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‘Clubbing’ con legañas

Asistimos al nuevo club de moda londinense: Morning Glory. Abre de 6.30 a 10.30 y su objetivo es que los asistentes bailen antes de ir a trabajar. No venden alcohol. Solo batidos y café.

Dos asistentes, ella en pijama, bailan en la londinense Morning glory.

Siete y media de la mañana en un polígono industrial del este de Londres. 11 de diciembre. El frío muerde los huesos y la niebla es tan espesa que no se distinguiría a Jack el destripador ni con un chaleco reflectante. Lo que vulgarmente se conoce como un día de mierda. A la entrada de una nave nos para un guardia de seguridad. Abre la barrera muy serio y cuando la traspasamos nos da un abrazo. Se acerca un fauno con la cara embadurnada de purpurina y nos da otro. ¡Buenos días! exclama la criatura con una sonrisa de oreja a oreja. Dentro hay unicornios, un papá Noel orondo repartiendo monedas de chocolate y gente que se retuerce en complicadas posturas de yoga. Como si todavía estuviésemos soñando. En realidad nos hemos adentrado en Morning Glory, un club mensual londinense cuyo nombre es el término inglés para referirse a una erección mañanera.

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Asistentes bailan en Morning Glory.

Morning Glory no es un after hours, ni un club al uso. Se celebra entre semana, de 6.30 a 10.30 de la mañana (previo pago de entre 12 y 14 euros) y en la barra venden batidos y cafés. Ni gota de alcohol. Las 600 personas que bailan frente al DJ están innaturalmente eufóricas pero las pupilas mantienen un tamaño normal. Parece mentira que sólo lleven un zumito de naranja encima. Dentro de una hora, muchos de los que ahora se están viniendo arriba se cambiarán de ropa y se dirigirán hacia la oficina. Como Luis y Tomás, dos españoles que trabajan en un banco de desarrollo de la City. “Anoche tenía un mal humor tremendo pensando en el madrugón pero me marcho encantado. Voy como pedo y sólo he tomado un café”, explica Tomás antes de ponerse el traje y la corbata. “Volveré seguro. Estaré aquí desde primera hora para ponerme en primera fila y sudar con estos temazos”

Nico Thoemme, uno de los organizadores, describe este experimento como “clubbing con conciencia”. Bailarín contemporáneo y masajista de 27 años lleva atuendo cómodo de leggings y camisa abierta. Él vive la fiesta más que nadie y desde el principio está transpirando a chorros. Montó Morning Glory con Samantha Moyo, una organizadora de eventos de su misma edad. “Nuestra filosofía es desafiar la manera convencional de salir y relacionarse. Cambiar la cultura británica de bailar sólo cuando estás completamente mamado, dejar al lado la idea de que la mañana es un momento introspectivo y egoísta. Que le den a las ideas preconcebidas.” Esta es su séptima fiesta. Su ambición es que se consolide y no se quede en una moda pasajera. Para el futuro preparan eventos similares en un entorno corporativo y la exportación del formato a otros países. Según Thoemes es una fiesta única en el mundo.

Al menos es una pequeña revolución para una ciudad un tanto hosca como Londres, en la que los lugareños se cambian de acera cuando les hablan otros transeúntes o se enfrascan en la lectura del periódico gratuito para evitar saludar a conocidos en el trasporte público. Aunque vengas con la legaña pegada, aquí no te embarga esa sensación alienante de llegar a una fiesta tarde y sobrio. Es extraño pero amable, más Barrio Sésamo que pintura de El Bosco.

Dos asistentes en la sesión de Morning Glory.

Chicos maquillados bailan con informáticos, con profesoras de yoga embarazadas y banqueros. Un recién jubilado oriundo de NewCastle celebra su 65 cumpleaños junto a su hijo y su futura nuera, Mariluz, murciana. El hombre hasta poco antes de llegar a la fiesta ignoraba donde le iban a llevar a celebrar su cumpleaños. Y vaya si baila. A su lado, una profesora de educación especial ha traído a bailar a sus alumnos. “Ese chico de ahí llegó en silla de ruedas” dice la maestra señalando a un adolescente de uniforme moviéndose exultante. “Es un ambiente muy alegre, mucho menos agresivo que el nocturno”, reflexiona Hannes, un dependiente alemán cubierto de tatuajes.

Moyo considera su evento una experiencia “espiritual” que sirve para “conectar con el yo más auténtico”. Los asistentes, en cambio, no tienen aspiraciones tan místicas. Unos, los más deportistas, vienen a hacer ejercicio. Otros como Harriet, técnica en informática de 45 años y blackberry en mano, para mantener viva su afición a las raves. La mayoría por hacer algo diferente y divertido. Pero Rudy, una mujer menuda vestida con decoro, habla en plata “Vengo aquí porque hace ya diez años que no tomo drogas. Bailar me hace feliz” Y con garbo, se quita la pashmina del cuello y la anuda en la cintura. Todavía le quedan unas horas para empezar su trabajo en el ayuntamiento.