Silicon Valley: en busca de la siguiente revolución digital

Emprendedores de todo el mundo viajan a este soleado rincón de California con la ambición de cambiarnos la vida.

Aquí no hay retos imposibles. Se desafía incluso a la naturaleza.

 JOSEBA ELOLA / LUIS ALMODÓVAR / CATERINA BARJAU

Stanley Yang no es un fan más de La guerra de las galaxias. Es un hombre que decidió convertir en realidad lo que vio en el cine. La impronta que dejó en él la película de George Lucas se ha convertido, 35 años más tarde, en un chip que lee las señales de nuestro cerebro; una tecnología con la que pretende revolucionar la educación, la sanidad y nuestra manera de relacionarnos con las máquinas, con el mundo.

Aterrizó en Estados Unidos con 14 años, procedente de su Taiwán natal. Le llevaron a ver el mítico filme y se quedó boquiabierto. “¡Qué gran país!”, se dijo a sí mismo, “¡han desarrollado una tecnología para mover objetos con la mente!”. No, era ficción en estado puro, para su desconsuelo. Pero si nadie lo había hecho hasta ahora, tendría que ser él el encargado de intentarlo.

Así son los retos que se marcan en Silicon Valley. Las ideas más locas, las más controvertidas, son a menudo las que rompen. No hay sueños irrealizables.

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En la ciudadela de Google, en Mountain View, señal qie indica el edificio de Google Maps.

Yang abrazó su sueño: convertir en realidad esa habilidad de los jedis para mover objetos con la mente, la fuerza. Tras años de estudios y experiencia profesional, en 2004 vendió su empresa, Triscend, a la gigante Xilinx. Se podría haber retirado en ese mismo instante. Pero decidió ir a por todas. “Esta vez, la cuestión no sería solo hacer dinero”, dice confortablemente sentado en el sofá de su luminoso despacho en San José, California. “Quería un objetivo más grande: hacer algo en pro de la especie humana”.

El resultado de la ambición de Yang, de 49 años, consejero delegado de la compañía Neurosky, es un chip que mide el nivel de atención de nuestro cerebro. Integrado en una especie de diadema, permite captar las señales eléctricas gracias a un biosensor que se ubica en la frente del usuario. En 2009 se lanzó un primer juego que usaba la tecnología de Neurosky y que permitía mover una bolita con la mente: Star Wars. Para el año que viene prevé que estará lista una almohada inteligente que medirá la calidad de nuestro sueño y que, en un futuro no muy lejano, mandará la señal de apagar las luces del dormitorio y de la televisión cuando detecte que nos hemos dormido. Está en contacto con varios países para probar su tecnología en colegios y medir el nivel de atención de los alumnos. Dice que resultará revolucionaria para el sector educativo. Yakarta, Indonesia, es su primer banco de pruebas.

La almohada inteligente con tecnología de Neurosky medirá la calidad de nuestro sueño

Estamos 70 kilómetros al sur de San Francisco, donde el llamado Valle del Silicio se hace desierto. Las palmeras, aquí, se agitan entre los rascacielos. Bienvenidos a Silicon Valley, meca para innovadores de todo el mundo. Aquí nacieron Google y Apple. Aquí encontró su acomodo Facebook.

“Es un lugar en el que hay ansias de cambiar el mundo y de hacer cosas nuevas”, explica Gabriel Bestard-Ribas, emprendedor español que se ha desplazado a la órbita del Valle para poner en marcha Goji, su proyecto de cerraduras para el hogar que se manejan mediante un teléfono inteligente: “Los inversores buscan ser impulsores del siguiente Google, quieren pasar a la historia”. Julián Beltrán, cabeza de la firma Droiders, con la que desarrolla aplicaciones para la plataforma Google Glass, incide: “Los inversores buscan el pelotazo, la nueva gran revolución, esa que se produce cada cinco o diez años”. Eso que aquí se da en llamar the next big thing. O sea, el próximo gran fenómeno.

Silicon Valley es un espacio de límites difusos ubicado en torno a la bahía de San Francisco, al sur de la ciudad, flanqueado por las montañas de Santa Cruz. Se suele decir que, más que un territorio concreto, es un concepto. Su nombre rinde homenaje al descubrimiento por parte del Nobel de Física William Bradford Shockley, en la década de los cincuenta, del semiconductor, el chip de silicio.

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Parisoma, una de las incubadorasque hau en San Francisco, en la zona de South Market, Soma.

Una ancha avenida ordenada y reluciente, El Camino Real, surca el Valle y cruza las localidades de Menlo Park –sede de Facebook–, Palo Alto –base de la Universidad de Stanford– y Mountain View –cuartel general de Google–. Jalonada por túneles de lavado de coches años cincuenta, exhibe a sus costados moteles, restaurantes caros, spas y consultas de dentistas que esperan tener como clientes a esos geniecillos que andan inventando cosas con sus ordenadores, a esos visionarios que sueñan con cambiar nuestras costumbres, además de engordar la cuenta corriente.

Este es un rincón del planeta en el que mucha gente trabaja de pie: sí, te dicen que es mejor para la espalda. Donde se están poniendo de moda las reuniones de pie: sí, para que no duren tanto. Un universo de individuos desbordados por sus agendas e hiperconectados. Tan hiperconectados que un martes por la noche, en Cupertino, frente a la impenetrable sede central de Apple, uno se puede encontrar una cola de 18 empleados esperando al transbordador que les lleva a casa sin intercambiar una sola palabra. Todos, en silencio, concentrados en el micromundo de su teléfono o tableta. Navegando, tuiteando, intercambiando mensajes por WhatsApp con otros, pero sin hacer puñetero caso al que tienen al lado.

La autopista 101, que discurre entre El Camino Real y la bahía, nos conduce a San Francisco, un polo tecnológico dentro del polo. Un buen número de empresas del Valle se han trasladado aquí, los alquileres son más baratos. “La gente de menos de 30 años prefiere vivir en la ciudad y tomar el tren para trabajar en el campus de Google, o en el de Apple”. Lo dice Michael Buchwald, de 25 años. Es el consejero delegado de Leap Motion. “San Francisco se ha convertido en parte del Valle”.

Con su camiseta de algodón negra, sus vaqueros, y esa mirada caída detrás de unas gafas de montura metálica, es el prototipo de empresario que tanto se demanda en Silicon Valley: joven, con una idea brillante y ganas de comerse el mundo.

"En el Valle encuentras a los socios. Y está el acceso a los fondos", dice un emprendedor

Hace ya tres años que junto a su socio David Holtz, matemático con un pasado en la NASA, trasladó su proyecto tecnológico desde Carolina del Norte hasta San Francisco. “Sentimos que necesitábamos tener acceso a todo ese talento que hay aquí, a los ingenieros, a los desarrolladores”, dice en las instalaciones de su empresa, en el norte de la ciudad californiana. “Aquí encuentras a los socios. Y está el acceso a los fondos”.

Buchwald aterrizó en la ciudad del Golden Gate en 2010 con una mochila a la espalda que pesaba más de 18 kilos. Se encerró con su socio en el RocketSpace, uno de esos espacios de innovación donde se comparte oficina con otros. Empezó a llamar a las puertas de los llamados Venture Capitalists (VC), los inversores que manejan fondos de capital riesgo y ponen dinero a cambio de un porcentaje de la compañía. Levantó, que así se dice en el argot, casi un millón de euros. Empezó con 12 empleados. Hoy, en el bajo de este espacio de paredes blancas en el que nos recibe, trabajan más de cien personas.

Leap motion, la tecnología que ha desarrollado junto a su socio, nos permite actuar sobre el ordenador, a distancia, con nuestra mano, prescindiendo del ratón, como si fuéramos brujos que mandan señales con los dedos a la pantalla. Un pequeño dispositivo del tamaño de un mechero colocado en la mesa, junto al teclado, capta más de 200 imágenes por segundo del movimiento de la mano, y traslada así cada desplazamiento que hacemos con ella. Lo que nos permite, por ejemplo, firmar en el aire y ver que nuestro trazo aparece en pantalla, o explorar un esqueleto en 3D, una de las aplicaciones educativas desarrolladas a partir de este sistema. “Tuvimos la sensación de que lo que estábamos desarrollando haría que la gente volviera a creer en la tecnología; en el poder de la tecnología para mejorar el mundo”.

Se lanzaron al mercado el pasado mes de julio. Ya hay más de cien aplicaciones desarrolladas con su tecnología. En su web se produjeron más un millón de descargas en las tres primeras semanas de lanzamiento. “Hemos creado una manera de interactuar con el ordenador jamás vista”.

Tanto Yang como Buchwald operan en este rincón del planeta porque aquí está el capital humano. Y, por supuesto, también el capital capital.

En el epicentro tecnológico del mundo, los negocios se discuten en torno a un café. Son las 8.45 y hay cola para hacerse con una mesa en el Buck’s Restaurant. En este mítico restaurante de carretera de Woodside, a unos 50 kilómetros de San Francisco, se pusieron en marcha negocios como eBay o Netscape.

El lugar no puede ser más friki. Hay un astronauta sujetando una copa de champán, colgando del techo, tamaño niño de cinco años; una Estatua de la Libertad con sombrero mexicano, nada más entrar, tamaño niño de diez, y una zapatilla de Shaquille O’Neal, que calza un 53,5, angelito, en una vitrina de la pared, del tamaño de… un bebé.

“Una vez vine aquí y había tres billonarios [con más de 1.000 millones] en tres mesas, ¡eso no pasa en ningún otro lugar del mundo!”, exclama Richard J. Piunicka, de 67 años, business angel (pequeño inversor) asiduo del lugar. Tres ejecutivos desayunan en torno a una mesa; uno de ellos esconde los papeles al ver acercarse a la fotógrafa.

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Interior de las instalaciones de Google en Mountain View.

Buck’s se encuentra a escasos diez minutos en coche de Sand Hill Road, el lugar donde se concentra todo el poderío económico. Silicon Valley es el lugar en el que más se invierte en tecnología del mundo. Multiplica por más de tres las cantidades de Boston, el segundo polo tecnológico del planeta. Las firmas de capital riesgo invirtieron 8.260 millones de euros en 2012, frente a los 2.600 de New England (que incluye Boston), según un informe de la MIT Technology Review. Aquí, en apenas un kilómetro cuadrado, están concentradas fondos de capital riesgo como Sequoia Capital y Andreessen Horowitz. Nos abre la puerta de la suya Randy Komisar, de la firma Kleiner Perkins Caufield & Byers.

Con su sudadera azul, sus botas de cocodrilo y su calva reluciente, Komisar es un tipo que fue abogado, empresario y ahora se dedica a recibir a emprendedores. Escucha lo que tienen que ofrecer y decide si invierte. De discurso apasionado y verbo rápido, cuenta que una de sus últimas apuestas fue Nest, una compañía que está revolucionando la domótica con termostatos inteligentes que van memorizando nuestras costumbres para adaptarse a nuestras necesidades. Se pueden manejar desde el teléfono móvil.

Komisar lleva años viajando por el mundo y, allí por donde cae, siempre le dicen que está frente al nuevo Silicon Valley chino, alemán, o lo que toque. “Pero de lo que no se dan cuenta es de que la clave es la cultura del Valle”, enfatiza. Una cultura de la que es responsable, en parte, Frederick Terman, el hombre que en los años cincuenta convirtió el departamento de Ingeniería de la Universidad de Stanford en una máquina de innovar; el que conectó los departamentos de Ciencia e Ingeniería; el que incentivó la conexión de la Universidad con el tejido empresarial local. “Aquí se acepta el fracaso y no se personaliza. Nosotros, los VC [inversores], perdemos en el 70% de nuestras apuestas”, dice moviendo las manos en el aire, enfático. “La innovación está en todas partes; el espíritu empresarial, no. La velocidad a la que van las ideas aquí es imbatible, no se produce en ningún otro lugar del mundo”.

Son las empresas pequeñas las que suelen romper la baraja. En múltiples ocasiones acaban fagocitadas por las grandes, ávidas de nuevas ideas. En estos días, muchas nuevas tecnológicas nacen en San Francisco. Así que nos adentramos en el barrio del South Market, Soma. Cerca de la estación de tren, que conecta la ciudad con el Valle, se encuentra Dropbox, empresa de almacenamiento de archivos que está experimentando un crecimiento espectacular: ha pasado de 100 a 200 millones de usuarios en el último año. Y ya pretende convertirse en puerta de entrada al mundo digital, rivalizando con Google, Apple o Facebook.

Un empleado pasa en patinete por uno de los enormes pasillos de la sede central de Dropbox, situada a un costado del estadio del equipo de béisbol de los Giants. Aquí se trabaja de otra manera. Muchos lo hacen de pie. Para relajarse un rato disponen de una alternativa al cafelito, al té o a la tradicional merendola: encerrarse un rato en el local de ensayo y tocar: hay batería, bajo, guitarras, piano y amplificadores de calidad profesional para desfogarse un rato antes de retomar el tajo.

El espacio es amplio, luminoso, agradable. Pero se trabaja, y mucho. Hay una sala bautizada con el lema de beast mode, modo bestia, en la que se recluyen aquellos trabajadores que tienen que encerrarse para llegar a un plazo de entrega imposible. Tras la vitrina, un joven con sudadera suda. “El fin está cerca”, reza un cartel, “¿de verdad tienes tiempo para reuniones semanales de una hora?”.

Airbnb es otra de las empresas que han registrado un crecimiento apabullante. Entre 2012 y 2013 ha pasado de uno a cuatro millones de clientes. Esta web que permite reservar habitaciones y apartamentos en cualquier lugar del mundo y que se ha convertido en una amenaza para el negocio tradicional de los hoteles se ha mudado ya cuatro veces de oficina para acoger a su creciente plantilla. En The Creamery, un café de Soma, Joe Zedah, de 32 años, ingeniero que se ha convertido en jefe de producto de la compañía, explica que estamos inmersos en una nueva era de Internet. Tras el boom de las redes sociales, ahora se busca enriquecer lo que hacemos fuera de la pantalla, lo que llaman el offline. “Gana terreno la tecnología que desata nuevas experiencias”. Y señala plataformas como Lyft, que permite compartir coche con otros; o Uber, una amenaza al negocio del taxi que conecta a pasajeros que se quieren mover a algún sitio con conductores dispuestos a transportarlos.

"Aquí se acepta el fracaso y no se personaliza", explica el inversor Randy Komisar

La gente con la que nos vamos encontrando en este viaje nos cuenta qué innovaciones recientes le parecen más interesantes. Casi todos mencionan aplicaciones de móvil. Como Waze, con sede en Palo Alto, que te permite compartir información sobre el tráfico; o Task Rabbit, que se trasladó en 2010 a la bahía de San Francisco y que pone en contacto a gente para resolver tareas, como encontrar alguien que te lleve el coche al taller. Las plataformas colaborativas basadas en la información compartida suben enteros.

El llamado Internet de las cosas (objetos cotidianos interconectados) se desarrolla mientras no paran de expandirse las plataformas que fabrican pulseras y relojes que incorporan nuevas tecnologías, como Fitbit, Pebble o Jawbone: las llamadas wearable technologies –tecnologías que llevamos en el cuerpo– son tendencia. Y por supuesto, hay un sector clave que está movilizando cada vez más recursos: la biotech. “Silicon Valley es la meca de la biotecnología”, relata Manuel Salvadores, de 35 años, ingeniero investigador de la Universidad de Stanford. “De aquí a pocos años, para cada niño se creará un identificador genético y la medicina será a medida”. La partida, en este campo, no ha hecho más que empezar.

El cambio permanente es, aquí, forma de vida. Cualquier negocio tradicional está amenazado por las zancadas tecnológicas del Valle. Y la maquinaria para alumbrar nuevas empresas cada vez está más perfeccionada.

Los emprendedores aterrizan con su gran idea y, durante unos meses, se preparan en las incubadoras (YCombinator, The Hive, Parisoma o StartX), espacios en los que les ayudan a depurar el proyecto y a diseñar prototipos. Lo primero que han de tener claro es cuál es the pain, el dolor, que vienen a resolver. Y allí les enseñan a prepararse el pitch, la intervención de tres minutos en la que se lo juegan todo: ese es el tiempo real del que dispondrán cuando se sienten frente a un inversor.

“Aquí nadie tiene ese miedo de que te puedan copiar la idea, lo importante es el equipo que tienes y cómo la ejecutas”, relata Arturo Devesa, santanderino de 27 años que ha venido al Valle para poner en pie su proyecto de un doctor virtual, Medwhat. Tras pasar unos meses en una incubadora de la Universidad, StartX, considera que Stanford es un factor clave para explicar el pulso tecnológico del Valle: “El ecosistema, la cultura, todo se ha creado en Stanford”.

Suenan campanas en el campus. Los estudiantes circulan sonrientes con sus mochilas burdeos, con la ese siluetada en el centro. La historiadora Leslie Berlín, de 44 años, se remonta a la Segunda Guerra Mundial para recordar que el principal impulsor del Valle fue el Gobierno Federal, que incentivaba la fabricación de microchips para misiles. De hecho, las instalaciones del gigante del armamento militar Lockheed Martin se encuentran a apenas dos kilómetros de este campus.

Berlín, que está al frente del Archivo de Silicon Valley, argumenta que la educación es un factor clave para explicar el Valle. “Las escuelas públicas son de muy alto nivel”, dice sentada sobre una silla metálica, con las piernas recogidas entre sus brazos. La Universidad provee de profesionales de primer nivel. “Y cada generación de emprendedores se encarga de ayudar a la siguiente para mantener en marcha la cultura del cambio”.

Dinero, cultura empresarial, formación. Y redes de contactos. Son muchos los factores en los que se cimenta la pujanza de este rincón del planeta. “La belleza y la fuerza de Silicon Valley están en que inversores, investigadores, estudiantes y emprendedores están interconectados”, explica Adriano Farano, joven emprendedor italiano que ha levantado 740.000 euros para montar Watchup, una startup que apuesta por el videoperiodismo. Frederick Hanika, una especie de cazatendencias que trabaja para la firma alemana Software AG, explica que esa es una de las señas de identidad de esta zona del mundo. “Silicon Valley es eso: el networking [crear redes de contactos]”. La gente se presenta vía correo electrónico. La agenda no para de crecer.

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Una mesa de las instalaciones de Change.org, en San Francisco.

Energía. Ganas de hacer cosas. Eso es lo que se respira en el Valle. Los que aquí llegan dicen que quieren cambiar el mundo; pero a lo que se refieren, en la mayoría de los casos, es a que quieren transformar nuestras vidas. “Creo que existe un deseo genuino entre la gente joven que viene al Valle de cambiar radicalmente la sociedad en la que vivimos”, manifiesta Ben Rattray, el joven que puso en marcha change.org, una plataforma que, de hecho, quiere darle la vuelta el mundo. Su organización promueve cambios en 196 países mediante votaciones en línea. Cuentan ya con 45 millones de usuarios. “Pero las mentes más brillantes no siempre están al servicio de los mejores objetivos. Ese es uno de los retos del Valle”.

Mientras que cada día surgen nuevas pequeñas empresas disruptoras, las grandes hacen todo lo posible por mantener el tipo en cuanto a innovación. En Facebook, cada seis u ocho semanas se convocan los llamados hackatons, reuniones en las que se ponen en común las ideas más locas. En una oficina del cuartel general de la red social en Menlo Park, Pedram Keyani, director de Ingeniería, explica que lo bueno de tener una estructura grande es que las ideas que nacen de esas maratonianas reuniones creativas se pueden llevar a la práctica al instante. “El cambio se ha acelerado mucho en los últimos años, la velocidad de la innovación cada vez es más rápida”. Y remarca sus palabras chasqueando los dedos.

Google también tira de equipos pequeños para no perder el ritmo. Lo explica Cliff Redeker, portavoz de la compañía, de 30 años, en la ciudadela del gigante tecnológico en Moun­­tain View. “La innovación es la base de nuestro negocio”, afirma, con sus gafas de Google en perfecto estado de revista. La Google Glass es una plataforma con gran futuro, dice mucha gente en el Valle. De las que pueden cambiar nuestras costumbres, como la de agachar la cabeza para ver los mensajes. El coche que se conduce solo también promete. Pero el buscador fundado en 1998 por Larry Page y Sergey Bryn se ha volcado ahora en uno de los frentes más pujantes. Está invirtiendo en 23andme, servicio de genoma personal que analiza nuestro ADN y nos indica, por ejemplo, a qué enfermedades somos propensos. Y acaba de volcarse en el lanzamiento de Calico, una compañía que lucha contra el envejecimiento. Eso sí que es intentar resolver un dolor, the pain: desafiar los límites de la vida, de la naturaleza. Ya se sabe, en California todo es grande, y todo se hace a lo grande. No hay ambición pequeña para el Valle