971 una reunión de Profesores No Numerarios, entre los que figuraban Jesús Oya, Jesús Ibáñez, Carlos Moya, José Álvarez Junco y numerosos otros; simultáneamente, se realizaba otra reunión de catedráticos del claustro conjunto, entre los que se encontraban los profesores Carlos Ollero, Antonio Truyol, y Raúl Morodo, y algunos más.

Un estudiante de la Liga Comunista se introdujo en la Sala de Profesores para informarles del proceso huelguístico estudiantil entonces en curso. Billy andaba merodeando con otros miembros de la Brigada Político Social, como el denominado El Gitano, por el hall de la Facultad, tomada -como de costumbre- por la Policía Armada pero, pese a ello, llena de alumnos y docentes. Billy se enteró de la entrada del joven con los profesores y entró tras él. El estudiante salió corriendo y Billy se abalanzó en plancha encima de él, pero este se revolvió y siguió huyendo. Fue entonces cuando el policía sacó su pistola, atenazó con una llave al alumno, le desgarró la camisa y con el punto de mira de su pistola, le raspó reiteradamente el pecho, del que comenzó a sangrar. Ufano, Billy comentó en voz alta: “Y ahora, ya no te vas a mover”. El estudiante se llamaba Paco Lobatón. Tuvo que exiliarse y vivir en Suiza hasta la muerte del dictador.

Gonzalo Moure, escritor, pasó 11 días en la Dirección General de Seguridad (DGS), entre el 19 y el 29 de diciembre de 1970, durante uno de los estados de excepción decretados por Franco. Hasta una decena de policías de la BPS le golpearon sin piedad día tras día. “El que más sádicamente me golpeaba era Billy”, comenta Moure, entonces estudiante de Ciencias Políticas, militante de base del PCE. “Estaba obsesionado conmigo, me preguntaba constantemente dónde escondía el Partido el aparato de propaganda y dónde guardaba las armas. Como me negué a dar incluso mi domicilio, para facilitar que mi compañera Tina huyera de casa de Capitán Haya, me estuvo golpeando vociferando, con el rostro enrojecido, con una ira sádica inusitada, tanto, que sufrí problemas respiratorios, pérdidas de audición en el oído izquierdo, que aún hoy me dura –tiene 69 años- y frecuentes alteraciones del equilibrio”.

Entre las torturas que le aplicó, recuerda, “había una especialmente dolorosa, llamada el pato: me esposaba las manos a la espalda y me obligaba a ponerme a cuatro patas en el suelo, mientras me propinaba histéricamente patadas en el pecho que me hacían perder la respiración”. "Durante los sábados y domingos, no torturaban, pero a mí, por el que mostraba una fijación pavorosa, durante un fin de semana, me llevó a una sala de la Social con ventana; la abrió de par en par y me decía: 'Yo maté a Enrique Ruano, ¿quieres que te suceda lo mismo? Fíjate qué fácil me resultaría empujarte. Acto seguido, otro cogió una porra, la envolvió en papel de periódico y comenzó a golpearme de una manera salvaje: vi cómo ante mi castigo eyaculó por el rastro que se extendía en su pantalón”.

Moure tenía un tío, Francisco Castro, que era magistrado del Tribunal Supremo. “Fue a visitarme a la DGS, acompañado por Delso, otro de los torturadores, que nos dejó a solas. Le conté a mi tío lo que Billy me había hecho”. No puede confirmarlo, pero otras fuentes aseguran que el policía franquista fue sancionado con tres meses de empleo y sueldo por haberle agredido de aquella manera. Dos años después, durante un homenaje al crítico de Arte José María Moreno Galván disuelto a palos por la Policía Armada, unos cuantos agentes le rompieron un codo a Gonzalo Moure después de propinarle numerosos porrazos. “Fue entonces cuando Billy el Niño me acusó de haberle agredido con una silla, testimonio totalmente falso, que me acarreó, por su falsa y supuesta ‘agresión a la Fuerza Pública’, una condena de dos años y ocho meses de prisión en Carabanchel, adonde llegué sin apenas poder respirar por las palizas a las que me sometió”. Su abogado, Tomás Duplá, denunció su causa ante los tribunales europeos.

Con todo, Gonzalo Moure asegura no guardar rencor al policía de la Brigada Político Social recién fallecido. “Si le condenaran y al día siguiente le conmutaran la pena, lo aceptaría. Eso sí, que quede en la memoria lo que este tipo hizo con muchos de nosotros, por demandar libertades democráticas”.

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