CINE

María Antonieta en el Soho

La nueva película de Sofia Coppola, ‘On the Rocks’, una deslucida comedia sobre el adulterio, recuerda por su remilgo y su decoro a las películas censuradas del Hollywood clásico

Rashida Jones y Bill Murray en 'On the Rocks'. En el vídeo, el tráiler de la película.A24/APPLE TV+

Entre 1934 y 1968, el llamado Código Hays, adoptado por los estudios de Hollywood como un sistema de autocensura preferible a una posible intervención gubernamental, logró condenar el contenido de unas 5.000 películas. Con la aprobación de este sistema, ideado por el político republicano Will H. Hays, quedó prohibida la representación cinematográfica de la desnudez, la violación, el aborto, el suicidio, la prostitución, la eutanasia y algunas otras formas de indecencia y perversión, como los besos de más de 30 segundos. Pero el comité encargado de examinar si una película respetaba o no la moral imperante tenía especial ojeriza al adulterio, banalizado en el cine pre-code, en el que estrellas como Barbara Stanwyck, Norma Shearer o Kay Francis, la actriz mejor pagada de los estudios Warner, interpretaron a esposas infieles sin ningún tipo de reparo.

La censura estadounidense obró en consecuencia. Los cineastas se convirtieron en contorsionistas del guion, que se inventaron todo tipo de argucias para que sus personajes adúlteros dejaran de parecerlo. Se eliminaron las referencias explícitas a relaciones ilícitas de los libretos de Casablanca, Rebeca o El halcón maltés. En 1941, La mujer de las dos caras, una farsa dirigida por George Cukor con Greta Garbo tras el éxito de Ninotchka, recibió de ese temido comité la clasificación C (de “condenada”), además de ser reprobada por el arzobispo de Nueva York, prohibida en las salas de Boston y recortada en los cines de Chicago. Ante ese revuelo, la MGM decidió retirar la copia de las salas y volver a rodar algunas escenas, sin el acuerdo de Cukor, para poder introducir un cambio en la trama: el personaje de Melvyn Douglas, a quien Garbo intentaba seducir haciéndose pasar por su hermana gemela, estaba al corriente de esa mascarada y le seguía el juego a su esposa, por lo que nunca habría tenido la intención de engañarla, como pretendía la primera versión. En esa época surgió la comedy of remarriage, el subgénero de enredo matrimonial donde los protagonistas se divorciaban y se juntaban con terceros antes de reconciliarse, lo que permitía que los estudios respetasen la ley moral y, a la vez, provocaran en el espectador ese placentero escalofrío que siempre suscita saltarse una prohibición, mientras defendían el statu quo de cara a la galería.

Un primer borrador del código, publicado en 1930, ya advertía en su apartado referido al sexo: “El adulterio, que a veces es material narrativo necesario, no puede ser tratado de manera explícita, justificado o presentado de forma atractiva”. En su nueva película, On the Rocks, estrenada en la plataforma Apple TV+, Sofia Coppola parece volver 90 años atrás (para evitar spoilers, mejor dejar de leer aquí) y seguir ese precepto a pies juntillas, como si quisiera resucitar, a través de un improbable giro en el tramo final, ese viejo código enterrado en 1968, en los albores del Nuevo Hollywood del que formó parte su padre.

Marlon Wayans y Rashida Jones en 'On the Rocks'.
Marlon Wayans y Rashida Jones en 'On the Rocks'.A24/Apple TV+

La película está protagonizada por Laura (Rashida Jones, a la que nunca vimos tan triste), una escritora en plena crisis creativa y sentimental que sospecha que su marido le pone los cuernos. Lo tienen todo para ser felices: un hogar en forma de loft en el Soho neoyorquino, dos hijas de anuncio, dinero a raudales y una pegatina de Bernie Sanders en el frigorífico, por si en algún momento les asalta la mala conciencia. Para completar el retrato de la familia perfecta, solo faltaría que su marido (Marlon Wayans, tan desdibujado como su personaje) también apareciese en él. Dueño y señor de una exitosa start-up, se pasa más horas subido a aviones que en tierra firme. Ahogada por la vida doméstica, que le impide encontrar tiempo para escribir, e incitada por varios signos inequívocos de infidelidad, Laura pide ayuda a quien menos capacitado parecía para dársela: su padre, Felix (Bill Murray, magistral hasta con el piloto automático), un playboy a la antigua, un bribón nato, un marchante de arte que vive una jubilación dorada. Sus credenciales para resolver este entuerto consisten en que sabrá reconocer a un hombre adúltero, porque él también lo fue. Lo que sigue será una caza y captura burlesca y algo patética del supuesto marido adúltero, en la que padre e hija parecen embarcarse por puro aburrimiento más que por un temor real a la infidelidad, igual que Diane Keaton cuando intentaba resolver el crimen de Misterioso asesinato en Manhattan, a la que la subtrama detectivesca parece remitir a ratos.

De entrada, hay algo delicioso en la sencillez dramática de esta comedia ligera, que recuerda a un tipo de película que ya casi no se hace. Coppola vuelve a centrarse en la figura de una mujer casada pero dejada de lado como una muñeca rota, personaje recurrente en su filmografía que suele animar las lecturas à clef (aunque, en este caso, cueste imaginar a Francis Ford Coppola acechando con sus prismáticos a Thomas Mars, cantante de Phoenix y marido de Sofia, por las calles de Nueva York). Su anterior proyecto, La seducción, abrió nuevas vías en la obra de Coppola, al exhibir cosas como la violencia y el deseo, casi siempre reprimidos en su cine, y transmitir un feminismo festivamente vengativo que la alejaba de su sempiterna imagen de chica triste que ve caer la lluvia desde la ventana. On the Rocks invalida esa pista: su inexplicable remilgo y su obcecación por el happy end casi recuerdan a los de las películas censuradas del Hollywood clásico. La última escena, con su subtexto paleolítico en materia de roles de género, parece salida de una comedia de Doris Day, cuando no de una de Kate Hudson.

Pobre niña rica

Si Coppola asume riesgos es en otros campos, y seguramente a su pesar. En una época marcada por la denuncia de los privilegios, la directora se vuelve a adentrar en el terreno, siempre fácilmente ridiculizable, de los problemas de una pobre niña rica, una María Antonieta del Soho que llora por un marido que ya no le hace caso. Hay algo un poco obsceno en ese esforzado apoliticismo que en ningún caso lo es, aunque seguramente sería peor que Coppola se pusiera a hablar, a estas alturas, del triste destino de la metalurgia estadounidense o de los recolectores de remolacha en Oklahoma. Además, pese a la liviana opulencia de sus personajes, en su relato late un corazón negro. On the Rocks es una película sombría, que habla de la puesta en escena de la felicidad conyugal y de las frustraciones inherentes al paso a la madurez, ambientada en una ciudad de cartón piedra donde la vida parece haberse extinguido e iluminada con una fotografía desteñida, que tiende a una opacidad infrecuente en el cine estadounidense.

Con todos sus defectos, la película vuelve a demostrar el talento de Coppola para exprimir una gran fuerza expresiva a partir de situaciones muy sencillas, y siempre con una relativa economía de medios. Véase el prólogo, que condensa en un minuto escaso y sin apenas diálogos la juventud de su protagonista, el esplendor de su enamoramiento y su actual crisis sentimental. O la cena mexicana entre Laura y Felix, que empieza como una idílica postal veraniega y termina con un sol mortecino y el rencor a flor de piel, tanto por el pasivo familiar que ambos arrastran como por lo injusto que le resulta a Laura que hombres y mujeres no envejezcan de la misma manera, aunque nunca lo llegue a decir. El inepto final escogido por Coppola neutraliza los escasos aciertos de una película deslucida y, en el fondo, tirando a previsible si uno atiende a la pista monárquica. Después de todo, Luis XVI fue uno de los pocos reyes que no tuvieron favoritas: el monarca francés creía, como el insigne señor Hays, que el adulterio era pecado mortal.

On the Rocks. Sofia Coppola. Disponible en Apple TV +.

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