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domingo, 29 de mayo de 2011
Reportaje:VIENTRES DE ALQUILER

Hijos muy buscados

Las familias siguen cambiando y adoptando nuevas formas. Los matrimonios gays han dado visibilidad a una manera de ser padres que lleva 20 años practicándose en España, pero que se había ocultado y ha causado un 'limbo' jurídico para muchos niños: la subrogación, conocida como 'vientres de alquiler'. Sus protagonistas nos cuentan tres historias que pueden sorprender.

En invierno somos adictos a la chimenea. La encendemos, tendemos una alfombra alrededor, entre los dos sofás, y ahí hacemos la vida; los fines de semana es que ni nos movemos de ahí los cinco, haciendo nuestras cosas: las niñas, sus deberes; el niño, subido a la mesa, bailando, jugando. Es lo que buscábamos. Y cómo lo disfrutamos". Esa imagen de hogar la describe Marcos Rodríguez, sevillano, de 43 años, informático, que mantiene desde hace 27 años una relación con Manuel López, de 50 años, administrativo, nacido en Jerez de la Frontera. Se casaron en octubre de 2005, pocos meses después de aprobarse la ley que permitió en España el matrimonio entre dos personas del mismo sexo. Tienen dos niñas mellizas, Julia y Lucía, de siete años, y un niño, Manuel, de dos. Viven en una agradable casa con jardín en Aznalcázar, a 30 kilómetros de Sevilla.

No hay cifras oficiales. Se cree que el primer niño llegó a España a comienzos de los noventa

Primero pensaron en la adopción. Luego acudieron a una clínica de Bombay. Al final cambiaron a EE UU

El contrato con una agencia de subrogación en Estados Unidos cuesta entre 60.000 y 120.000 euros

"Soy periodista, y gracias a mi trabajo he estado siempre haciendo viajes interesantes y conociendo a gente interesante. Pero, no sé, hace tres o cuatro años llegó un momento en el que lo que más me apetecía era disfrutar de la casa con mi marido. Empecé a darme cuenta de que la vida que llevaba, aunque muy alegre y divertida, no me conducía hacia la felicidad de verdad. En vez de en el Ritz, quería dormir en mi cama con mi marido. Nosotros somos siete hermanos; Óscar son cuatro. Quizá por esa atmósfera familiar en la que nos criamos, echamos de menos que pasen más cosas en casa". Habla Andrew Ferren, periodista, de 46 años, que colabora con publicaciones como The New York Times, nacido en Nueva Jersey (EE UU) y que reside en Madrid desde 2002. Hace seis años conoció a Óscar (en realidad, su marido tiene otro nombre, pero es un alto ejecutivo de banca, y teme que salir del anonimato en este caso no sea bien visto por su empresa), español, de 33 años; se casaron en el verano de 2008. Esperan mellizos. Nacerán al comenzar el otoño en Minnesota (EE UU).

"Yo soy ginecólogo, y he estado muchos años ocupándome de partos y embarazos de alto riesgo. Veía a diario complicaciones. Quizá por eso viví nuestro embarazo con cierta ansiedad. Se me hizo eterno. En el parto, cuando nació Alonso y vi que rompía a llorar con un llanto muy enérgico -pesó más de cuatro kilos-, sentí muchísima paz, me tranquilicé, vi que había llegado bien. En cuanto le cortaron el cordón umbilical nos hicimos cargo y tratamos de separarnos lo menos posible de él". Alonso es un niño guapísimo, redondito y de muy buen temple, que nació en California hace nueve meses. Es hijo de Pedro Fuentes, ginecólogo, de 53 años, nacido en Jaén, y Javier González, madrileño, de 49, ingeniero aeronáutico. Llevan 12 años juntos. Se casaron en mayo de 2008. Viven en Vallecas (Madrid), en un piso invadido por la bañera de Alonso, la mesa para cambiarle los pañales, la silla, el parque, la cuna, los juguetes.

Son tres historias de padres orgullosos que subrayan la evolución que sigue experimentando el concepto de familia hasta acoger múltiples opciones. La clave aquí es olvidarse de cualquier prejuicio. De cualquiera.

Las familias de Andrew y Óscar, Marcos y Manuel, Pedro y Javier, han sacado además a flote una realidad que lleva 20 años introducida en España, aunque sin apenas reconocimiento social, legal ni mediático: la gestación subrogada, llamada de forma muy plástica, aunque sensacionalista y un poco despreciativa, "vientres de alquiler".

Las familias homoparentales han desenterrado un fenómeno silencioso y oculto. Pero numeroso, según los abogados y expertos consultados. Hay quien llega a hablar de unas 400 o 500 parejas españolas que acuden a EE UU anualmente en busca de descendencia propia en vientre ajeno. Allí es legal en varios Estados. Al contrario que en España, donde cualquier contrato firmado con una madre de alquiler, la futura portadora de un embrión concebido in vitro, resulta nulo de pleno derecho. El 85% son heterosexuales. Parejas infértiles que buscan un hijo más allá de sus fronteras. Se cree que el primero vino a España a comienzos de los noventa. No existen cifras oficiales. Ha sido a raíz de la aprobación del matrimonio gay, cuando papá y papá han querido inscribir a su hijo así, con dos nombres masculinos, cuando el embrollo legal ha salido a la luz.

Para cubrir ese hueco se han puesto en marcha varios movimientos. Ahí están, muy activos, el blog sonnuestroshijos, editado por un grupo de padres gays por subrogación, e Intended Fathers, una plataforma de padres homosexuales que reúne a unas 70 parejas. "Somos la punta del iceberg. Nosotros estamos visibilizando el fenómeno... Porque no lo podemos ocultar". Habla Antonio, de 39 años, mientras su marido desaparece unos instantes para arropar a Manuela, la hija de ambos, que ahora tiene pasaporte norteamericano. En España, esa niña no consta en ninguna parte como suya. Tampoco es española. Ni tiene DNI. Manuela llegó a casa como turista americana. El consulado español en Los Ángeles se negó a registrar su nacimiento. Mientras Antonio pelea por su inscripción, se ha erigido en uno de los portavoces de sonnuestroshijos, haciendo ruido e informando a través de Internet. El baby boom gay ha abierto una brecha en un sistema de registros sustentado en la hipocresía o el doble rasero.

"A las parejas heterosexuales nunca se les denegaba la inscripción", cuenta Iraida González, abogada especializada en derecho internacional privado. Un matrimonio formado por hombre y mujer contrataba los servicios de una agencia de subrogación en el extranjero. En India o en EE UU. Cuando la portadora de su hijo daba a luz y los doctores les entregaban las actas de nacimiento, los padres acudían al consulado español diciendo una verdad a medias: "Mire, vinimos de turismo al país y justo hemos tenido una hija (o un hijo)". Nadie preguntaba. Ni se les ocurría practicar una inspección ginecológica. Había una madre y un padre; se presumía la paternidad de ambos. O se hacía la vista gorda. Fin de la historia. "Esto era un secreto a voces", añade Antonio. El juego de las inscripciones siguió hasta que los matrimonios homosexuales, recién legalizados, quisieron formar familias de pleno derecho.

"Fuimos los primeros en presentar una solicitud de registro", cuenta José, seudónimo bajo el que esconde su anonimato un padre de mellizos. "Nos presentamos a finales de 2008 en el consulado de Los Ángeles, igual que las parejas hetero. Y en ese momento se atascó el engranaje de la hipocresía". Inocencio Arias, entonces cónsul, denegó la inscripción. Y saltó -por los aires y por los medios- el vacío legal.

En realidad, la ley española no prohíbe esta práctica. Igual que tampoco puede prohibir que un ciudadano español conduzca a 200 kilómetros por hora por las carreteras alemanas. Los padres, José y Juan, recurrieron la decisión ante la Dirección General de los Registros y del Notariado (DGRN). Y ocurrió lo inesperado: se la concedieron. Nunca había sucedido antes. Porque nadie lo había solicitado. Lo sorprendente fue el giro de guion posterior, cuando la Fiscalía de Valencia recurrió ante los tribunales la decisión de la DGRN por considerar que existían "dudas en su legalidad", dado que admitían la inscripción de unos niños nacidos por un método ilegal en España. Los padres de Valencia perdieron el caso en primera instancia. Pero lo recurrieron. Y mientras, el embrollo jurídico ha seguido creciendo. A finales de 2010, la DGRN quiso ordenar el desaguisado y publicó una instrucción que permite inscribir en los registros consulares a los hijos nacidos por subrogación, siempre que los padres presenten una "resolución judicial" adecuada. "Queremos dar una solución a estos niños, que biológicamente son hijos de padres españoles", explica María Ángeles Alcalá, directora general de los Registros y del Notariado. "Pero al mismo tiempo hemos querido proteger el interés del menor para no amparar casos de trafico internacional y garantizar que las mujeres gestantes no sean objeto de abusos y mafias".

De ahí que este reportaje sea en cierto modo el mundo al revés respecto a lo que pasaba hace no tantos años. Hemos encontrado muchos hombres y parejas homosexuales dispuestos a hablar y ser fotografiados, pero ninguna pareja heterosexual se ha prestado a poner cara, nombre y apellidos. Mientras las parejas hetero prefieren ocultarse, las homo, aquí, han sacado consigo del armario un proceso que obliga a mucha gente a cambiar sus chips de pensamiento (y sentimiento). Quieren dibujar, definir bien el asunto, para denunciar el limbo legal en que aún se encuentran estos niños. Y para poner las cosas en su sitio. Personajes famosos como las actrices Nicole Kidman y Sarah Jessica Parker, y los cantantes Elton John, Ricky Martin y Miguel Bosé han llevado la gestación subrogada a los titulares de la prensa del corazón. Explica Marcos: "Por ese camino puede haber gente que piense que se trata de caprichos de ricos que lo tienen todo. Es algo más normal y profundo. No dudo de que sea también lo que mueve a esos famosos, pero el tratamiento a veces es superficial. Nosotros somos gente humilde, que tuvimos que vender nuestra casa de Sevilla y salir a 30 kilómetros e hipotecarnos y rehipotecarnos porque creíamos que merecía la pena para ser padres. La subrogación no es una moda, algo que los gays con dinero se pueden permitir, sino que también es la única opción para ver cumplidos nuestros sueños, porque nosotros intentamos insistentemente la adopción y se nos cerraron todas las puertas".

Antes de seguir hablando, Marcos lanza una pregunta: "¿Y cómo lo vais a enfocar?". Recela del tratamiento periodístico que apuesta por el debate de posiciones enfrentadas, tan llamativo, tan estridente. "Aparte de la Igle-sia y asociaciones como el Foro de la Familia, las principales críticas nos llegan de grupos de feministas". Quizá, se le plantea asépticamente, porque para muchos y muchas la maternidad sigue siendo algo demasiado "sagrado" como para comercializarlo; que no entienden que un hijo pueda ser objeto de transacciones como cualquier otro producto o servicio (ya en su nombre suena a créditos, bancos e hipotecas). Quizá porque otros y otras puedan ver en la gestación cierta cosificación de las mujeres, que se da marcha atrás a la historia para volver a reducirlas a un útero... "Si nos conocieran", responde, "si conocieran a nuestras gestantes, nuestra historia y nuestra casa, y las de muchos otros como nosotros, cambiarían de opinión. Respecto a la Iglesia y las asociaciones de familias tradicionales católicas, yo no permito que vengan a darme lecciones de moralidad o de lo que es bueno y malo para los hijos, menos cuando estamos viendo cómo la Iglesia ha hecho de intermediaria para robar, vender, regalar niños, quitárselos a sus madres para dárselos a otros".

La subrogación se ha convertido en uno de los debates más acalorados entre feministas y activistas por los derechos de los homosexuales. No hay una postura común. En unos sectores suscita suspicacias mercantilistas, mientras otros abanderan la causa de la filiación como una consecuencia del matrimonio. Beatriz Gimeno, presidenta de la Federación Española de Lesbianas, Gays y Transexuales entre 2003 y 2007 (cuando se aprobaron las uniones entre parejas del mismo sexo), cree que se trata de un fenómeno "imparable", que tarde o temprano se acabará aceptando en España, y por eso avisa: "Hay quienes aún pensamos que el mercado no puede invadirlo todo y convertirse en un regulador social, llegando a expropiar tus capacidades reproductivas. Cuando abres un mercado, obligas a los pobres a entrar en él. Un vientre es una persona. Estamos hablando de contratos leoninos con los que comprometes tu cuerpo y tu vida. Jamás se darían sin una desigualdad de base".

Anna Veiga, madre científica de la primera niña probeta en España y que en julio asumirá su cargo de presidenta de la Sociedad Europea de Reproducción y Embriología, no es partidaria de generalizar: "No es dar una posición a favor o en contra. Depende de cada caso. Los nuevos modelos de familia que permiten las técnicas de reproducción asistida no son mejores ni peores, sino distintos. Siempre debe prevalecer el bienestar del recién nacido. La subrogación puede abrir la puerta a cierto mercantilismo. Este es un tema médico, y debemos evitar que se conviertan en meras transacciones económicas. Se debe analizar caso por caso, con criterios de buena práctica médica y ética".

Un detalle, Marcos, antes de continuar: ¿cómo hacen los niños para distinguirles cuando les llaman? "Yo soy papi, y Manuel, que es mayor, es papá". ¿Alguna vez han sentido la tensión a su alrededor, alguna burla o descalificación? ¿Julia y Lucía han pasado por el trago de algún comentario malintencionado? "Mentiríamos si dijéramos que sí. Más allá de los codazos que a veces advertimos para avisarse: son estos, son estos..., nunca hemos notado un trato discriminatorio. Todo lo contrario. En la familia, con los compañeros de trabajo y los vecinos, con los papás y mamás del colegio, todo han sido ofrecimientos para hacernos sentir cómodos e integrados. Solo una amiguita de Lucía y Julia una vez nos preguntó, así con cara un poco pícara, que nosotros cómo dormíamos. Le expliqué que juntos, como su papá y su mamá. Dijo: ah, vale, y siguió a lo suyo". Manuel añade: "Yo creo que el secreto puede estar en que nosotros siempre nos hemos comportado con naturalidad, sin aparentar ni esconder nada. Si vas con la visibilidad por delante, yo creo que todo fluye mejor. Es fácil que la gente lo entienda y acepte. Con las niñas, igual, se lo vamos explicando todo poco a poco, según van preguntando". Y Julia y Lucía empiezan a hablar al periodista de un encuentro en Cáceres de familias de lesbianas y gays; a quiénes conocieron, cuántas banderas arcoiris había, a qué jugaron... En esa actitud de visibilidad y naturalidad, los padres han querido que en las fotografías que acompañan este reportaje se vean las caras de sus hijos, para que ni Julia ni Lucía ni Manuel se decepcionen al ver la revista y puedan pensar que hay algo que ocultar en su vida.

Son historias a menudo con puntos convergentes: sentir la pulsión de la paternidad tras verse seguros en una pareja estable. El amor por los niños, que al principio se volcó en la relación con los sobrinos. Una primera decisión de adoptar, para convencerse, tras largas esperas, pruebas de idoneidad, formularios y trámites durante años, de que es una vía prácticamente cerrada a parejas gays (los países donde más adopciones se realizan no reconocen el matrimonio homo; en los países donde se acepta no hay excedente de niños).

Andrew y Óscar comenzaron el proceso en una conocida clínica de Bombay. Tras un año de intentos con dos gestantes, un aborto y un desembolso de unos 47.000 euros, cambiaron a EE UU, con una de las agencias más reputadas, Growing Generations, creada en 1996. Quedaron embarazados a la primera, con tres embriones; uno se perdió; tendrán mellizos. Y Andrew está tan contento con las gestiones de Growing que ha decidido colaborar con ellos en España. Una agencia de estas se encarga de buscar las donantes y gestantes que mejor se adapten a los gustos y necesidades de los clientes (el matching, como lo llaman, encajar ambas partes, que se hace siempre de mutuo acuerdo, tras conocerse y firmar un contrato), además de interceder en aspectos sanitarios, abogados, gestiones de seguros y papeleos múltiples como el juicio de parentalidad, donde un juez debe certificar quiénes son los padres que se harán cargo del bebé.

La cigüeña de Javier y Pedro vino desde California, con la agencia Extraordinary Conceptions. "Vivimos el embarazo día a día, con la preocupación de los primerizos; todos los días nos comunicábamos con la gestante", dice Pedro. "Antes yo había estado casado con una mujer 15 años, y los hijos, por lo que fuera, no llegaron. Tampoco me preocupó mucho. Ahora Alonso nos ha hecho felices".

La historia de Marcos y Manuel es más larga, y repleta de contratiempos, préstamos, paciencia y disgustos que pusieron a prueba el extraordinario entendimiento que existe entre ellos hasta conseguir ser padres de familia numerosa. Muchos años para iniciar cuatro procesos de adopción, incluyendo una denuncia a la Junta de Andalucía por homofobia, y cinco años en la subrogación (nueve intentos, con cinco donantes distintas de óvulos y tres gestantes). Hasta que hace siete años llegaron, preciosas, Lucía y Julia. Pasado un lustro, se animaron a ir a por el tercero. Aparte de que se lo pidieron las niñas, Manuel da otra razón: "Yo creo que verse acompañados, ser más hermanos, les hace menos vulnerables frente a dificultades o críticas". Con el niño, que está superempadrado y no se apea de los brazos de papá o de papi mientras hay extraños en casa, lo hicieron por libre, sin agencia. Tras 12 viajes a Los Ángeles para tener a las mellizas, conocían ya a tanta gente que contactaron directamente con una mujer dispuesta a ayudarles.

A la hora de hablar de dinero, ninguno quiere poner precio a lo que para ellos no tiene valor, un hijo. Además, si empiezan a sumar lo desembolsado en viajes, gestiones, hoteles, seguros, más las retribuciones a gestantes, donantes y agencias, parece que siempre hay algún número que queda por salir. No se ponen precisos y matemáticos, pero se avienen a hacer aproximaciones. Más o menos, un proceso de gestación subrogada con una agencia puede oscilar entre 60.000 y 120.000 euros (dependiendo de las complicaciones, el número de transferencias de embriones que se necesiten, los seguros, el prestigio de la agencia...); en torno a la mitad si se hace por libre o en India. La mujer gestante se lleva "una compensación económica" por el año y medio en que ve alterada su vida, unos 25.000-30.000 euros. Y todos coinciden en que en un país como EE UU, esa no es cantidad suficiente como para que la única motivación sea la económica. Además se pide a las mujeres que, aparte de ya haber dado a luz a algún hijo propio, tengan una renta determinada, para intentar evitar que esto se convierta en un negocio para gente sin recursos.

Motivaciones no hay una sola. Andrew cuenta el caso de una gestante que se ofreció movida por algo muy personal: cuando tenía 16 años, se enteró de que su padre, un hombre que vivía en un pequeño pueblo de la América profunda, era gay, pero siempre lo ocultó. Sintió que ella era lo único que tenía ese hombre para ahuyentar tanta soledad. Y quiso ayudar a alguien como su padre.

Javier y Pedro cuentan que Ann, a la que llaman la mujer más maravillosa del mundo, tiene 32 años, está divorciada, con dos hijas de 9 y 15 años, trabaja en marketing y ha sido la primera y la última vez que lo ha hecho. En su caso, guardaba muy dentro de su memoria los recuerdos de su padre, que fue director de un orfanato: desde pequeña vio la cara de felicidad de muchos padres y madres cuando iban a adoptar un niño. Alonso ha sido una especie de homenaje a su padre, que murió muy joven.

En el caso de Marcos y Manuel, aún debemos abrir más la mente. Tras nueve intentos sin quedarse embarazados y ya a punto de desistir, un día la hermana pequeña de Marcos les preguntó: ¿qué tal va lo vuestro? "Le dijimos que fatal, que ya no nos quedaba ni dinero para seguir intentándolo y buscar una nueva donante de óvulos. Mi hermana se echó a llorar y nos dijo: yo puedo ser la donante". Así que Julia y Lucía nacieron de los óvulos de su tía y del esperma de Manuel en el vientre de Maricela, ama de casa que tuvo a las mellizas con 32 años, y entonces era ya madre de Lilliana, de cinco años, y Johnattan, de dos. En el caso del niño pequeño, fue la propia gestante, Mónica, la que se ofreció a ser también la donante de óvulos, lo que se llama subrogación tradicional, que no es ahora la habitual, pues se tiende a que gestante y donante no coincidan para evitar afectos, susceptibilidades, compromisos, implicaciones... Es más, la donante suele ser anónima. Mónica tiene 33 años, es asesora fiscal, está casada; tenía ya dos hijos de 12 y 10 años, luego trajo al mundo a dos subrogados, y tras Manuel ha querido tener uno más para ella. "Seguimos manteniendo una relación estrecha con ellas. Estamos ahorrando para el año que viene ir a Los Ángeles con los tres niños a pasar las vacaciones con Maricela y Mónica y sus hijos".

Sophia, de 24 años, la gestante de los mellizos de Andrew y Óscar, está casada y tiene un hijo de año y medio, trabaja en una clínica veterinaria en Minnesota y también quiere explicar su punto de vista: "Mi marido tiene sus dudas sobre la subrogación; cree que el mundo está superpoblado y por eso defiende más la adopción, pero yo sé que esa no es una opción para parejas del mismo sexo. Yo estoy feliz pudiendo hacer este regalo a personas como Andrew y Óscar, que sé que van a ser unos padres perfectos. Yo tuve siempre tantas ganas de ser madre que sé lo que eso significa, y sé lo mal que me habría sentido si alguien me hubiera dicho que no podía tener hijos".

Desde el primer caso de Valencia esperan en el registro los recursos de una docena de familias, homosexuales y heterosexuales, solicitando que se reconozca que sus hijos son suyos. Alfonso Calvo Caravaca, uno de los juristas que defienden a los padres valencianos, resume el embrollo: "Cuando se aprobó la Ley de Reproducción Asistida y se prohibió la maternidad subrogada, en 2006, no se dieron cuenta de que el mundo estaba globalizado, y si no reconoces estos actos, acabas creando un absurdo". Todo apunta que esto no ha hecho más que empezar.

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