Un paseo de cómic con Max

Crónica de un ‘paseo astral’ con el dibujante Francesc Capdevila, ‘Max’.

Es el artista invitado al estand de ‘EL PAÍS’ en Arco.

Entre bocetos de su trabajo para la Feria de Arte Contemporáneo, este barcelonés afincado en Mallorca repasa su trayectoria y el estado del cómic en España.

El dibujante Max, retratado en su casa de Mallorca. / Caterina Barjau

Según se entra en la casa de Max, rampa arriba en lo alto de una loma frente al perfil de piedra de Sineu, pueblecito encantador en el centro de Mallorca, uno se siente gratamente mareado por la invasión de libros, discos, cómics, revistas, máscaras, preciosos objetos indefinibles, figuritas de colores se supone que mexicanas representando a la muerte, estufas, chimeneas y hasta una botella mágica en cuyo interior amarillea cierto brebaje de dioses bajo el apelativo ‘hierbas de Mallorca’ (eficaz contra el frío violento de este día de invierno, pero para consumir con moderación, misión bien difícil).

Ya en la guarida creativa del dueño de las posesiones, a mano izquierda hay un ordenador; a mano derecha, rotuladores y acrílicos; en el centro, los bocetos de Paseo astral, el trabajo que estos días ultima para el estand de EL PAÍS en la inminente edición de Arco; detrás, toneladas de papel apiñado como se pudo –en un aparente desorden perfectamente ordenado–, y enfrente, al otro lado de la ventana, naranjos y limoneros mirando a los campos. Es el mundo cotidiano de Francesc Capdevila, Max (Barcelona, 1956), que encontró el puerto de amarre en Mallorca por vía conyugal hace ya 30 años. “Aquí estoy muy a gusto. A veces me agobio un poco y voy a Barcelona o a Madrid con cierta frecuencia, pero con tres o cuatro días allí tengo de sobra”, confiesa. Normal. La mesa de dibujo, su familia y las deliciosas porcellas que le preparan en el bar Sa Plaça de Sineu deben de tirar lo suyo.

Quedaron lejos los heroicos mediados de los setenta en aquella Barcelona golfa e inspiradora donde, junto a otros llaneros solitarios lápiz en ristre, llamados Nazario y Mariscal, Max se empeñó en tocar los genitales de algún que otro funcionario franquista. Era increíble lo mucho que unas viñetas podían cabrear a los franquistas de pro. “Yo era el más joven de aquella pandilla, debía de tener 17 o 18 años”, recuerda Max, “y aquello era… era…, pues como eran las cosas en aquel momento, te importaba un pimiento lo que fueras a hacer o no con tu vida, vivías al día y procurando pasarlo bien. Y con mucha hambre de aprender cosas. Hablamos del 73: este país era desértico en lo cultural. Pero nos llegaba lo que se hacía por el mundo y teníamos ganas de emularlo. Y yo siempre había leído tebeos, así que me puse a hacer cómics, sobre todo después de conocer la obra de Robert Crumb, Gilbert Shelton y el underground americano. Me dije: ‘Esto, esto es lo que a mí me gustaría hacer”.

En 1973, españa era un país desértico en lo cultural”

En concreto, la panda de Max, Nazario y Mariscal perseguía una insistente e innegociable misión: hacer cómics sin ataduras temáticas, capaces de describir la vida que no se mostraba oficialmente. En eso, el tardofranquismo aún daba para mucho. Y así, por las mesas de dibujo de los Max, los Nazario, los Mariscal, los Pere Jaume y otras especies en vías de aparición fueron desfilando los barrios chinos o chinísimos de Barcelona, la marginalidad y sus tugurios, la vida nocturna poco confesable, los tipos y las tipas menos recomendables (o la mezcla de tipo y tipa, recuérdese la Anarcoma de Nazario, travestón sin ley, uno de los personajes más libres y feroces que ha dado el cómic de este país y de otros, parido en las páginas/refugio de aquella revista que se quiso llamar Goma3 y que se acabó llamando El víbora)… “y todo eso retratado”, apostilla Max, “a poder ser, en clave de humor, porque en realidad todos habíamos crecido con los tebeos de Bruguera, que eran humor puro, y eso fue una influencia tanto o más grande que la del underground americano”.

Y como casi todos los albores creativos, el de Francesc Capdevila (“pero llámame Max, ¿eh?, solo me llaman Francesc en casa”) fue avanzando entre alguna que otra, o bastantes o incluso muchas penurias. Lo recuerda con cariño. “Toda la etapa que yo considero underground, desde 1973, cuando salió El Rrollo Enmascarado, hasta 1979, que salió El Víbora, fueron años de ir publicando casi sin ver un duro, o en revistas autoeditadas o en otras de tipo ecologista o musical como Star, El Ecologista, Disco-Exprés…”.

Pero, víctima inconsciente o impulsor inconsciente de un radical proceso de transformación estilística, Max fue abandonando los vericuetos abruptos de la línea chunga para adentrarse sin complejos y sin freno en la línea clara. Vaya, que el padre de Peter Pank aparcó el underground cañero de los inicios y se nos hizo franco-belga, no de la noche a la mañana, pero casi. ¿Una traición a las raíces? “No, no, no, nada de eso”, corta Max en seco. “Se puede decir que yo me he mantenido siempre muy fiel a mí mismo… solo que mi ‘mí mismo’ ha ido cambiando con el tiempo. Lo que he mantenido por encima de todo ha sido mi libertad creativa, y por eso no he podido vivir profesionalmente del cómic: eso me obligaría a estar produciendo constantemente, y mi ritmo creativo no da para eso, desde luego”.

La mano de Max, sobre el papel, en plena creación / Caterina Barjau

El padre de sujetos inolvidables del tebeo español de los ochenta como Gustavo, Peter Pank o Bardín se acomoda en la silla donde dibuja cada mañana, mira por la ventana y desgrana sin prisa y sin pausa sus referentes/influencias: “Yo había empezado casi copiando el estilo de Robert Crumb, pero después me empezó a salir algo que yo llevaba dentro desde mi adolescencia y que se llamaba Tintín, así que la línea clara me salió sin darme cuenta; pero no solo por Tintín, también por los personajes de la escuela Bruguera. Lo más curioso es que esa influencia de la línea clara acabó saliendo cuando yo estaba haciendo lo más punki, que era Peter Pank, y lo hizo a través de la influencia de un autor francés, Yves Chaland, que fue quien renovó el trazo de Hergé dándole una dimensión ochentera, nuevaolera”.

Un día, Robert Graves se cruzó en el camino de Max. El mito, los mitos, se incorporaban a su viñeta. Se acababa de establecer la partida de nacimiento del cómic mitológico celtibérico, género inexistente como tal, pero que bien pudiera servir de etiqueta para lo que iba a venir. “Los mitos me habían interesado siempre, pero más desde una forma puramente visual, yo creo que la cosa venía, incluso, de la primera vez que vi Merlín el encantador, de Disney, porque la primera mitología en la que caí fue la celta; me parecía poderosa visualmente: los druidas, los bosques sombríos…, pero mi interés real por la mitología surge gracias a Robert Graves. Fue él –que, por cierto, vivió aquí cerquita, en Deià– quien me hizo flipar con la mitología griega, con lo que es la fuente originaria de toda literatura: los mitos”.

Se puede decir que siempre me he mantenido muy fiel a mí mismo”

Un artista en crisis, un viaje onírico en pos de las musas, un pacto con el diablo (“todos los artistas lo establecen tarde o temprano, ¿eh?”), un ejemplar de EL PAÍS del 2 de enero de 2013… tinta china, pintura acrílica y collage: y ahí están los puntos cardinales de Paseo astral, la historieta de 46 páginas que Max incrustará en el estand de EL PAÍS en Arco, entre el 13 y el 17 de este mes. “Esto no deja de ser un desafío, soy consciente de que estoy pisando territorio ajeno, o comanche, porque sé que en el mundo del arte hay mucho recelo, casi hostilidad, hacia el cómic…, aunque también lo hay en el mundo del cómic hacia el arte contemporáneo. Pero que se provoquen chispas y choques de cosas me parece fantástico. De entrada, la cosa me superó mucho, porque me veía obligado a dejar el pabellón del cómic bien alto, a no desentonar, a mantener un rigor artístico, pero al mismo tiempo, a no abandonar la frescura, la espontaneidad y el gamberrismo que ofrecen los cómics”.

El autor de Bardín el superrealista –álbum con el que ganó en 2007 la primera edición del Premio Nacional de Cómic, instituido por el entonces llamado Ministerio de Cultura– tiene claro el tiro: “Tocaba hacer una reivindicación de las posibilidades de la historieta como género; mostrar a quien quiera verlo que el cómic, bajo su aparente modestia, esconde un entramado narrativo/visual muy complejo. Y, puesto que es un arte que nació con la prensa, devolverlo por unos instantes a ese estatus de página de periódico en el que dio pasos de gigante en las tres primeras décadas del siglo pasado”. Paseo astral es, más concretamente, un homenaje directo al Little Nemo, de Winsor McCay (1904), un clásico del cómic.

¿Le mueve a Max cierta aspiración de denuncia del maltrato tradicional que tanto prócer de la alta cultura ha infligido al tebeo? Se diría. La cuestión tampoco es que sea una novedad, sino que enlaza con el desprecio tradicional de las élites culturales y dirigentes –sabido es que las segundas propician o, al menos, toleran a las primeras– hacia la cultura de masas desde la revolución industrial. Y no digamos hacia los cómics, un género cuya inclusión en las secciones de Cultura de los medios de comunicación sigue provocando ilustres urticarias, a pesar de los denodados apoyos que autores como Umberto Eco, Terenci Moix o Román Gubern han brindado a este lenguaje.

“En España se ha ninguneado al cómic”, lamenta. “El propio ambiente social del país ha tenido siempre conceptuados a los cómics como algo para niños, o como mucho para adolescentes, punto. Esa es una idea forjada en la posguerra, cuando los únicos tebeos autorizados eran los infantiles y las aventurillas de Roberto Alcázar y Pedrín y otros superhéroes patrios. Así que nos tocó a los autores de mi quinta, e incluso a los de la anterior, como Carlos Giménez y compañía, demostrar que no, que los cómics podían ser para todos los públicos. Y eso ha sido una labor paciente, de años. A veces cabrea”.

Nos tocó a los autores de mi quinta demostrar que el cómic era para todos”

Su militancia en las filas de la historieta como género artístico y como lenguaje expresivo es espartana, sin condiciones: “Habría que dar a entender a la gente que, más allá de los múltiples géneros que hay en el cómic –historieta infantil, ciencia-ficción, superhéroes, underground, tebeos superintelectuales, historias abstractas, lo que sea–, debajo existe un lenguaje potente y distinto al puramente literario, cinematográfico o pictórico, un lenguaje con muchas capacidades para transmitir y narrar”. Piensa, busca y encuentra un ejemplo práctico: “Pongamos el ejemplo de Paracuellos, el tebeo de Carlos Giménez. Es que es perfecto así, en cómic. Y sería imposible de trasladar a otro medio, o no imposible, pero el resultado no sería así de bueno”. Y, en efecto, sigamos con los ejemplos. ¿Quién puede imaginar en cine o en novela obras maestras del cómic como Maus, de Art Spiegelman (todo un premio Pulitzer); El garaje hermético, de Moebius, o Contrato con Dios, de Will Eisner?

Pero volvamos a Paseo astral. La obra con la que Max meterá el cómic en una feria de arte guarda ciertas similitudes de estilo con Vapor, su última obra en el mercado (ediciones La Cúpula), y supone el hasta hoy último eslabón en la cadena de un incansable proceso de esencia, síntesis y limpieza en su carrera. Como desbrozar maleza. “Sí, esto es así, creo que fue como a finales de los noventa cuando me di cuenta de que lo que me interesaba de verdad era eso: despejar, buscar la esencia del trazo y, en definitiva, tratar de comunicar lo máximo con el mínimo”, explica.

La edad dorada de un género incomprendido

Tommaso Koch y Borja Hermoso

"Maravilloso”. No es frecuente, en tiempos de IVA disparado y recortes sin freno, escuchar este término en alguna conversación sobre cultura. Y, sin embargo, es una de las palabras más usadas por algunos de los más conocidos dibujantes del planeta para describir el momento que atraviesa el mundo del cómic. “El tebeo ha alcanzado un gran nivel literario. Te permite trasladar al lector directamente al contexto que narras. Para mí es ahora mismo el medio de expresión más interesante”, dice Joe Sacco, periodista maltés afincado en EE UU, que con su lápiz y sus Reportajes (Mondadori) ha retratado los mayores dramas del planeta, de la guerra en Chechenia a la ocupación israelí en Gaza.

Talentos jóvenes, viejos maestros y la apertura hacia cualquier tema. Con esta receta, el cómic busca demostrar que ya no es asunto de niños o de frikis, o cultura de baja estofa, como algunas estrellas de la alta cultura y otras mentalidades enfermas de solemnidad y gravedad siguen pretendiendo. Varios datos lo confirman. En 2011, en España se editaron 1.974 nuevos títulos, un 11,8% más respecto al año anterior, según la Federación de Gremios de Editores. Como siempre, mejor aún le fue al tebeo en Francia, uno de sus oasis tradicionales: en 2011, el país publicó 5.327 cómics, el año más prolífico de su historia y el decimosexto consecutivo de aumento, según la Asociación francesa de Críticos y Periodistas de Tebeos.

“Tras casi 100 años de adolescencia obligada, los cómics están entrando en la edad adulta”, asegura Seth, nombre artístico de Gregory Gallant, creador de la novela gráfica La vida es buena si no te rindes (Ediciones Sins Entido). En opinión del francés Joan Sfar, una de las estrellas del cómic de autor europeo, “la historieta ofrece unas posibilidades ilimitadas como género; permite una capacidad de evocación y un ritmo de lectura distintos al cine o la literatura”.

Una de las claves de la madurez del género es la temática. Batman, Spiderman y los demás superhéroes siguen allí. Pero la novela gráfica se ha puesto a dibujar, más bien, la realidad. Desde los secretos familiares que cuenta Alison Bechdel en ¿Eres mi madre? (Mondadori) hasta las tradiciones judías que traza en sus libros Joan Sfar no hay asunto que el tebeo no pueda afrontar. Sobre todo desde que, de la mano de Art Spiegelman, se midió con el Holocausto.

“Maus demostró que el cómic podía tratar la enormidad. Ahora, esa idea está adquirida, y muchos de los mejores trabajos van en esa dirección”, defiende Spiegelman, que, con su relato de los campos de concentración protagonizado por ratones antropomórficos, es el único dibujante ganador de un Pulitzer, en 1992. Casi 30 años después, la lección está aprendida. Tanto, que varios autores juran que un buen guion es más importante que colores y lápices. “No tengo la habilidad innata para dibujar. La he compensado con la obsesión y con una reflexión intensa sobre qué quería hacer. El pensamiento sustituyó a la tinta”, cuenta Spiegelman. “El objetivo no es tanto ser un buen dibujante, sino sumergir al lector en el mundo que has creado. Quiero que la gente lea mis tebeos y se olvide de que están hechos en páginas”, agrega el también estadounidense Daniel Clowes, autor de trabajos tan conocidos como Pussey o Ghost world.

Definitivamente, los tebeos ya no le tienen miedo a la seriedad. Si no, pregúntenle a Alfonso Zapico, que se llevó el Premio Nacional de Cómic de 2012 con Dublinés (Astiberri), una biografía de James Joyce. “La novela gráfica ha sacado al cómic de su pequeño universo de lectores y creadores para dárselo a todo el mundo”, afirma. “Excluyendo a los autores de superhéroes, habrá como mucho dos o tres docenas en EE UU que viven del cómic”, sentencia Joe Sacco. En España, lógicamente, es peor: “Aquí nadie vive solo de los tebeos”, lamenta Max.

Alfonso Zapico lo confirma: su talento no le basta para sobrevivir. Y eso que se mudó a Francia en busca de más fortuna (no olvidemos que, en el país vecino, un autor como Juanjo Guarnido es una auténtica estrella de prestigio y de ventas gracias a su saga Blacksad). De todos modos, Zapico ve un horizonte esperanzador: “En España no vivimos de publicar cómics, pero hemos ganado decidir qué contar y cómo. Tenemos una libertad infinita”.

Hoy, al lápiz se ha sumado el ordenador. El cómic digital está aquí para quedarse. Y algunos autores, como Joan Sfar, no ocultan su fascinación, aun con peros: “El cómic digital ofrece una fidelidad absoluta en la reproducción del rotulado y de los colores; en ese sentido es ideal. Pero ¿y los derechos de los autores? Hay mucho que debatir ahí, y hay que tener mucho cuidado con los excesos de las editoriales”. 

Fueron pocos –dos– los aprioris que Max se impuso al aceptar el envite de EL PAÍS de pensar y dibujar una historia en viñetas para un lugar como Arco: “Me puse un par de guías a seguir: una, que la historia tuviera algún tipo de relación con la realidad, porque si a mí me encarga el estand de Arco un periódico, pues yo no quiero abstraerme de eso; y dos, quería hacer algo sobre el debate entre el arte y el cómic, la alta cultura y la baja cultura… lo que pasa es que es lo de siempre… algo te va guiando para otro lado del que habías previsto y…”.

–Ya, sí, bueno, pero en la sinopsis que yo leí se hablaba de un artista que, leyendo un periódico en busca de ideas, se queda dormido. Esto… ¿Cómo hay que interpretarlo? ¿Es lo que parece? Quiere usted decir que estamos haciendo los periódicos más aburridos de la historia, ¿no?

–¡Ja, ja, ja, ja! No, era un recurso porque necesitaba que el personaje se durmiera, como le pasa al niño de Little Nemo, ¡ja, ja, ja!, no, no hay ahí ninguna idea por mi parte sobre que los periódicos sean aburridos.

Max huye de lo trillado. Y ahí se acuerda otra vez de los pioneros. Se llamaban Rodolphe Töpffer, Frans Masereel, Richard Outcault o Winsor McCay, y hace más de un siglo ya que elevaron el cómic a la categoría de arte, aunque ninguno de ellos frecuentaba ferias de arte, y algunos, cada mañana, se limitaban a manchar magistralmente las enormes y asabanadas páginas de diarios como The New York Herald. Los diarios de Pulitzer y Hearst se disputaban a estos nuevos ¿perioartistas? “Y es increíble… visto con ojos de ahora, lo que hacían aquellos tíos de hace un siglo era experimental, innovador en el lenguaje y en las historias, y radical en el grafismo y en el color; era una auténtica pasada”.

–La modernidad…, pero a finales del XIX y principios del XX…

–La modernidad…, ¡pero siendo pasto de las masas! Eso, hoy en día es inconcebible. Cualquier equivalente a aquellos tipos que hoy en día esté haciendo cómic, que los hay, es impensable que sea contratado por un periódico de gran circulación.

–Hoy lees Yellow Kid, de Outcault, que es de 1894, o Little Nemo, de Winsor McCay, que es de 1905, y siguen siéndolo, siguen resultando increíblemente modernos.

–Sí. Siguen funcionando igual, no pasan, es algo increíble…

Tiene razón Max. Arte que no pasa parece un buen concepto para señalar esas obras cuyo secreto radica en una renovación o reafirmación eterna, aun estando quietas, aun siendo remotas. Como ciertas iglesias románicas. Como las máscaras africanas que inspiraron a Picasso. Como la disposición y el tratamiento psicológico en los personajes de ciertas pinturas de los primitivos flamencos o la estructura piramidal en el Descendimiento de Van der Weyden…

El cómic nació como fenómeno de masas en la prensa estadounidense de finales del XIX. Pero hoy y aquí, la historieta de prensa es o bien humorismo gráfico bienintencionado o solemne vehículo de opinión en las páginas de los diarios. De ambas modalidades hay auténticos maestros, pero es un hecho que lo que fue un medio de masas hoy es una forma de expresión artística y narrativa más bien elitista, entendiendo por elitista tanto la dimensión de la oferta como la de la demanda; por supuesto, hablamos de España. Nada de esto es aplicable si se alude a Francia (con un mercado floreciente, tiradas ciclópeas y las novedades de cómic poblando las páginas de los más prestigiosos suplementos literarios), y no digamos si se apunta a Japón o a Estados Unidos, donde el cómic es un fenómeno de masas con autores que viven solo de sus dibujos y sus historias (no así en España), y los grandes estudios de cine, nutriéndose de los tebeos, sus héroes, sus superhéroes y sus antihéroes.

“En esto, como en casi todo, la industria norteamericana es la que ha llevado la voz cantante: cuando se acabó aquello de los cómics en la prensa, los americanos se inventaron los superhéroes, y luego, ya en los cuarenta y cincuenta se inventaron los cómics de género, terror, ciencia-ficción…”, explica Max, quien llegó a firmar dos portadas en el sancta santorum del periodismo de calidad y meca deseada para los ilustradores: la revista The New Yorker. “Uffff, publiqué dos, pero lo intenté varias veces más, pero son muy raros, y dejé de intentarlo, no les cogía el punto”.

¿Le cogerá el punto Max a Arco? ¿Y Arco a Max? El cómic entra en el gran bazar del arte contemporáneo. Esa es la noticia. Las consecuencias ya se verán.

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