ESPECIAL NIÑOS

Nuevos tiempos, nuevo profe

Profesionales de la educación explican sus métodos, distintos y sorprendentes

Todos tienen algo en común: alientan la reflexión y promueven el espíritu crítico

Alumnos de infantil (tres años) del CEIP Sigüeiro, en el concejo de Oroso (A Coruña), y sus profesoras María Salgado (Verín, Ourense, 1978) y Pilar Rivas (Val do Dubra, A Coruña, 1960). / Ana Nance

Un ring ring cibernético anun­­cia una videollamada entrante de Skype. El niño encargado del aula ese día hace clic con soltura y responde. Al otro lado del ordenador puede asomar un cocinero, un periodista, un padre. A saber. La clase de infantil de tres años del centro de educación infantil y primaria (CEIP) Sigüeiro, en el concejo de Oroso, cerca de Santiago de Compostela, se ha hecho famosa porque en realidad es una cocina en miniatura, hecha a medida y sin libros de texto. Los alumnos pesan alimentos, alguien trae una bolsa de galletas y calculan a cuántas tocan; prueban verduras que en casa ni se molestarían en oler; han incubado huevos hasta que han salido los pollitos; cada plato que elaboran tiene su canción, compuesta por la maestra de música del colegio; van al mercado a comprar. Un blog recoge sus experiencias. Y cada 15 días graban un programa de televisión a imagen del de Arguiñano, de quien tienen un libro de recetas firmado.

Y ahora que levante la mano quien piense que estos niños y niñas no están aprendiendo. Claro que sí, y mucho, pero de forma distinta. Porque al frente hay dos profesionales, María Salgado y Pilar Rivas (como apoyo), que han decidido enseñar de manera diferente. “¿De qué sirve que reciten del uno al cinco si luego no saben cuánto son dos cartones de leche o un billete de cinco euros? ¿Por qué limitarlos a unos números si los que mejor conocen son el 981, el prefijo de sus casas, o el 52.000, las visitas que llevamos en el blog?”, se pregunta María. “Hemos de darles la oportunidad de manipular, de descubrir, de investigar. Al final, los trabajos van a la basura y perdura lo que se queda en la cabeza porque les ha motivado e interesado, han participado en el proceso”, enfatiza.

Este reportaje trata de poner cara a los docentes que ejercen su labor de otra manera, a veces a contracorriente. Podrían calificarse de creativos, o innovadores, aunque sean etiquetas que despierten recelos. “Creo que hay muchas novedades que son banalidades y errores, y muchas mejoras que no son innovaciones, sino incluso recuperaciones”, puntualiza el catedrático de Sociología Mariano Fernández Enguita, creador de la red educativa Innova. En su opinión, “lo que se necesita son profesionales responsables de su trabajo, que tomen decisiones para hacerlo mejor en su aula, su centro, su comunidad… Sean las que sean”. Siempre fueron imprescindibles, pero lo son aún más en tiempos convulsos y de cambios, porque alientan la reflexión y el espíritu crítico, urge el gallego Manel Rives, 17 años en su tierra, donde montó un informativo por Internet en su colegio, y el último curso en Murcia, en un aula ocupacional para alumnado absentista.

Este reportaje trata de poner cara a los docentes que ejercen su labor de otra manera, a veces a contracorriente

Protagonismo de los estudiantes, creatividad, valor del proceso completo, más allá del resultado. Néstor Alonso, maestro asturiano, reivindica estas tres patas, que ni son nuevas ni se las acaba de inventar, para el banco educativo.

Sus alumnos recrean el diario de un naturalista para recordar a Darwin, elaboran narraciones digitales en formato multimedia, geolocalizan los cuadros de un paisano, el pintor Nicanor Piñole. Alonso, un referente en la aplicación de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en el aula, dice que intenta “no reproducir el modelo de escuela que a mí tanto me aburrió en mi etapa de estudiante”, y que las herramientas digitales le ayudan en ese “enfoque metodológico más abierto, activo, participativo”. Defiende que las materias no son compartimentos estancos, sino vasos comunicantes, y que una efeméride o una noticia puede ser “el punto de partida para un proyecto que involucre a varias materias y desarrolle distintas competencias del currículo”.

Javier Monteagudo (Madrid, 1975), profesor de música en el CEIP Manuel Bartolomé Cossío de Madrid. / Ana Nance

Eso es trabajar por proyectos. Como hacen María y Pilar en su minicocina educativa. “A algunos padres les desconcierta que no haya libros, aún persiste la mentalidad de que si rellenan fichas, es que están trabajando”. María replica que sus hijos aprenderán de manera distinta, y las familias terminan participando. Pero al fin y al cabo estamos en infantil, donde parece más sencillo admitir el juego, las plastilinas, las ceras, las pinturas. No es demasiado difícil localizar centros de 0 a 6 años que trabajen por proyectos –“Aunque cada vez lo hacen menos”, critica Rives–. Resulta más complicado encontrarlos en primaria. Porque es entonces cuando el sistema se arremanga y determina que ha llegado la hora de ponerse serios y empezar con las tareas, los exámenes y abrir el libro por la página que corresponda. “Todos los estudios concluyen que la escuela agosta la creatividad”, sentencia la catedrática Petra María Pérez Alonso-Geta, directora del Instituto de Creatividad e Innovaciones Educativas de la Universidad de Valencia.

Pues Javier Monteagudo ha decidido que en sus clases de música esté el iPad simulando el sonido de un instrumento o como un instrumento más de la orquesta. “Con la tecnología busco el elemento diferenciador, motivador; hacer con la tableta lo mismo que con el libro no supone ninguna mejora”, razona. Siempre hay algún niño que le sorprende improvisando una base o un ritmo. Como tutor, sale con su grupo de quinto de primaria a fotografiar las barreras arquitectónicas del barrio; se ponen en la piel de un discapacitado vendándose los ojos o circulando en silla de ruedas; luego expresan sus sensaciones en la hora de lengua. “Intento que aprendan del modo más multidisciplinar posible”, apunta. No se siente en absoluto aislado en su centro, el CEIP Manuel Bartolomé Cossío de Madrid. El trabajo por proyectos es una metodología más que convive con los libros de texto y ayuda a interrelacionar materias.

Con camisa a cuadros, Toni Solano (Valencia, 1968), profesor de lengua y literatura en el IES Bovalar de Castellón. En la imagen, junto a un grupo de alumnos. / Ana Nance

Tanto Monteagudo, que encuentra cada vez más profesionales buscando un cambio, como Manel Rives, más pesimista, que ha tenido que abandonar más de un proyecto porque el profesorado no quiso continuar y piensa que el cambio va a velocidad de tren mientras la educación camina al paso, coinciden en que el sistema no favorece la innovación: la tolera. Al final son las iniciativas personales las que la sacan adelante. Que las hay, ojo. Se reúnen en torno a redes como Educablog o Innova o Novadors, intercambian información y experiencias en Educ@ con TIC, reciben su reconocimiento en los Premios Espiral Edublogs. Pero, dice Fernández Enguita, “no hay incentivos institucionales. La transición democrática pasó por el sistema escolar como el Espíritu Santo por la Virgen María, sin romperla ni mancharla, lo que dejó una herencia conservadora. Los Gobiernos de izquierda despenalizaron la innovación, pero no supieron incentivarla. En la educación española, casi siempre, innovar es morir”.

En el mejor de los casos, al docente lo dejarán a su aire en el claustro; en el peor, tendrá que enfrentarse a las reticencias de compañeros y/o padres, y acostumbrarse a ser el bicho raro. Ni va a ganar más ni va a estar mejor considerado. Y si un día se cansa y lo deja, también dará igual. “Los profesores creativos pueden constituir más del 50% del colectivo, pero una forma de dar clase creativa no llega ni al 10%”, diferencia Fernando Alberca, profesor de bachillerato y autor de un par de libros sobre creatividad. El ser humano es conservador y resulta más cómodo dejarse llevar por la corriente. Evita problemas. Néstor Alonso tacha al sistema de inmovilista, impermeable a los cambios. “Casi nadie quiere salir de su zona de confort”. Los veteranos, porque es lo que han hecho siempre; las nuevas generaciones, porque tampoco han visto en su formación otros “modelos interesantes”; las familias, “porque dan por válido el modelo de escuela que vivieron”, y la industria editorial, porque le va muy bien así.

Monteagudo confiesa que en sus primeros años era más tradicional, como resultado de la formación nada innovadora recibida en Magisterio.

Monteagudo confiesa que en sus primeros años era más tradicional, como resultado de la formación nada innovadora recibida en Magisterio. Y que ha sido después, a través de los centros territoriales de innovación y formación de Madrid (ya “prácticamente extinguidos”, por cierto), donde ha ido ganando en heterodoxia. La visión de Rives sobre la formación continua no es tan positiva: “El 90% va sobre herramientas… ¿Por qué, si el problema es la metodología?”. Enguita lo resume en un par de frases lapidarias: “La formación inicial es poca y poco exigente, también la selección; la formación continua está burocratizada, casi fosilizada”. Toni Solano, licenciado en Filología Hispánica, profesor de lengua del IES Bovalar de Castellón, lo tiene claro: “Filología o Geografía e Historia están pensadas para producir filólogos e historiadores, pero el 80% de su alumnado termina enseñando”. Como muchos, se licenció, hizo el curso de adaptación pedagógica (CAP), oposiciones y ¡hala!, al instituto.

“Lo de las ideas geniales… Todos las tenemos, la cuestión es llevarlas a la práctica y que sean eficaces”, matiza. Él no se considera creativo, “sino una especie de surfero navegando por la Red, ese claustro virtual donde contactamos con compañeros que a veces comparten contigo más que los de tu propio claustro”. Es “un vivero de ideas impresionante”, insiste. Algunas, descabelladas; otras, inabordables; pero de repente una “encaja en el contexto en el que trabajas en ese año”. Hace tres cursos, a cuatro blogs de aula de tres comunidades autónomas –A Pie de Aula, Blogge@ndo, Tres Tizas y Re(paso) de Lengua, que es el de Solano– se les ocurrió realizar un callejero literario en el que los alumnos, cámara en mano, documentaran y subieran a Google Maps las calles de su ciudad con nombre de autor, obra literaria o personaje de novela. Este proyecto colaborativo ya va por su tercera edición e involucra a centros de Andalucía, Murcia, las dos Castillas, Cantabria, el País Vasco, Cataluña, Argentina.

Solano, defensor del uso educativo de las TIC para estrechar la brecha digital abierta entre la escuela y el mundo, propone a sus estudiantes subir podcast con información sobre autores españoles exiliados, crear productos y spots publicitarios. Y videopoemas con versos de Campos de Castilla o de clásicos. Es su forma de interesar a adolescentes por algo tan alejado de su realidad como La noche oscura del alma, de san Juan de la Cruz. Herramientas para motivarlos, llegar a ellos, hablarles en su idioma. “Me lo imagino como una isla de la que hay que sacar a los chicos para llevarlos al mundo adulto. Puedes construir un helicóptero, hoy por hoy tienes las piezas necesarias; pero un profesor de toda la vida en vez de un helicóptero hará una balsa, porque es así como se han salvado los náufragos tradicionalmente”. La balsa, de metal, se hundirá. Glu, glu, glu.

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