Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Los genes y el destino

El ADN no solo determina los rasgos físicos, sino también aspectos de la personalidad aunque a veces cueste admitirlo

Muestras de ADN congelado y almacenado en la firma Partners HealthCare. rn
Muestras de ADN congelado y almacenado en la firma Partners HealthCare.  ‘The boston globe’ / Getty

¿Nuestro destino está escrito en nuestro ADN? ¿Somos agresivos por naturaleza? ¿Tenemos las herramientas para modificar a nuestra descendencia? Ser genetista y estudiar cómo funciona ese manual de instrucciones que es el ADN permite responder algunas preguntas sorprendentes. La genética es una disciplina que vive un auge espectacular y que cada semana nos enseña algo nuevo y relevante sobre nuestra existencia: desde el origen y curación de enfermedades hasta qué rasgos de nuestra personalidad están escritos en el ADN. Muchos de los descubrimientos son tan importantes que los científicos tenemos el deber de transferir adecuadamente, como si fuese una traducción de otro idioma,  por su transcendencia para la sociedad.

Todos los seres vivos estamos constituidos de células coordinadas y ordenadas. Nuestro ADN se encarga de gestionar ese cóctel. Todos nosotros tenemos una copia completa de esta original molécula en cada una de nuestros 40 billones de células. El estudio del ADN es una aventura apasionante, que revela una sorprendente visión global y nos ofrece la posibilidad de manejar un enfoque particular de la vida. Nos regala unas gafas para que veamos la vida con un filtro que elimina distorsiones. Para empezar, la genética nos recuerda lo parecidos que somos a otros animales: ellos también tienen pulmones, hígado, cabeza y extremidades… porque su ADN es muy parecido al nuestro. También nos enseña lo poco únicos que somos dentro de nuestra especie. Es cierto que cada ser vivo tiene un ADN con un texto distinto del resto de individuos, pero nuestro ADN es muy parecido al de nuestro peor enemigo, y no se diferencia tanto del de un perro o un cactus. Ante este panorama, es ridículo pensar que alguien que entienda algo de genética pueda ser xenófobo: el efecto de estudiar el ADN es que empiezas a descubrir que las moscas son parientes demasiado cercanos.

Además, el ADN es una molécula que manda mucho. A pesar de que puede resultar incómodo pensarlo, toma decisiones en muchas parcelas de nuestra vida. Siempre que me preguntan si nuestro destino está escrito en nuestro código genético me detengo a calcular cuánto tiempo tengo para responder. Si tengo que dar una respuesta breve e inmediata contesto que no. Al fin y al cabo, el ADN es un ácido, y lo que lleva escrito no es un destino, sino un código con pautas para sintetizar proteínas. Pero si dispongo de tiempo suficiente para explicarme, respondo “depende”. La genética no es una ciencia exacta, así que es imposible dar una respuesta categórica, y nos obliga a analizar la situación por partes para poder matizar hasta qué punto condiciona nuestro futuro.

En muchos aspectos, la influencia de la genética es contundente. Por ejemplo, la mayoría de nuestros rasgos físicos están en el ADN, desde la forma de las manos hasta el grupo sanguíneo. Ocurre lo mismo con muchas enfermedades: si está en nuestro ADN, a partir de los 30 años se desatarán los terribles síntomas de la corea de Huntington y no habrá forma de evitarlo, aunque hayamos estado sanos hasta entonces. Por cierto, la calvicie, que es una de las principales motivaciones que encuentran muchos varones para arrancar una conversación con un genetista, también pertenece a los rasgos determinados, pero no es un solo gen el que tiene el veredicto, sino la suma de casi 300, por eso es difícil anticipar el resultado.

Muchos comportamientos que no solemos relacionar de forma intuitiva con nuestra biología están determinados genéticamente

Otros muchos rasgos físicos están determinados genéticamente, pero muestran una cierta flexibilidad y en distintos ambientes se expresan de distinta manera. Pau Gasol no sería tan alto si hubiese nacido en los años cuarenta, pero pertenecería también a la fracción de más altura de la población. Para estos rasgos, los acontecimientos de nuestra vida van a ser muy determinantes complementando lo que está escrito en el ADN. La misma situación se presenta, por ejemplo, con ciertos tipos de cáncer, en los que existe una propensión genética que puede ser atenuada o incentivada por nuestros hábitos.

Pero quizá lo más sorprendente sea que muchos comportamientos que no solemos relacionar de forma intuitiva con nuestra biología también están determinados genéticamente. El ADN también opina sobre nuestra psicología. Por ejemplo, numerosos estudios señalan que la agresividad tiene una base genética. Es evidente que comprender el papel del ADN en este tipo de comportamientos resulta muy difícil. Principalmente porque están involucrados numerosos genes y porque las circunstancias vitales de cada uno juegan, de nuevo, un papel determinante en la conformación de nuestra personalidad. A pesar de todo, se han descrito variantes en el ADN que provocan que unos individuos sean más agresivos que otros por naturaleza. Nuestras experiencias y educación los modularán, pero a ciertas personas les costará más que a otras reprimir determinados impulsos. El ADN no determina que alguien se enfrente con otro conductor por una discusión de tráfico, pero sí configura personalidades distintas que reaccionarán de forma dispar ante un mismo estímulo.

Igual que la agresividad, otros muchos comportamientos, incluso los que tendemos a pensar que están marcados por la educación o por la sociedad, tienen una importante base genética, como las habilidades artísticas o algunos hábitos de consumo. Esto no debería sorprendernos, si recordamos que el cerebro, donde reside nuestro talento y nuestra psicología, también se fabrica a partir de nuestro ADN.

Todos estos resultados que va destapando la genética invitan a la reflexión. Tenemos que asumir una cierta falta de autonomía, una pérdida del libre albedrío. Nada excesivamente frustrante, pero sí algo que nos obliga a aceptar un cierto grado de determinismo en según qué rasgos. Al mismo tiempo, no podemos olvidar que el ADN es simplemente molécula de nuestras células, y aunque posea los planos de construcción de nuestro cuerpo y mente, no nos obliga a nada de forma precisa e irrevocable. Solamente nos puede hacer proclives a ciertas actitudes. Porque el ADN no mueve las piernas a nadie, ni obliga a coger un arma, solo nos puede dotar de una cierta personalidad.

Es también relevante ser conscientes de que los rápidos avances en genética no solo nos permitirán conocer la ubicación en el ADN de determinados rasgos, sino también modificarlos. Ya existen herramientas que nos permiten conseguirlo con un grado de éxito elevado en animales. Debemos ser conscientes de esto y elegir si en el futuro queremos aplicar estos métodos y hasta qué punto. No dudo que vaya a haber acuerdo en utilizar las herramientas de modificación genética para anticipar y revertir el efecto de enfermedades Pero tenemos que saber si vamos a permitir que algún día se pueda modificar la futura descendencia a la carta. Tenemos todos mucho trabajo.

Miguel Pita es genetista, profesor e investigador en la Universidad Autónoma de Madrid. Acaba de publicar El ADN dictador. Lo que la genética decide por ti (Ariel).

Más información